
Las iniciativas, el estilo y las políticas de la segunda administración de Trump han reconfigurado de manera fundamental la dinámica global, tanto limitando como creando nuevas oportunidades para el principal rival geopolítico de Estados Unidos: la República Popular China (RPC).
La Estrategia de Seguridad Nacional de diciembre de 2025, se compromete a limitar la influencia de actores extrarregionales, como la RPC, en el hemisferio occidental, mientras que la Estrategia de Defensa Nacional, de enero de 2026, establece que Estados Unidos restringirá el acceso chino a geografía estratégica e infraestructura de uso dual.
China resiste: el caso Venezuela, Panamá y Honduras
El balance hasta la fecha indica que las iniciativas estadounidenses pusieron a la RPC a la defensiva en algunos países de la región, como Venezuela y Panamá, y convirtieron a Pekín en un socio “tóxico” para los aliados cercanos a Washington. Sin embargo, estos esfuerzos no han socavado de manera decisiva los incentivos comerciales y personales que impulsan el avance chino. De hecho, los recortes de programas, los aranceles y otras acciones percibidas como “coercitivas” por parte de Estados Unidos –incluidas algunas actividades militares– corren el riesgo de empujar a países de la región a profundizar su relación con Pekín como una “alternativa” a Washington.

Las iniciativas estadounidenses en el hemisferio occidental han generado victorias más bien simbólicas, que no lograron eliminar de forma decisiva la presencia e influencia china ni bloquear sus intereses estratégicos. En Venezuela, tras la captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos, los chavistas –con quienes la RPC mantuvo importantes vínculos de seguridad, políticos y económicos durante más de 27 años– continúan en el poder a través de Delcy Rodríguez.
Si bien China deberá importar el petróleo venezolano a través de intermediarios afines a Washington, y probablemente verá obstaculizada su cooperación en materia de seguridad y ventas militares, Rodríguez no renunció a la presencia comercial de Pekín ni declaró el incumplimiento de los entre 7000 y 10.000 millones de dólares que aún restan de los 100.000 millones prestados por China en los últimos 20 años. De hecho, con la supervisión estadounidense y las principales sanciones petroleras levantadas, el nuevo gobierno en Caracas podría convertirse en un socio más confiable para los chinos.
En Panamá, aunque el gobierno expulsó a la empresa hongkonesa Hutchison de dos de los cinco puertos de la costa del Atlántico y del Pacífico del Canal, el gobierno chino está respondiendo con firmeza de maneras que podrían preservar gran parte de su presencia en el país, enviando al mismo tiempo un poderoso mensaje de advertencia a otros gobiernos de la región que estén tentados de actuar contra empresas chinas.
En el corto plazo, la decisión del gigante logístico chino COSCO de dejar de operar en el puerto panameño de Balboa, sumada a la instrucción de Pekín a sus empresas de suspender inversiones en Panamá, reducirá su presencia en el país. Sin embargo, a largo plazo, el daño comercial provocado por estas medidas podría llevar al gobierno de José Raúl Mulino y a las élites empresariales panameñas a buscar discretamente un acuerdo con la RPC, en la medida en que perciban que la atención de Washington está puesta en otro lado, como Irán.
En Honduras, por su parte, el apoyo del presidente Donald Trump ayudó al político conservador del Partido Nacional, Nasry Asfura, a ganar las elecciones presidenciales de noviembre de 2025, pero, desde que asumió el cargo, no ha cumplido aún con su promesa de campaña más importante: restablecer relaciones con Taiwán.

