
Dos factores se están mezclando para sostener la presión sobre el tipo de cambio. Por un lado la típica demanda de dólares para protegerse antes de las elecciones presidenciales, un clásico de la Argentina faltando pocas semanas para los comicios. Pero ahora también juega un rol importante la posibilidad de aplicar el sueldo para comprar hasta USD 10.000 por mes, tal como fue autorizado por el Banco Central.
Los controles cambiarios están demostrando ser insuficientes para contener al dólar, aún teniendo en cuenta que la economía se mueve con un alto superávit comercial, que supera los USD 1.000 millones mensuales y significa una mayor oferta de divisas. Ayer se repitió algo que viene ocurriendo en las últimas jornadas. Primero es el Banco Nación el que sale a vender dólares para evitar un salto en el arranque de la jornada y luego es directamente el Banco Central a través de la venta de reservas el que termina de “planchar” el tipo de cambio mayorista.
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Con esta estrategia de intervención cambiaria el Gobierno consiguió que el dólar se mantenga por debajo de los $ 58 en el mercado mayorista, aunque el promedio del minorista cerró firme, a $ 60,22. El tránsito hasta las elecciones seguirá siendo turbulento, aunque el cepo cambiario ayuda para minimizar la pérdida de reservas. Ayer el stock volvió a caer aunque algo menos que en las últimas jornadas: USD 146 millones para finalizar en USD 48.340 millones.
La intención oficial es mantener al dólar oficial a raya, aunque lentamente se empieza a escapar la cotización implícita que surge del mercado de bonos o acciones, lo que en la jerga financiera denominan “dólar Bolsa”. Esa brecha ya está en el orden del 17% y será difícil que se achique en la medida que las restricciones cambiarias se mantengan.
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Más allá de la fecha clave, que es el 27 de octubre, los inversores ya empiezan a mirar un poco más allá, específicamente a lo que se viene después del 10 de diciembre. Si bien habrá una fuerte expansión de pesos para cubrir las necesidades fiscales, también a fin de año aumenta la demanda de moneda local lo que podría amortiguar ese shock. Pero luego habrá que ver si el Banco Central -ya dentro de la órbita de la nueva administración- puede o quiere absorber esos pesos excedentes. En caso que no lo haga, el peligro es que esos pesos terminen demandando más dólares y le pongan aún más presión al tipo de cambio.
Los analistas esperan por delante que el impacto de la devaluación de agosto continúe. Según reflejó ayer el Relevamiento de Expectativa de Mercado (REM) que elabora el Central a partir de la respuesta de especialistas, la inflación terminaría el 2019 en 54,8%. Pero dentro de ese número es alarmante cómo sigue la proyección para los próximos meses.
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Luego del 4,2% de agosto, el índice de inflación treparía a 5,8% en septiembre y luego descendería pero en forma muy lenta: se aguarda un índice de 4,4% en octubre, mientras que para diciembre caería a 3,6%. De esta forma, el proceso de desinflación sería mucho más lento que el observado el año pasado, después de la devaluación que también había sucedido en agosto.
La gran incertidumbre política y económica, la negativa del FMI para desembolsar los USD 5.400 millones en el corto plazo y la sostenida demanda de divisas juega en contra de la estabilización de la inflación. Y sigue latente la posibilidad de un nuevo salto cambiario, aunque ya no en el oficial sino a partir de la evolución del dólar implícito en las operaciones bursátiles.
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No se descarta, incluso, que en el caso de que no afloje el clima de desconfianza, quienes asuman al frente del Central en diciembre (hay muy escasas chances de que continúe su actual presidente, Guido Sandleris), terminen restringiendo aún más el cepo cambiario. Si eso sucede, esa demanda excedente de dólares no desaparecerá pero terminará presionando al tipo de cambio “libre”, algo que ya ha sucedido en reiteradas experiencias de controles cambiarios en la Argentina.
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