Barco no sólo desnudó un proceder desobediente al patear un penal contra la decisión de su entrenador. Haya sido por rebelde, o por alguna herida no cicatrizada, desafió el liderazgo de Demichelis. Lo puso en jaque otra vez. Ahí surge el tema más relevante, por encima de que no pensó que podía ejecutar un compañero al que hoy le sale el gol fácil. O que su capricho ni siquiera fue defendido con un gol en sus dos tiros. La secuencia no dejó lugar a falsas interpretaciones. Primero Borja se enojó porque Barco, el otro designado, agarró la pelota y no se la cedió. Tampoco quiso ocultar su fastidio el colombiano que colgó otra que andaba por ahí. El Var chequeó, se ordenó patear de nuevo y ahí definió Demichelis. Habló con el delantero, le pegó el grito de lejos a “Esequiel” para avisarle que no pateara de nuevo y con las manos ordenó que lo hiciera el 9. Es un atributo y su responsabilidad cuando entre los jugadores no hay acuerdo. No puede ser un simple testigo cercano. Independientemente del final de la película, ése fue un error de Gago en Racing en el partido definitorio con River, cuando hubo una reunión de consorcio y al final pateó Galván, sin antecedentes para ese penal trascendental... Demichelis esta vez intervino y al no ser respetada su voz de mando, en el entretiempo retó y reemplazó al jugador. Él respetó su rol de líder como no lo había hecho Barco. No se podía bancar un desplante así.
El cortocircuito superó a algunos del pasado. Cuando Ramón Díaz, en el River de los 90, quiso sacar contra Racing a Ortega. La rebeldía del Burrito se “maquilló” con una palabra de Francescoli y la decisión de Monserrat de salir él para cubrir a su compañero. Más acá en el tiempo, el día que Ricardo Centurión entró a desgano discutiendo con Chacho Coudet también fue tensa. Terminó con el jugador separado del plantel de Racing, aunque finalmente acató la orden e ingresó a jugar contra River. Nada tiene que ver con aquella vez que Palermo falló los tres penales con Colombia. Bielsa, el entrenador de la Selección en esa Copa América 99, con el tiempo dejó saber que le había parecido una decisión egoísta del 9 de Boca, que había pensado más en destrabar su situación personal que en el equipo, pero en ningún momento gritó que se cambiara al ejecutante. En Tucumán, en cambio, Demichelis fue enfático en su pedido. Y hasta se tomó unos minutos para masticar la bronca por no ser escuchado. Manejó con templanza el impulso de sacarlo en el instante exacto de la inconducta, lo primero que seguramente se le cruzó por la cabeza. Hubiera sido más traumático en el momento y para el día después. Esperó el entretiempo, se fue rápido al vestuario y actuó. Cuentan que puertas adentro fue tajante, con palabras que retumbaron no sólo en los oídos de Barco, un jugador que no tiene antecedentes y que fue potenciado en su juego con Demichelis como entrenador. Intentó ser un reto como para que no se repita la situación. Los rumores nocturnos hablaron de algo más, de ochentosas peleas entre cuatro paredes. Cerca del vestuario inicialmente todos lo desmintieron. No sería de la escuela Bayern Munich ni River: si un entrenador tiene que imponer su liderazgo con los jugadores a las piñas, debe renunciar antes de empezar la práctica siguiente.
Si bien en algunas conferencias falló en la comunicación, este conflicto se terminó momentáneamente con un buen discurso de Demichelis ante los micrófonos. Sin sincericidios que al rato se transforman en un boomerang. Sin romper alguna intimidad que le hubiera traído otra vez problemas. Sin sobreactuar la mano dura. El mejor líder es el que convence, el que seduce desde el ejemplo sin llegar a imponer miedo desde el autoritarismo. Confirmó que él quería que pateara Borja y utilizó como coartada que Barco no estaba “emocionalmente” para el segundo tiempo. Tal vez sea un aprendizaje hasta lógico para un entrenador aún en formación, con poco más de un año con un plantel de Primera y reinsertándose en el fútbol argentino. Así, si es cierto que toda crisis trae una oportunidad, este episodio le da la chance de reconstruir su posición el vestuario, que se había debilitado después de las filtraciones y la interna que terminó con Enzo Pérez en Estudiantes. En el segundo semestre del año tuvo que negociar demasiado por sentirse con un sentimiento de culpa. Algunas decisiones tácticas se mezclaron con un tono bajo para imponer ideas, un precio lógico por colaborar con que se rompa el manual de conducta impuesto por Gallardo. Ahora Barco lo obligó a Demichelis a reasumir como el capitán de River.
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