
En su última edición, The Economist celebró como una buena noticia el acuerdo del gobierno argentino con los acreedores privados, pues al evitar el riesgo de seguir en default tendrá menos frentes de pelea, pero ahora viene la “parte difícil”, incluida la renegociación con el FMI de USD 44.000 millones de ayuda que había recibido desde 2018 el gobierno de Mauricio Macri.
“Con el acuerdo por la deuda, Fernández ha vuelto su aparentemente imposible trabajo un poco más fácil. Ahora debe superar una recesión, domesticar una disruptiva vicepresidente y, sobre todo, contener la pandemia, que está destruyendo los barrios pobres alrededor de Buenos Aires. Ha lidiado con los acreedores con finura. Covid-19 es más implacable”, concluye el artículo, que describe los principales aspectos del acuerdo y el desafío por delante.
La nota comienza citando la frase de un asesor del presidente de que el gobierno “esquivó un balazo” en la madrugada del 4 de agosto, justo cuando el país alcanzaba un nuevo récord de muertos por Covid-19 en un día, 166.
La descripción, en números, es que el ministro Martín Guzmán renegoció USD 65.000 millones, equivalente al 40% de la deuda externa total y a 16% del PBI 2020 y evitó una batalla legal que hubiera debilitado el peso, acelerado la inflación y mantenido al país más tiempo “exiliado” de los mercados internacionales de capital.
Los bonos que ofreció, precisa la revista, valen 55% de lo que valían los viejos bonos, una mejora de 44,7% respecto de la oferta inicial de 38%. Además, la Argentina comenzará a pagar intereses y capital antes de lo que había ofrecido y aceptó limitar cláusulas legales que le hubieran permitido discriminar más a los acreedores.

Gran noticia
El propio Federico Sturzenegger, presidente del BCRA durante la gestión Macri, es citado celebrando el acuerdo como una “gran noticia”, pero The Economist también cita a un pequeño comerciante y una trabajadora de limpieza preocupados porque “la gente está pasando hambre” y recuerda que el nivel de aprobación presidencial bajó recientemente de 61 a 51%. También cita a un funcionario del FMI, según quien ahora viene la parte “difícil”: los desafíos simultáneos de contener la pandemia y recuperar la economía.
Según la revista, el gobierno actuó tempranamente en respuesta al Covid-19 y mantuvo a la Argentina fuera del grupo de países más afectados, pero a pesar de la cuarentena el número de casos y muertes ha aumentado en la Capital y la provincia de Buenos Aires, donde vive el 45% de la población. Y el país ha pagado un alto costo económico (10% de caída del PBI proyectada por el FMI), una inflación de 43% y una tasa de pobreza que “probablemente ya exceda el 40%”.
Es cierto, prosigue, que ahora el gobierno gastará menos en servicios de deuda, pero igual tiene poco dinero para combatir la pobreza y la recesión y el déficit fiscal 2020 será de 8% del PBI, financiado por el Banco Central. “Si el gobierno quiere restaurar el crecimiento, atraer inversión, recortar la inflación y pagar a los acreedores como prometió, necesitará otro plan”, dice la revista, y una precondición será reducir el déficit, lo que a su vez demandará recortar el gasto público tan pronto la pandemia lo permita.
Al respecto, cita al economista Aldo Abram, de la Fundación Libertad y Progreso, según el cual el gobierno necesitar desindexar el sistema previsional, promover las exportaciones, alentar la inversión y liberalizar las leyes laborales. Son todas cosas sabidas, dice, pero que el presidente no parece dispuesto a afrontar, debido a la influencia de su vice. The Economist define a Cristina Kirchner como “una populista” que eligió a su presidente, hasta ahora usó su poder en áreas no económicas, como Interior, Defensa y Seguridad y empuja una reforma judicial, incluido un aumento de los miembros de la Corte Suprema de Justicia para hacer lugar -según sus críticos- a jueces que le sean “leales”, debido a las causas de corrupción en que se investiga a ella y a sus hijos.
La revista señala que Cristina influyó en algunas decisiones económicas, como la fallida decisión de expropiar Vicentin y el apoyo al reciente acuerdo con los acreedores. Pero su influencia, aunque positiva en este tema, “no es una buena narrativa ante los inversores”, cita el artículo a “un viejo asesor del presidente”
Por eso The Economist concluye advirtiendo la necesidad presidencial de “domesticar a su disruptiva vicepresidente (el semanario inglés usa el verbo “tame”, traducible también como “amansar” o “domar”) para enfrentar al “implacable” Covid-19.
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