
La guerra entre Israel y Hamas se prolonga desde el 7 de octubre de 2023 hasta nuestros días. Después de unas jornadas iniciales de horror (con 1400 muertos israelíes, más de 300 militares y el resto civiles, y 220 personas secuestradas, algunos extranjeros), las Fuerzas Armadas israelíes (Tzahal) controlaron la situación y expulsaron a los combatientes palestinos al territorio de Gaza.
Inmediatamente, se inició la movilización de 300.000 reservistas con el objetivo de destruir a Hamas, hacerlo por la fuerza y empleando toda la potencia de fuego de un ejército moderno (la guerra en Ucrania parece demostrar que la superioridad de fuego en el campo de batalla es hoy el factor decisivo).
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Aunque se produjeron algunas incursiones e intercambios de fuegos desde Gaza y el sur del Líbano (milicias de Hezbollah), la situación militar quedó estabilizada. El Tzahal comenzó a preparar la invasión de Gaza con unas fuerzas numérica y técnicamente abrumadoras, pero con la incertidumbre de enfrentarse a un tipo de combate que había tratado de evitar: una batalla en zona urbana, donde residen dos millones de personas y con una red de túneles excavada durante años, que puede tener cientos de kilómetros (los casos de Faluya, Mariupol y Bajmut muestran que el atacante solo se impone a costa de un altísimo número de bajas propias).

Las fuerzas israelíes han entrado en Gaza a través de tres ejes de progresión: uno al noroeste, junto a la costa, otro al noreste y el tercero desde el este, y han cortado en dos el territorio controlado por Hamas. A pesar de los intensos bombardeos que han devastado grandes áreas urbanas (con casi 10.000 bajas entre combatientes y civiles y 1,6 millones de desplazados a la parte sur), no se ha conseguido destruir su capacidad combativa.
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La estrategia más adecuada para enfrentar el combate urbano en Gaza es la división de las zonas de defensa, la separación de núcleos de combatientes enemigos para impedir que tengan conexión entre sí y destruirlos parte por parte, usando toda la potencia de fuego aprovechable. Su aplicación es lenta, y es difícil pronosticar cuándo terminará (está relacionado con la capacidad de resistencia de Hamas), pero es el mejor camino para cumplir el objetivo fundamental de esta estrategia: destruir al enemigo con el mínimo de bajas propias.

Por consiguiente, los responsables políticos y militares israelíes se enfrentan a una guerra larga en un campo de batalla que es contrario a la aplicación de los principios de la guerra mecanizada que domina el Tzahal. No obstante, sus acciones están condicionadas por la situación política interna, no por consideraciones estrictamente militares. El contexto internacional tiene influencia secundaria y, en todo caso, el gobierno israelí cree que puede dominarlo gracias al apoyo político y militar de los Estados Unidos.
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De todas formas, se mantiene el riesgo de apertura de un segundo frente en el norte o, incluso, un tercero, en el interior, en caso de que se produzca una revuelta generalizada en Cisjordania.

* El autor es docente e investigador en la Universidad de La Laguna (España)
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