En lo militar, gestos, pero no rupturas
En el plano militar, los socios más cercanos de Estados Unidos, desde Ecuador hasta Argentina, están evitando colaboraciones con China que puedan interpretarse como provocadoras –como alojar estudiantes del Ejército Popular de Liberación (EPL) en sus escuelas militares–, aunque casi todos siguen enviando a sus oficiales a instituciones en China y colaboran de otras maneras. Del mismo modo, tanto Argentina como Chile cancelaron proyectos de observatorios espaciales chinos que podrían haber sido utilizados militarmente por el EPL contra Estados Unidos en caso de conflicto, aunque ambos continúan colaborando con China en tecnologías estratégicas sensibles. La “Estación de Espacio Profundo” en Neuquén, por ejemplo, sigue siendo operada por la RPC en territorio argentino, sin supervisión gubernamental permanente in situ.
Al igual que en el ámbito espacial, Estados Unidos presionó a sus socios de la región para que dejaran de utilizar tecnología china en áreas como telecomunicaciones, servicios en la nube y otras industrias digitales. Incluso sancionó a funcionarios chilenos de alto rango involucrados en un proyecto de cable de datos submarino chino entre Valparaíso y Hong Kong. No obstante, Washington ha sido lento en ofrecer alternativas tecnológicas y de financiamiento frente a las empresas chinas, que suelen percibirse como más competitivas en precio, producto y otros aspectos.
El peso económico de China: cobre, soja y litio
En materia de commodities, las empresas chinas continúan consolidando su influencia como inversores y compradores clave de productos de la región. El año pasado, entidades chinas adquirieron tres cuartas partes del cobre chileno y el 93 % de la soja brasileña. El gobierno fuertemente proestadounidense de Javier Milei en Argentina dio la bienvenida a inversiones chinas en litio y amplió significativamente las ventas de productos agrícolas a la RPC, en parte para cubrir lo que China dejó de comprarles temporalmente a los agricultores estadounidenses en 2025.

Más allá del comercio y la inversión, la presión de Estados Unidos ha hecho relativamente poco para frenar la creciente presencia china en áreas estratégicas, como la cooperación multilateral a través de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) y sus subforos; la “colaboración” en espacio, inteligencia artificial y otras tecnologías; el desarrollo de vínculos de beneficio personal y comercial que la RPC denomina intercambios “pueblo a pueblo”; la aceptación de donaciones chinas a fuerzas militares y policiales, los viajes de funcionarios a China o la cooperación en nuevas áreas, como el crimen organizado transnacional, el lavado de dinero y la ciberseguridad.
De hecho, América Latina se comprometió a ampliar la cooperación en todas estas áreas en el Plan China-CELAC de mayo de 2025, mientras la RPC reafirmó su compromiso de cumplirlas en su “Libro Blanco de Política” hacia la región de diciembre de 2025. En contraste, la reducción de los programas educativos y de ciencia y tecnología de Estados Unidos en América Latina hizo que las ofertas chinas de becas y otros programas resultaran más atractivas, aunque muchos en la región las perciban como de menor calidad y con motivaciones ocultas.
De manera similar, el menor énfasis estadounidense en la participación multilateral a través de las instituciones del Sistema Interamericano y de las Naciones Unidas facilitó los avances de China en esos organismos, así como a través de alternativas como la CELAC y el foro de los BRICS.
A largo plazo, los importantes recortes de Estados Unidos en ayuda, construcción institucional y programas “prodemocracia” en América Latina socavan los incentivos para que los socios de la región vean en “mantenerse cerca de Estados Unidos” una opción conveniente para su futuro, especialmente cuando China les presenta tentadoras ofertas materiales.
El poder blando que Washington no logra frenar
Hoy en día, pocos gobiernos latinoamericanos abrazan abiertamente a China como una “alternativa” a Estados Unidos. Sin embargo, la apariencia de alineamiento regional con Washington podría estar ocultando vulnerabilidades significativas. Durante el último año, los países que se pronunciaron en contra de las políticas estadounidenses fueron sometidos a aranceles, sanciones y amenazas de acción militar. Quienes callan hoy, o incluso elogian las acciones de Washington, podrían estar trabajando entre bastidores para diversificar esa relación.

Finalmente, existe un riesgo pequeño pero real de que los eventos en Medio Oriente y otras regiones desencadenen una acumulación de resentimientos latinoamericanos hacia Washington, eliminando los frenos que hoy limitan el avance de Pekín en la región. Un escenario posible es el de un conflicto prolongado que impacte a la región a través de un fuerte aumento en los precios del petróleo y, por consiguiente, del costo de los alimentos, el gas, la electricidad, el combustible para calefacción y la nafta, afectando especialmente a los sectores más vulnerables.
Un mayor aislamiento de la Casa Blanca respecto de sus socios democráticos en Europa y Asia por la guerra en Medio Oriente, un colapso económico global, y elecciones de mitad de mandato que generen debates internos amargos y un Congreso paralizado podrían abrirle puertas a la RPC de maneras que hoy, con la aparente “dominancia” estadounidense en el hemisferio, parecen impensables. Washington se encuentra en una encrucijada estratégica crítica con China, tanto en el hemisferio como a nivel global: Estados Unidos nunca pareció tan poderoso y nunca fue tan vulnerable al mismo tiempo.
*El autor es Senior Non-Resident Fellow del Center for Strategic and International Studies (CSIS)
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