
El Indice de Precios al Consumidor de 6,7% de marzo es el segundo más alto de los últimos 20 años, únicamente superado por el 10,4% de abril de 2002, en la crítica salida de la convertibilidad, e igual al de abril de 2016, en la salida del cepo cambiario. Si bien el número es grave, ya que la Argentina tuvo en un mes la inflación que casi todos los países del mundo tienen en un año, mucho más preocupante es el contexto en el que se produjo: fuertes restricciones cambiarias y congelamiento de las tarifas de los servicios públicos, los dos factores considerados “anclas” para contener los precios.
“Lo verdaderamente especial del dato es que se trata de un registro cualitativamente distinto a cualquiera de sus tristemente célebres precedentes: no surge como el efecto de un shock cambiario”, señaló un reciente informe de Consultatio.
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Las dos marcas inflacionarias más elevadas de los últimos seis años que comparten el podio con el índice divulgado hoy, están vinculadas a la devaluación del peso. Y en la gestión de Martín Guzmán, el ministro que nunca quiso tener plan económico, se fijó explícitamente una pauta de que el dólar oficial aumente muy por debajo de la inflación, una regla que recién comenzó a desarmarse a fines del año pasado.
El escenario actual es bien diferente. La Argentina se acerca a cumplir tres años con cepo cambiario en todos los órdenes. Desde 2019, en el final del gobierno de Cambiemos, se dispuso el escaso cupo mensual de USD 200 para los particulares que quieren ahorrar en moneda extranjera. Posteriormente, se le añadió un 65% de impuestos y así se creó el dólar “solidario”. Al mismo tiempo, los importadores sufren toda clase de trabas para hacerse de divisas para comprar insumos, materias primas o productos en el exterior. Aún con ese frente de cepo cambiario, la inflación se disparó.
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Desde la normalización del Indice de Precios al Consumidor comenzada en 2016, tras casi 8 años de “apagón estadístico” por la intervención de hecho del Indec, el primer puesto lo ocupó la inflación de septiembre de 2018, con un incremento de 6,5%. En un escenario marcado por el fracaso del primer acuerdo cerrado con el Fondo Monetario, la inestabilidad cambiaria llevó el dólar (por aquel entonces, con un único valor de referencia) de 20 pesos en abril hasta 39 pesos en septiembre.
A la vez, en esos meses quedó en el camino el esquema de metas de inflación que había regido desde el comienzo de la gestión macrista y que había sufrido un duro golpe con el “28-D” de 2017, la conferencia de prensa en la que se anunció la modificación de esas metas.
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La inflación siguió con sobresaltos durante ese gobierno y tuvo otros picos de 4,7% en marzo de 2019 y de 5,9% en septiembre, ya consumada la derrota electoral del macrismo y desatada una nueva corrida del dólar.

Todo este proceso, más allá de la modificación del régimen monetario, tuvo lugar en paralelo a la normalización de las tarifas de los servicios públicos, que si bien redujo el monto de los subsidios y mejoró el equilibrio fiscal, no pudo impedir su impacto en los índices inflacionarios. Las fuertes subas en las facturas de comercios y pymes empezó a trasladarse a los precios de muchos productos o servicios. Recién en la segunda mitad del 2019, tras el resultado electoral adverso, el gobierno decidió modificar el curso de las dos anclas de la inflación: frenó los aumentos de tarifas y reimpuso restricciones cambiarias.
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Un antecedente aún superior a ese nivel de inflación se dio en abril de 2016, según las mediciones privadas del “IPC Congreso”, ya que el nuevo registro del Indec comenzó a publicarse un mes después, en mayo. La inflación llegó en ese mes al 6,7%, impulsada por ambos factores: la devaluación del peso y los aumentos de tarifas, los dos factores que hoy están ausentes.
Tras la desregulación cambiaria, el dólar oficial que valía 9 pesos sobre el final del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner se unificó con el valor del dólar “blue” que oscilaba entre 15 y 16. Ese proceso, que ocupó los primeros meses del gobierno de Macri, coincidió con los primeros tarifazos en los servicios.
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En abril de 2016 no hubo un IPC nacional para desglosar, pero el IPCBA de la Ciudad de Buenos Aires mostró un aumento del 6,5% empujado en especial por el alza de dos rubros: un 21,6% en “Vivienda, agua y electricidad” y un 13,5% en Transportes.
Para encontrar una inflación mensual superior a la de este podio de los últimos seis años, con dos registros para Mauricio Macri y uno para Alberto Fernández, hay que remontarse a la presidencia de Eduardo Duhalde. En abril de 2002 la inflación alcanzó el 10,4%. Claro que para llegar a ese guarismo hizo falta atravesar el colapso de diciembre de 2001, la megacrisis financiera, social y política que provocó la salida de la convertibilidad.
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Tras muchos años sin inflación (y varios de deflación, en que el IPC tenía cifras negativas), el comienzo de 2002 trajo otra vez índices elevados producto de la maxidevaluación: el dólar que equivalía a 1 peso saltó rápidamente entre 3 y 4. El traslado a precios fue inmediato.
Recordar las cifras de inflación de ese año dramático trae a la memoria que el salto inflacionario fue tan fuerte como efímero. Más allá del pico de abril del 10,4%, la inflación general anual de 2002 fue de 41% y llegó al 74.9% en los alimentos. Pero para fin de ese año, la inflación ya había dejado de ser el principal problema de la economía argentina. El IPC de diciembre de 2002 fue de apenas 0,2%.
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En el primer trimestre de 2003, la inflación acumuló 2,5%, lo que permitió en mayo de ese año asumiera el gobierno de Néstor Kirchner con la inflación bajo control. Sin devaluación y con tarifas atrasadas, el primer trimestre de 2022 también se ubica en un nivel récord y para encontrar una cifra superior hay que remontarse a los años ‘80.
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