Lionel Messi fue quien mejor gestionó el fanatismo en la previa. Nadie sale campeón del mundo antes del debut. Lo realmente importante es lo que pasa en los 30 días en los que se juega el Mundial. Scaloni siguió en esa línea, más cercana a la mirada rigurosa del juego que a la ansiedad de las redes sociales. Ninguno de los dos igual podía presagiar un debut tan triste, tan decepcionante, tan histórico. Fue una trompada de las que duelen y miden prematuramente la templanza. Se puede asociar rápido a la derrota con Camerún en Italia ‘90, donde después igual se llegó a la final. Aunque el rigor encuentra varias diferencias.
Esa Selección de Bilardo llegaba con retazos de los héroes del ‘86, con jugadores a los que les costaba pasar los exámenes médicos. No era uno de los grandes favoritos de la Copa. Camerún pareció una oposición mayor y aquel partido se hizo irremontable después de errores individuales. Argentina esta vez se puso 1-0 rápido con un penal de Messi, como para espantar a cualquier fantasma de Rusia 2018. Y parecía que iba a golear cuando el achique de Arabia Saudita perdiera la sincronización con el VAR. En tiempos en los que el factor anímico cada vez es más determinante para la definición del juego, la Selección jugaba cada vez más liberada. Después todo cambió. El rival se agrandó, fue certero en pocos minutos, redobló su dureza física y Argentina se desvaneció. Más que nunca ahora jugará esa cabeza, esa mentalidad. La Selección tiene realmente en qué creer.
“Es una Selección que se destaca por la fuerza grupal. Es el momento de demostrar que somos fuertes de verdad. Hace tiempo que no pasamos por una situación así, de una derrota, de estar obligados. Es un golpe muy duro. Pero que la gente confíe que este grupo no la va a dejar tirada”, arengó Messi con convicción.

El gran interrogante se da porque la dificultad de una Copa del Mundo es distinta a cualquier otra competencia. Aunque Argentina tiene dónde apoyarse. Fue un partido en el que no pareció el equipo que desde el partido consagratorio con Brasil hasta el Mundial jugó cada vez mejor, el que logró un upgrade en su nivel y en su estado de ánimo. Debe volver a ese estado de liberación más allá de la urgencia. Argentina era la Selección más presionada del planeta en los últimos Mundiales. La asfixiaba la abstinencia, la muralla que eran los cuartos de final primero y las finales perdidas después. Ahora es el último campeón de América, con un Messi más completo a partir de su madurez y un funcionamiento de equipo. Tiene que retroceder a ese lugar para avanzar otra vez. Puede haber pesado un poco el debut mundialista de varios jugadores que estuvieron por debajo de su nivel, la falta de lectura del partido para no ser tan directo cuando el rival achicaba tanto sus líneas. Y le costó una exageración salir del impacto que resultó que Arabia Saudita le diera vuelta el resultado. Un shock del que terminó reaccionando con centros regalados.
Ni los rápidos tres cambios de un tiro le cambiaron la fisonomía a la Selección. Arabia Saudita dio la medida justa de cuánto revitaliza pasar a ganarle a la Argentina de Messi. Para ellos lógicamente era la final del Mundial. Retrocedieron sus líneas bien pegadas y Messi no pudo ya superar a esa franja de piernas que por momentos rasparon como en el barrio. Leo esta vez no consiguió rendir en modo mejor jugador del mundo. Di María, el otro crack, no logró romper desde su posición siempre por la derecha y no varió. Faltó asociación e imaginación. Tal vez por nostalgia, o porque se cae en la tentación de imaginar al jugador que falta en su mejor versión, se pensó rápidamente en la ausencia de Lo Celso para juntar líneas, sumar pases, conectar con Leo y darle creatividad al ataque. Papu Gómez no fue responsable pero tiene otras características. Al equipo le faltó juego en el medio, tal vez mover mejor la pelota para encontrar el pase filtrado a la diagonal de Lautaro, que fue de mayor a menor como el equipo. De Paul no fue ese Cholo Simeone de la Copa América y en la única que llegó a posición de tiro conectó mal la pelota. Paredes, eje habitual del equipo, sufrió el debut al punto que Scaloni lo reemplazó por Enzo Fernández, uno de los últimos en meterse en el plantel. Cuti Romero inició bien pero, implacable como suele ser, perdió el duelo en el empate y el entrenador también lo cambió para armar la dupla Otamendi-Lisandro Martínez. Así, la más clara para llegar al empate que se hubiera festejado fue un jugada sucia, un desvío que sacó el arquero volador de Arabia Saudita.

El error inicial en todo caso fue no matar el partido cuando se pudo. Más allá de discutir un hombro adelantado, se puede ver que faltó lucidez cuando Arabia Saudita achicaba al mejor estilo del Boca de Menotti de los ‘90. En esos días se veía a los centrales con la mano levantada y Navarro Montoya haciendo La de Dios a cada rato. Ahí, cuando el partido parecía romperse, pareció faltar posesión hasta filtrar el pase. El propio Messi expuso esa ansiedad que los llevaba a picar antes de tiempo. No lo pudo solucionar el ingreso de Julián Alvarez. Como tampoco el Dibu Martínez consiguió ser ese arquero impenetrable de otros días, aunque no hubo responsabilidad en los dos goles.
Todas esas situación de juego ahora deberá repasar la Selección para jugar una final con México en la segunda fecha del Mundial. Volver a leer el libreto de los mejores días, de varios partidos del invicto de la era Scaloni. Y fundamentalmente resetear la cabeza. Messi, con 35 años y un quinto Mundial sobre sus espaldas, toda su vida convivió con la presión. A él deberán escuchar y seguir los jugadores de esta nueva camada más acostumbrada al éxito con la Selección. Desde la mentalidad se puede recuperar la idea de juego que se percibía naturalmente. Como nadie sale campeón en el debut, ningún equipo queda eliminado en la primera fecha de un Mundial.
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