
Alberto Fernández y Martín Guzmán decidieron en la soledad de Olivos que la negociación con los bonistas extranjeros debería concluir a mediados de mayo. Un plazo exiguo y perentorio frente a la diferencia que existe entre la oferta del gobierno y el deseo de los fondos que tienen una inversión “enterrada" en la Argentina cercana a los 70 mil millones de dólares. Si el presidente no abre un poco la mano y los acreedores privados no atenúan sus expectativas financieras, el resultado es fácil de adelantar: habrá default antes del 25 de mayo de 2020.
La diferencia básica entre el gobierno deudor y los bonistas acreedores se puede establecer a través de un criterio técnico que es sencillo de interpretar. El Valor Presente Neto (NPV por sus siglas en inglés), es un método que permite calcular a valor presente, cuanto valdrá en un futuro, el bono que los fondos recibirán tras la negociación con la Argentina.
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La oferta del gobierno que hoy publicará la Securities Exchange Commission (SEC) establece que el NPV previsto por Guzmán para los bonos que intenta canjear será de 38 centavos por cada dólar. En cambio, los fondos de inversión que hacen sus propios cálculos financieros, replican que el NPV de sus títulos soberanos debería establecerse en 55 centavos por cada dólar.

38 centavos por cada bono que ofrece Guzmán VS los 55 centavos de dólar que pretenden los inversores de Wall Street. Esa es la distancia que existe entre ambas trincheras y que puede desembocar en nuevo default para la Argentina.
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Avalado por Alberto Fernández, el ministro de Economía previó en su oferta un premio o endulzante que podría llevar el NPV a 42 centavos por dólar. Un suba que en Wall Street es asumida como gesto de buena voluntad, pero que para los grandes fondos (BlackRock o Fidelity) tiene sabor a nada.
Y respecto a las otras variables de la propuesta -quita de intereses y de capital, moratoria de tres años, dos o tres bonos para canjear los actuales, o que el promedio de maduración de los títulos puede llegar a los 17 años-, son detalles que pueden caracterizarse como importantes y complementarios.
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Entonces, la clave de la negociación está en el NPV: si Guzmán no se estira de 38 a 50 centavos por dólar, los bonistas evalúan presentar una demanda por incumplimiento en los tribunales de New York.
Cuando se sucedieron las distintas crisis por la deuda externa en la Argentina, siempre ocurrió el mismo hecho geopolítico. Los acreedores privados se apoyaban en el Fondo Monetario Internacional -que funcionaba como auditor multilateral-, en la Casa Blanca y en un sector de la oposición política nacional. Raúl Alfonsín y Fernando de la Rúa sufrieron esta lógica de poder que habitualmente se diseña en Wall Street y Washington, y luego se ejecuta sin piedad en Buenos Aires.
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Con la presentación política formalizada ayer en Olivos, y el respaldo explícito de la directora gerente Kristalina Georgieva, Alberto Fernández tiene cierto margen para lidiar con los acreedores externos. Sin embargo, se trata de un tándem sui generis (agenda doméstica y organismo multilateral) que sólo sirve de contención temporaria ante la ofensiva de los bonistas extranjeros.
Los Fondos de Inversión son el poder real de los Estados Unidos y creer que una reunión en Olivos y dos fotos con Georgieva servirán para cerrar la negociación, es repetir el error histórico de haber pensado que Ronald Reagan se inclinaría por la dictadura militar cuando fugó hacia adelante portando la bandera de las Islas Malvinas.
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De hecho, el FMI no sacó ayer el comunicado que se esperaba tras la exposición del Presidente y su ministro de Economía, y ninguno de los gobernadores de Juntos por el Cambio que participaron del cónclave en Olivos, hicieron declaraciones a favor cuando concluyó la ceremonia protocolar. Horacio Rodríguez Larreta, Gerardo Morales y Rodolfo Suárez salieron por la calle Villate, saludaron con una sonrisa y partieron a toda velocidad.
La pulseada empieza el lunes. Alberto Fernández y Guzmán sostiene que es la mejor oferta que pudieron hacer, mientras los bonistas aseguran que es poco para satisfacer sus pretensiones financieras. La distancia entre Olivos y Wall Street ya es casi infinita, y el tiempo para negociar escaso y a merced de la pandemia, que canceló los viajes a New York y las cenas privadas en los restó de Manhattan.
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