
Los cambios recientes en los hábitos de consumo reflejan una sociedad cada vez más consciente del impacto ambiental y de las condiciones en que se producen y comercializan los alimentos. Esta exigencia de responsabilidad social y ambiental se ha trasladado a productores, industrias y organismos reguladores.
Sin embargo, la falta de consensos sólidos entre quienes definen las normas limita la eficacia de cualquier medida técnica o política para mitigar el cambio climático. Esta realidad plantea la necesidad de sumar otros recursos capaces de despertar el interés y la participación de la sociedad en la acción climática.
Esta perspectiva me llevó a escribir para transmitir mi preocupación y, al mismo tiempo, exponer las que creo que pueden ser las herramientas necesarias para enfrentar la problemática actual.

Debo confesar que no siempre he tenido mucho éxito, por lo que me he propuesto explorar y conectar mis perspectivas profesionales con lo que sucede en nuestro entorno frente al cambio climático. En el día a día, solemos enfocarnos en pequeños gestos: separar los residuos, buscar alternativas energéticas menos contaminantes, evitar los plásticos de un solo uso, entre otros. Son prácticas importantes que ayudan a generar hábitos más responsables. Pero cada vez pienso más en un espacio menos explorado por mí: la dimensión cultural y cómo conectar las preocupaciones ambientales con las emociones y los valores colectivos, complementando así los esfuerzos técnicos y regulatorios de quienes deseamos contribuir.
La cultura y, en particular, la música, tienen una capacidad única para reflejar preocupaciones sociales y ambientales. No sé escribir ni interpretar música y creo que hasta envidio a quienes pueden hacerlo. Pero sí considero que muchas canciones de distintas épocas han planteado imágenes o situaciones que invitan a pensar en el vínculo entre las personas y la naturaleza. Lo interesante es que no siempre lo hacen de forma explícita; a veces sugieren desde lo emocional y simbólico, activando memorias y preguntas que los informes técnicos por sí solos no logran despertar.

Sería exagerado suponer que, al escuchar canciones como “Padre” de Joan Manuel Serrat, el público piense inmediatamente en el cambio climático o la sostenibilidad. Sin embargo, en “Padre”, Serrat evoca con imágenes la degradación ambiental: “Padre, donde no hay flores, no se dan abejas, ni cera, ni miel. Padre, que el campo ya no es el campo”. Esta metáfora expresa cómo la destrucción del entorno natural afecta los procesos vitales y la vida misma en el campo, anticipando el daño irreversible que sufre la naturaleza.
Lo mismo ocurre con “Oración del Remanso”, de Jorge Fandermole, que, al decir, “soy del agua” conecta la vida de los pescadores del Paraná con la fragilidad de un ecosistema que sostiene a sus comunidades. O con “¿Dónde jugarán los niños?”, de Maná, cuando se pregunta “¿en dónde jugarán?”, anticipando la angustia de un futuro marcado por la contaminación y la falta de espacios para crecer.
La preocupación ambiental también está presente en la música actual. Artistas como Billie Eilish, con su canción “All the Good Girls Go to Hell”, que denuncia incendios, subida del nivel del mar y contaminación, y Residente, con su tema “Apocalíptico”, que denuncia la crisis climática y social, muestran que distintas generaciones usan la música para expresar y movilizar la conciencia ambiental.

Debe aclararse que la política, la ciencia y la técnica son imprescindibles y proponen las soluciones. El problema es que, para quienes creemos en la innovación como solución y vemos la importancia de programas que ofrezcan soluciones holísticas que aprovechen los procesos de modernización que vive la sociedad y la producción agropecuaria en general, no logramos motivar y comprometer a grandes segmentos de la población para que entiendan que la producción agropecuaria no es el problema, sino parte de la solución sustentable.
La música no propone soluciones, ni creo que esa sea su función, pero sí logra algo fundamental: poner en palabras y sonidos una preocupación colectiva. Permite reconocer que el deterioro ambiental no es solo un debate científico, sino también una experiencia humana, con emociones, miedos y esperanzas.
Por eso, considero que la cultura, en general, y la música, en particular, pueden convertirse en aliados de la acción climática. Difícilmente lograremos movilizar a las personas si solo hablamos de calentamiento global, incendios, inundaciones y gases de efecto invernadero, sin conectar primero con su sensibilidad. En ese terreno, la música, desde distintos géneros y generaciones, abre una puerta de entrada que no deberíamos subestimar.

La agricultura puede y debe ser parte de la solución al cambio climático. Tal vez no sea una canción fácil de entonar, pero, justamente por eso, necesitamos encontrar múltiples voces y canales que logren convencer y movilizar a la sociedad.
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