
Hay sed de justicia, y hay miedo. Hay teléfonos que hablan y otros que misteriosamente se cortan. Hay un viaje que debía ser de repaso de errores futbolísticos para seguir peleando por el ascenso a Primera y se convierte, en un segundo, en un viaje de terror, de esos que dejan huella. El micro en el que viajaba el plantel de Independiente Rivadavia había dejado atrás la ruta 34 y se disponía a tomar la 19 para pasar de la provincia de Santa Fe hacia Córdoba. La Lepra mendocina, tal como se lo conoce, acababa de ser derrotado por Atlético Rafaela. En pandemia, la vía estaba despejada. Dentro del micro había pocas charlas y la necesidad de descanso ante un trayecto que sería muy largo. Pero en un momento dado, el micro se detuvo.
Nadie entendió el por qué hasta que el chofer dijo “hay dos autos cruzados en la ruta”. Uno más estaba en la banquina. Algunos pensaron en un robo pero no, apenas las caras de los ocupantes se hicieron notar, sabían que lo que se venía era aún peor: era toda la cúpula de la barra de Independiente que había viajado hasta Rafaela, que a diferencia de otras veces no había logrado ingresar como parte de la delegación al estadio y que con un alto grado de dosaje de alcohol y sustancias ilegales en el cuerpo, estaban dispuestos a cobrarse esa “afrenta” agrediendo a los dirigentes por ese tema y a los jugadores por haber perdido.
Ante el cariz que tomaba la situación los dejaron subir, hubo varias discusiones, un intento de agresión sobre uno de los vicepresidentes y sobre el responsable administrativo del plantel y la búsqueda de las prendas deportivas como botín. Tras aterrorizar a todos los que viajaban volvieron a sus autos y partieron. En medio de la conmoción, algunos integrantes del cuerpo técnico plantearon dejar sus puestos aunque se decidió enfriar los ánimos y no atender a la prensa. De hecho, este cronista se comunicó varias veces con el presidente del club, que estaba en el micro, y la conversación se cortó extrañamente en varias oportunidades aunque sí confirmó la agresión a los colegas del diario Uno de Mendoza según lo publicado en su sitio de deportes.
El tema es que la barra de Independiente está en un estado de violencia extrema que se cobró una vida este año y que viene de guerra en guerra desde febrero de 2020, justo antes que la pandemia del coronavirus azotara a la Argentina. Históricamente la barra estuvo dominada por la familia Jofré, compuesta por tres hermanos con una foja delictiva tremenda. El más violento de todos y líder del paravalancha era Omar, alias Camel, quién fue asesinado en 2019 en un ajuste de cuentas ligado al narcomenudeo en toda la zona Sur de Mendoza. Ahí fueron sus hermanos los que quedaron al frente: Cristian el Enano Jofré y Hernando, alias Bebe.
A partir de ese momento, se vivió el terror en la tribuna porque sobre todo el Enano Jofré se hizo amo y señor del club sembrando miedo a su paso y teniendo múltiples negocios relacionados al fútbol pero también a otros menesteres. Con el apoyo de Parque Sur, el barrio mayoritario, impuso su ley a sangre y fuego. Esto llevó a que la otra facción fuerte, la de los hermanos Rivero con violentos de Villa Hipódromo buscaran desbancarlos. Y lo lograron. Primero en una guerra televisada a todo el mundo en febrero de 2020, cuando su facción ingresó encapuchada al estadio en un partido con Atlanta que transmitía TyC Sports y se vieron escenas dantescas con armas blancas y armas de fuego. Después, porque el Enano Jofré terminó preso por robo y así, para septiembre de 2020, los Rivero eran los nuevos jefes de Los Caudillos del Parque, tal como se autotitula la barra.
Y si bien algunas agrupaciones de socios vieron con buenos ojos este cambio de mando, lo cierto es que a medida que fueron consolidándose repitieron los viejos vicios de los Jofré. La gente de Parque Sur además no se dio por vencida y en enero de este año, en la previa del aniversario 108 del club, se enfrentaron en los alrededores del estadio con el saldo de un muerto y varios heridos y con la institución debiendo cancelar la cena conmemorativa. Ese hecho radicalizó aún más a los Rivero que según los propios socios de la institución mantienen relación con miembros de la comisión directiva y se los puede ver entrando como delegación en varios partidos del torneo de la Primera Nacional, algo que es característico del Ascenso donde los barras tienen tal impunidad que ingresan a los estadios vedados para los hinchas.
Pero esta vez en Rafaela no hubo caso: quedaron afuera y decidieron, entonces, tomar represalia. Así, a dos horas de terminado el partido, se apostaron en la ruta a la espera del micro. Y cuando pasó, lo encerraron, subieron y dejaron en claro quienes mandan: ellos, los que pueden recorrer 850 kilómetros de ida y vuelta pasando por cuatro provincias sin que ningún control los pare ni les pida el certificado para transitar en medio de esta pandemia. Ellos, los que ayer, hoy y siempre se creen los dueños del fútbol sin que nadie haga algo para cambiar esa historia.
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