
Ignacio es de Tigre y llego a Qatar un día antes del debut fallido contra los árabes. Optimista, mantuvo su plan inicial: compartir con su hijo de diez años un Mundial de punta a punta. Feliz como pocos, el domingo de la final, después de recibir las entradas que le habían prometido, se acercó a la estación de servicio principal del barrio de Corniche, punto de encuentro improvisado para el desayuno argento, a ver si alguien lo ayudaba con un milagro. Un amigo de toda la vida y su hijo adolescente perdieron el vuelo desde Roma, pero pagaron la multa y consiguieron asientos para llegar a Doha ese mismo domingo a las 16, dos horas antes de la final. “Se van derecho al Estadio. Dispuestos a pagar lo que sea con tal de estar en la cancha. Y si no se puede, al menos festejar en Qatar”
A Florencia le importa poco el fútbol. Excepto cuando se juega el Mundial. A sus 45 años aprendió a emocionarse con la celeste y blanca mientras veía a su viejo llorar cuando Burruchaga festejaba el tercer gol contra los alemanes. “Él ya no está. Murió durante la pandemia. Y con mi esposo nos juramos estar acá. Por él y porque es el último mundial de Leo”. Como tanta gente, tuvieron que improvisar a medida que la Argentina progresó en el torneo. Y llegaron a la encrucijada de volver a casa o poner en venta el segundo auto familiar, ese que usa poco porque desde el encierro de 2020 descubrió que gran parte de su trabajo de administrativa de una financiera se podía hacer sin viajar de la casa de Castelar al Centro. “Ahora nos queda un auto en casa. Y un montón de lágrimas viendo a Messi levantar la copa. Al final de cuentas, capaz en algún momento podamos comprarnos otro. Pero lo de la final… ¡¡Irrepetible!!”
Javier y Paula se conocen desde el secundario. Siempre amagan con formalizar, pero llevan casi diez años acompañándose como tantas parejas que se aman sin papeles. El sueño grande para 2023 era el de comprar un monoambiente por la zona de Coghlan. Y capaz pensar en un primer embarazo.
Casi tan amigos como amantes, Javier insinuó casi acurrucado como quien se protege de la lluvia la posibilidad de cambiar depto por viaje. “¿Y si nos vamos a Qatar? Si te parece una locura, olvidate. Solo te pido que no me putees, jeje”
Javier y Paula no tienen el monoambiente. Tienen el recuerdo imborrable de haber llorado como chicos abrazados después del penal de Montiel.
Carlos ama al fútbol bastante más que a los números. Y eso que hizo tremenda carrera empresarial justamente a partir de sus dotes de administrador. Viajó a Qatar para los dos primeros partidos y, a regañadientes, voló de regreso un rato después del golazo de Enzo a los mexicanos. De ninguna manera iba a perderse la graduación de bachiller de uno de sus tres hijos. Es más. Parte del premio por esa buena campaña de alumno secundario era llevarlo junto con su mamá a ver la final. “Si llegamos nos vamos. Ya reserve vuelo para los tres. Hotel. Entradas. Todo”
Un rato después del baile a Croacia, el chico se le plantó
“Papá. Vas a decirme que estoy loco. Pero no quiero romper la cábala. Prefiero perderme la final pero mirarla en casa repitiendo el ritual de todos estos días”
Carlos, su esposa y su hijo estuvieron festejando en el Obelisco.
Los nombres son ficticios. Pero las historias son así de verosímiles. Y son apenas unas pocas de tantas que escuchamos durante el idilio qatarí.
Por eso y por tanto más es que la FIFA decidió que la hinchada argentina también fue la mejor del mundo
No soy de los que da por nosotros, los hinchas, más de lo que los hinchas somos. Pero, en este caso, debo decirles que de ninguna manera Qatar hubiera sido lo mismo sin nosotros, los chiflados de celeste y blanco
Después, me nace la reflexión
Porque el fútbol argentino que se juega en las tribunas también es gente golpeándose en San Juan en el primer amistoso con público post Mundial. O Abu Dhabi invadido por barras que ocupan espacios que bien podrían ser tuyos.
Siendo que somos infinita mayoría, ¿por qué no apostar por ser solo aquellos? ¿Y no, tristemente, estos?
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