
Guillermo Pérez fue artífice de uno de los momentos más memorables para el olimpismo mexicano. La mañana del 20 agosto de 2008, el taekwondoín oriundo de Michoacán se vistió de gloria al obtener la medalla de oro en la categoría de 58 kilogramos. Los dramáticos segundos en los que el juez determinaba el resultado mantuvieron en vilo a millones de mexicanos que se despertaron aquel día con la noticia de que el himno nacional tenía altas posibilidades de resonar en Pekín. Cuando la mano del juez señaló hacia la derecha, el júbilo popular estalló y, al menos por unos segundos, el país se abrazó sin distinciones.
Antes de que la narración de su victoria inmortalizara para siempre ese momento, Guillermo Pérez debió sortear un sinfín de adversidades. Su destino estaba grabado desde que era niño. Nunca se perdía las películas de Bruce Lee. Cada fin de semana, sus papás lo llevaban al cine para que pudiera disfrutar filmes de artes marciales. En su mente, aquellas patadas ficcionadas eran un viaje al futuro, a un futuro con patadas reales y con exigencias cuyo realismo superaría la emotividad de cualquier actuación. Un sentido de justicia le hacía verse reflejado en Bruce Lee. “Bruce Lee es mi héroe por todo lo que transmitió, aunque a la edad de cuatro o cinco años sólo me gustó por verlo golpear y ganar a sus rivales, eso me divertía muchísimo”, contó para la página del Comité Olímpico Mexicano.
Desde los seis años comenzó a practicar taekwondo. Su ascenso fue gradual y le llevó a destacarse en competencia nacionales e internacionales. Aunque sus cualidades eran notorias desde chico, hubo un intruso en el camino: el futbol. Memo, como la mayoría de los niños mexicanos, se apasionó por el balón. Descuidó en algún momento el taekwondo y las dudas acerca de su futuro empezaron a abrumar su cabeza. Sin embargo, un consejo de su mamá definió para siempre el camino. María de Lourdes le dijo que respetaría su decisión en caso de dedicarse al futbol, pero que su camino estaba en otro lado: debía seguir los pasos de su ídolo Bruce Lee.

El sueño olímpico le había resultado esquivo por diversos motivos. En Sydney 2000 era muy joven y para Atenas 2004 tuvo una lesión que le impidió llegar a la magna justa. El objetivo era claro para 2008. Con la madurez y la experiencia necesarias, Guillermo Pérez no solamente tenía que asistir a los Pekín; tenía que pelear por una medalla. El listón lo puso muy alto un año antes, cuando obtuvo la medalla de plata en el mundial de la especialidad, también disputado en China. Aquel resultado lo hizo merecedor del Premio Nacional del Deporte 2007. Así, la conjunción de una ardua preparación y de resultados positivos ponían al michoacano como candidato al podium. La revista estadounidense Sports Illustrated pronosticó que Pérez ganaría la medalla de bronce. Las expectativas, el tiempo lo diría, fueron superadas.
Antes de que su nombre llenara las primeras planas, Memo debió enfrentarse a la falta de apoyo económico y a otro vicio enraizado en el deporte mexicano: el nepotismo. Reynaldo Salazar, su entrenador, nunca creyó en él y prefería darle lugar a su hijo, Óscar Salazar. Pero el inagotable esfuerzo de Pérez Sandoval venció cualquier injusticia. En el duelo que definió al representante de México para Pekín, Memo superó a Óscar, que había sido subcampeón olímpico en Atenas.

Ya en tierras asiáticas, Memo no se achicó. Ganó tres peleas al hilo para instalarse en la final. Primero, frente al británico Michael Harvey, a quien venció 3-2 con un punto de oro. Luego, superó al afgano Rohullah Nikpai y al tailandés Chutchawal Khawlaor. Miles de minutos de películas de Bruce Lee se vieron reducidos a ese instante, cuando arrancó su pelea contra el dominicano Gabriel Mercedes. Durante el primer round, Memo se fue adelante en el marcador. Ya en el asalto final, con la medalla a unos segundos de distancia, Mercedes empató y obligó a que el ganador de definiera por decisión. Segundos eternos. Toda una vida contenida en una decisión efímera. Victoria para Memo. Victoria para México. El niño que admiraba a Bruce Lee era una leyenda.
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