
Los tiempos del Gobierno no son los del mercado financiero. La fuerte caída en el precio de las acciones y de los bonos, con el riesgo país nuevamente por encima de los 1.700 puntos básicos son un fuerte llamado de atención. La mala reacción obedece en parte a cierta decepción por un resultado electoral menos contundente de lo que proyectaban en la previa a favor de la oposición. Pero también juega la falta de señales concretas sobre el rumbo que tomará la política económica y en particular cuál será el contenido del acuerdo con el FMI.
La dinámica negativa en los mercados puede resultar sumamente peligrosa. No se trata solo de movimientos especulativos de corto plazo. Son tendencias que muestran un alto nivel de desconfianza, que además derrama en la cotización de la divisa. Ayer el dólar libre cerró a $ 201 y el Contado con Liquidación saltó hasta $ 207, luego de la decisión del BCRA de dejar de vender reservas para controlar el tipo de cambio implícito en los precios de los bonos.
Surge así una pulseada entre los inversores y el Gobierno que tiene en el centro el acuerdo con el FMI. La postura oficial de enviar un programa económico plurianual al Congreso y apuntar a un arreglo en marzo con el organismo no fue bien recibida. En primer lugar hay desconfianza en relación al contenido, pero sobre todo implica tiempos demasiado largos, que no se relacionan con la gravedad de la crisis que atraviesa la economía argentina.
Seguir estirando los tiempos, algo en lo que Martín Guzmán se ha especializado desde que asumió en el ministerio de Economía, puede resultar sumamente peligroso. Con escasas reservas, fuerte emisión monetaria y un alto nivel de desconfianza, la única posibilidad con el dólar libre es que siga aumentando, mucho más ahora que el BCRA decidió dejar de intervenir. La brecha cambiaria ya supera el 100% y lentamente se aproxima a los niveles máximos del año pasado, cuando llegó a superar el 120%.
Con semejante fragilidad, el Gobierno juega con fuego al estirar los tiempos del acuerdo con el FMI, tal como en su momento ocurrió con la negociación con los bonistas privados. No fue gratis aquella demora. Se pagó con un fuerte desgaste de los inversores, que rápidamente empezaron a castigar a los activos argentinos.
Pero no sólo está en juego el acuerdo con el Fondo. Es creciente la visión del mercado sobre la verdadera capacidad del Gobierno de enfrentar las demandas que llegarán desde Washington para estirar diez años los vencimientos. La propia calificadora Moody´s sorprendió esta semana, al indicar que existe “una probabilidad alta” de que la Argentina incumpla con las metas fiscales y monetarias que podrían negociarse, aún sin conocerlas. La explicación se basa en que resulta casi impensable que este Gobierno avance hacia un ajuste que incluirá el 2023, pleno año electoral.
En el BCRA apuestan a que los dólares de la cosecha fina ayudarán para tener un fin de año con mayor equilibrio en el mercado cambiario. Además, también sobre fin de año hay mayor demanda de pesos, lo que también podría colaborar para calmar las presiones, ya que incluso muchas empresas o individuos que se dolarizaron en los últimos meses precisarían vender para hacerse de pesos para el pago de sueldos, aguinaldo y vacaciones.
Si esto sucede, en diciembre se daría una tregua en relación a las presiones sobre la divisa. Pero si ese tiempo no se aprovecha para avanzar en un acuerdo con el FMI y que además convenza a los inversores que será cumplible, entonces las chances de un descontrol cambiario aumentarán considerablemente.
Por lo pronto, el Central detuvo la sangría de divisas que se había acelerado previo a las elecciones legislativas. Sólo en la última semana utilizó USD 1.040 millones de reservas para evitar un aumento mayor del tipo de cambio, una tendencia que resultaba insostenible. Ayer el BCRA terminó con saldo neutro y en la jornada anterior había comprado USD 50 millones.
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