Clara Zetkin, activista alemana: “Cuando los hombres matan, nos toca a nosotras luchar por la preservación de la vida”

El origen de una proclama desobediente, lanzada desde la clandestinidad en los albores de la Primera Guerra Mundial. La historia de un mensaje que transformó el pacifismo en una bandera del feminismo

Clara Zetkin
Clara Zetkin, activista alemana: “Cuando los hombres matan, nos toca a nosotras luchar por la preservación de la vida”
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En noviembre de 1914, Europa se desangraba en el barro de las trincheras. La maquinaria propagandística de las potencias funcionaba a destajo, avivando un fervor nacionalista ciego que arrastraba a millones de jóvenes al frente. En medio de ese coro de cañones y discursos patrióticos, Clara Zetkin escribió: “Cuando los hombres matan, nos toca a nosotras, las mujeres, luchar por la preservación de la vida. Cuando los hombres callan, nuestro deber es levantar la voz en defensa de nuestros ideales”.

Su voz desafiaba así al aparato militar de su país, pero también a la claudicación de su propio espacio político. La frase, que hoy resuena con la fuerza de un axioma pacifista universal, nació como un grito de trinchera ideológica. Pocos meses antes, el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), la fuerza obrera más poderosa del continente, había traicionado sus promesas internacionales al votar a favor de los créditos de guerra en el parlamento. Para Zetkin, aquella decisión representaba una bancarrota moral.

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Fue en ese momento de aislamiento cuando decidió redactar el incendiario manifiesto clandestino titulado ¡A las mujeres trabajadoras!, un texto distribuido de mano en mano bajo el constante acoso de la censura estatal. Un llamado a la insurrección civil y política de las mujeres de la clase obrera mundial. Publicado a fines de 1914 en la revista Die Gleichheit (La Igualdad), su importancia radica en que marcó una ruptura epistemológica dentro del movimiento de mujeres de la época.

Mientras que el feminismo burgués o sufragista moderado apoyaba los esfuerzos bélicos de sus gobiernos para demostrar “patriotismo” y ganar el derecho al voto, Zetkin ensayó una tesis opuesta: la liberación de las mujeres no se mendiga, se combate en sus guerras coloniales y comerciales. El manifiesto funcionó como base teórica que derivaría, meses después, en la convocatoria de la Internferencia Internacional de Mujeres Socialistas celebrada en Berna en marzo de 1915.

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Clara Zetkin
Clara Zetkin y Rosa Luxemburgo

Aquel encuentro desafió las fronteras enemigas y reunió a delegadas de países que formalmente se estaban matando en los campos de batalla. La proclama de Zetkin dotó al movimiento obrero de un nuevo marco conceptual: la preservación de la vida pasaba a ser un acto de estricta desobediencia política. Pero, ¿por qué esa reflexión caló tan hondo? Porque ponía en evidencia las contradicciones de la masculinidad hegemónica de la época, ligada intrínsecamente al militarismo y al mandato del sacrificio bélico.

¡A las mujeres trabajadoras! apelaba al rol de las mujeres como madres, esposas y trabajadoras que sostenían la retaguardia mientras el capitalismo destruía las fuerzas productivas y humanas en el frente. Si los líderes políticos y los hombres de la clase trabajadora habían decidido callar, cediendo ante el chovinismo reinante, las mujeres debían ocupar el espacio público para denunciar que la guerra no defendía a la patria, sino a las ganancias de las corporaciones armamentísticas y los intereses imperiales.

En resumidas cuentas, la preservación de la vida no era entendida por ella como una tarea meramente biológica o doméstica, sino como la mayor trinchera de resistencia internacionalista. En ese sentido, esta célebre frase condensa la cosmovisión política de Clara Zetkin. Para la pensadora alemana, el feminismo era impensable si se lo desligaba de la lucha de clases. Toda su obra teórica giraba en torno a la idea de que la emancipación de la mujer requería la destrucción del orden social capitalista.

Cuando acusaba a los hombres de callar, apuntaba directamente contra la burocracia de los partidos y sindicatos tradicionales. Ella entendía que, en tiempos de barbarie, el silencio es complicidad. Por eso, su llamado a levantar la voz no fue una metáfora: pagó su audacia antibélica con persecución política y detenciones carcelarias durante todo el desarrollo de la guerra. A más de un siglo de distancia, la proclama original de ¡A las mujeres trabajadoras! mantiene una vigencia incómoda e incuestionable.

Clara Zetkin en un acto en Berlin, Alemania.
Clara Zetkin en un acto en Berlin, Alemania.

Aquel emblemático texto de noviembre de 1914 —publicado en la revista Die Gleichheit, el periódico que ella misma dirigía—, que para muchos es el primer gran llamamiento antibelicista y socialista dirigido exclusivamente a las mujeres, nos recuerda algo importante: ante los escenarios de conflicto y deshumanización global que cíclicamente asoman en nuestro presente, la preservación de la vida y el rechazo a la complicidad del silencio siguen siendo los actos más urgentes de la dignidad humana.

¿Quién es Clara Zetkin?

Clara Zetkin (nacida como Klara Josephine Eißner en Wiederau, Sajonia, en 1857) se formó como educadora y tempranamente se adhirió al movimiento socialista alemán, desafiando las leyes de la época que prohibían la participación política de las mujeres. Debido a la persecución del canciller Otto von Bismarck, vivió años en el exilio en Zúrich y París, donde adoptó el apellido de su compañero, el revolucionario ruso Ossip Zetkin. A su regreso a Alemania, se convirtió en una dirigenta indiscutida.

Fue la gran organizadora de las mujeres dentro del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD) impulsando la adopción de consignas vanguardistas como la igualdad salarial y el sufragio femenino universal. Su militancia dio un vuelco histórico en 1910 cuando, durante la Segunda Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en Copenhague, propuso la creación del Día Internacional de la Mujer, estableciendo el germen de las movilizaciones mundiales del 8 de marzo que aún hoy tienen un enorme fortaleza.

Rompió con la dirección de su partido y fundó, junto a Rosa Luxemburgo, la Liga Espartaquista. Tras la Revolución de Noviembre, se unió al Partido Comunista de Alemania (KPD) como diputada en el parlamento entre 1920 y 1933. En agosto de 1932 pronunció un histórico discurso en la cámara donde denunció el inminente ascenso de Adolf Hitler y llamó a un frente único de resistencia obrera contra el fascismo. Falleció en junio de 1933 a los 75 años exiliada en la Unión Soviética.

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