
Desde hace una semana la Argentina no hace otra cosa que buscar explicaciones para el asesinato de Fernando Báez Sosa. La mayoría apunta contra la formación violenta de los rugbiers, como si en el fútbol por nombrar al deporte más popular no se hayan dado circunstancias similares protagonizados por supuestos hinchas comunes. Están también quienes sostienen con barniz progre de Palermo Soho que lo sucedido forma parte del odio de clases, como si en zonas vulnerables no existieran hechos similares. También figuran los que echan toda la culpa al aumento problemático del consumo de alcohol en adolescentes y existe un último grupo que enfatiza sobre la pérdida de aquella educación que trazaba correctamente qué estaba bien y qué mal y que siempre empieza por casa.
Pero por fuera de estas argumentaciones, cada una con mayor o menor grado de certeza u error, existe otra vía no demasiado explorada y que se manifiesta como un parásito que ha venido a corroer todo el sistema de convivencia democrática: la sociedad barrabrava. Este fenómeno se asienta en características muy reconocibles: el discurso único que se arenga desde el paravalancha de la vida, sin distinción de sexo, credo o ideología política; la violencia simbólica primero verbal y después si es necesario física para anular al otro; la sensación de que todos somos sujetos de derechos pero nunca de obligaciones y mucho menos responsables de nuestros actos y la alegre y festiva celebración de romper las normas sin recibir castigo alguno por ese accionar.
Cualquiera que haya crecido concurriendo sistemáticamente a una cancha de fútbol sabe que el proceso de barrabravización de la sociedad viene in crescendo en los últimos 15 años, favorecido y alentado por un discurso que nace en la pirámide del Estado sin importar cuál sea el partido que ejerza el poder. Y esto jamás es gratuito. A ello hay que sumarle para hechos como el de Gesell los otros componentes que permiten su desarrollo impune: como en las barras reales del fútbol, connivencia policial y política de un negocio en el que todos participan y nadie controla para sacar su tajada contante y sonante. Un escenario ideal para una tragedia anunciada.
El crimen de Fernando debería servir no sólo para que la Justicia caiga con todo su peso sobre los asesinos, sino también para cambiar conductas que bajo la pátina de la corrección política y la indignación selectiva, domina y anula los disensos. Los argentinos daría la sensación de que sólo reaccionamos ante la tragedia consumada. Los crímenes de Cromañón y Once, más allá de sus vericuetos y condenas, permitieron en un caso que los lugares donde se hacen recitales tengan al menos un escalón más de seguridad que antaño y que los asistentes tomen conciencia de las actitudes riesgosas de propios y extraños. Y en el otro que los trenes funcionen un poco más decentemente. Ahora, otro crimen nos vuelve a interpelar. Ya no en forma de corrupción sino en la manera en que nos desenvolvemos como sociedad toda. Dejar de tirarle piedras al que está enfrente y sentarse a dialogar quizá sirva para bajar los niveles de violencia simbólica que potencian a aquellos que después la concretan en el plano de lo real. Si le vamos a echar toda la culpa al rugby, vamos a barrer la basura debajo de la alfombra. Y más temprano que tarde volverá a aflorar haciendo aún más cruel y doloroso el absurdo crimen de Fernando Báez Sosa.
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