
Corría abril de 1982 y, en las Malvinas, ya flameaba la celeste y blanca como resultado de la Operación Rosario. Así como cientos de argentinos partieron hacia el archipiélago para defender nuestras islas, 22 sacerdotes dejaron el continente para acompañarlos en la guerra. Puede resultar contradictorio por lo violento del escenario, pero es en este tipo de situaciones cuando los soldados se aferran con más fuerza a la fe. De hecho, son numerosos los testimonios que señalan que el rezo del Rosario y las celebraciones religiosas fueron un ingrediente clave para el espíritu de aquellos hombres que dieron todo de sí en defensa de nuestra soberanía.
Para recordar a los clérigos castrenses, el Ejército Argentino inauguró una capilla en el museo que tiene la Fuerza en el partido de Tres de Febrero, que integra a la figura del padre Santiago Mora. Allí, DEF pudo conocer sobre su vida, pero también sobre otros tantos detalles históricos de una institución bicentenaria.
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Una capilla con sello malvinero
“Nuestra Señora de las Victorias” es el nombre de la capilla que posee el Museo del Ejército, reinaugurada y puesta en valor días atrás por las autoridades del organismo, no sin antes tomar la decisión de que también este sea un lugar para recordar la guerra de Malvinas. Por ello, quienes la visiten, hoy pueden encontrar en ella a la figura del sacerdote Santiago Mora, a quien el museo eligió como referente de los capellanes que participaron del conflicto.
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Mora fue un sacerdote italiano que, al instalarse en el país, se sumó al clero castrense. “Fuimos muchos los bendecidos al tener al ‘curita’, como lo nombrábamos todos los integrantes de la defensa de Pradera del Ganso-Darwin. Sus formas humildes, su hablar lento en español con acento italiano y su incansable manera de recorrer las posiciones –de día y de noche– lo convirtieron en una fuente de fortaleza espiritual para las tropas, en la espera y durante el combate”, cuenta el general retirado y veterano de guerra de Malvinas Oscar Reyes. Para él, la presencia del sacerdote fue la garantía de contar con la palabra profunda y alentadora que requiere el espíritu de los soldados. Incluso, dice Reyes, junto a quienes cubrían las posiciones de la primera línea, Mora asistió, cuidó y contribuyó a fortalecer las acciones de la defensa. “Lo recuerdo con su hábito negro, agazapado, dando misa, y abrazando a algún soldado”, cierra el veterano del Regimiento 25.

Otra anécdota, esta vez del encargado del museo, suboficial mayor César Silva, profundiza en la vida de Mora: “El sacerdote prestó varios años de servicio en la Escuela ‘General Lemos’. Durante este tiempo, no solo dio clases, sino que creó el hogar del aspirante con el objetivo de brindarles un lugar a aquellos jóvenes de todo el país que se trasladaban para estudiar en este Instituto de la Fuerza y que no tenían donde alojarse durante los días que no asistían a la Escuela”.
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Una decena de salas, un mismo denominador
A poca distancia de la autopista General Paz, se encuentran unas fortificaciones de estilo medieval que llaman la atención de los transeúntes. De hecho, fueron estas las que le dieron el nombre a la localidad donde se encuentran: Ciudadela.
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Si bien originalmente fueron destinadas a ser cuarteles del Ejército, hoy en sus instalaciones se ubica el Museo Histórico de la Fuerza. El lugar es una visita obligada para aquellos que quieran recorrer los más de 200 años de historia del país, ya que sus salas abarcan desde el nacimiento de nuestra Patria hasta la guerra de Malvinas. De hecho, al conflicto del Atlántico Sur le destinaron varios metros cuadrados. Entre fotografías, maquetas, y documentos de la guerra, el visitante puede encontrar un objeto que interpela a todos: la bandera que flameó en las Malvinas una vez que fueron recuperadas. Frente a ella, se encuentra otra británica: la que supo pertenecer a la casa del gobernador.

Son varias las organizaciones y personas que colaboran con este sitio y sus muestras, estáticas e itinerantes. Entre ellos, un grupo de veteranos de guerra de Malvinas. Uno de ellos es el soldado conscripto clase 62 Ricardo Zarza. Él, junto a otros tantos, partió desde Ciudadela hacia las islas integrando el Grupo de Artillería de Defensa Antiaérea 101. “Para mí, el cuartel de Ciudadela es mi segunda casa. Tenemos un lugar para nosotros, lo cual es una inyección de vida, porque no solo nos ayuda a recordar, sino también a conmemorar a nuestros compañeros que quedaron allá”, confiesa Zarza. Cabe señalar que, en Malvinas, el grupo tuvo tres bajas: los soldados Claudio Romero y Marcelo Planes, y el cabo Adrián Bustos.
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El museo puede ser recorrido de lunes a viernes y sábados por la tarde. Y, quienes lo hagan durante el fin de semana, pueden finalizar la visita con un paseo en vehículos militares.
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