El 4 de marzo de 2011, ante el rumano Adrian Ungur, el cordobés logró una de sus victorias más recordadas en el torneo
El calendario marca que pasaron 15 años, pero la imagen sigue intacta en la memoria del tenis argentino: David Nalbandian, con la cara cubierta por las manos, llorando en pleno estadio Mary Terán de Weiss tras un triunfo que excedió lo estrictamente deportivo: aquella tarde del 4 de marzo de 2011, el cordobés venció al rumano Adrian Ungur por 6-3, 6-2, 5-7 y 6-4 y adelantó a la Argentina 1-0 en la serie de primera ronda del Grupo Mundial de la Copa Davis. Lo hizo lesionado, con evidentes signos de dolor y, sobre todo, la convicción de que abandonar no era una opción.
La previa ya estaba marcada por la preocupación. Nalbandian arrastraba desde hacía tiempo una hernia inguinal que le había impedido entrenarse en los días previos a la serie ante Rumania. Mientras el resto del equipo trabajaba bajo las órdenes del capitán Modesto Tito Vázquez, el unquillense permanecía al margen, evaluado por el cuerpo médico y con la posibilidad latente de someterse a una cirugía una vez finalizada la eliminatoria.
El riesgo era alto. La hernia inguinal es una dolencia frecuente en atletas de alto rendimiento, pero puede agravarse si no se trata en el momento adecuado. Aun así, Nalbandian decidió salir a la cancha. Del otro lado lo esperaba Ungur, el 183° del ranking ATP, un rival al que, por esas horas, el cordobés dijo desconocer.
Nalbandian, número 19 del mundo, comenzó el partido con cautela, midiendo distancias y tiempos. Se llevó el primer set por 6-3 gracias a su experiencia y a la calidad de su derecha, aunque ya evidenciaba molestias. “La cadera me está matando”, alcanzó a decirle al banco argentino. El segundo parcial, que se adjudicó por 6-2, pareció encaminar la historia: el Rey David jugó con mayor agresividad, acortó los puntos y capitalizó los errores del rumano.

En el tercer set, sin embargo, el físico empezó a pasar factura. Ungur elevó el nivel, sostuvo peloteos largos y llevó al límite a un Nalbandian que cada vez se movía con mayor dificultad. El rumano quebró en el tramo final y se llevó el parcial 7-5. El estadio, repleto, percibía que el desenlace estaba abierto y que el cuerpo del argentino pendía de un hilo.
La cuarta manga fue un ejercicio de carácter. Con menor movilidad pero enorme lectura táctica, Nalbandian eligió mejor los momentos, ajustó la puntería sobre las líneas y desgastó mentalmente a su rival. Ganó 6-4 y selló el punto inicial de la serie. Apenas cayó la última pelota, la emoción lo desbordó.
“No estoy bien, traté de hacer todo lo que pude, pero me sentí bastante mal. Cada vez me podía mover menos, pero esto era un partido de Copa Davis, era Argentina y no se podía largar. Había que sacar fuerzas de donde no había”, expresó entre lágrimas en la entrevista televisiva.
La escena recorrió el país: no era una final, ni un triunfo ante un Top 10, pero sí una muestra del vínculo especial que Nalbandian tenía con la Davis.
Al día siguiente se confirmó lo que se preveía: el de Unquillo había sufrido un desgarro en el aductor izquierdo durante el partido. La lesión, sumada a la hernia inguinal, lo dejó afuera de los Masters 1000 de Indian Wells y Miami.

“Todos saben lo que significa para mí representar a Argentina en la Copa Davis. Hice un esfuerzo que no hubiera hecho en ningún otro torneo”, escribió, entonces, Nalbandian en sus redes sociales.
Argentina terminaría avanzando a los cuartos de final tras asegurar la serie ante Rumania. Sin embargo, el recuerdo que quedó grabado fue el de esa tarde en la que Nalbandian, limitado físicamente pero impulsado por el corazón, eligió competir hasta el límite.
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