
Ricardo Güiraldes publicó en mayo de 1926 la novela que clausuró el ciclo de la literatura gauchesca iniciado en el siglo XIX y se convirtió en uno de los textos más debatidos, canonizados y reeditados de la historia literaria argentina. Don Segundo Sombra cumple su primer centenario con una vitalidad que excede el aula escolar: el libro sigue siendo objeto de conversatorios, clubes de lectura y disputas académicas sobre qué significa, para una nación, elegir al gaucho como arquetipo moral.
La primera edición fue de 2.000 ejemplares. Se agotó en menos de tres meses. Al año siguiente, la novela obtuvo el Premio Nacional de Literatura y comenzó su circulación en Europa y América Latina, donde escritores y críticos la leyeron como la expresión más acabada del criollismo literario. Jorge Luis Borges, que había fundado junto a Güiraldes la revista literaria Proa a comienzos de los años veinte, publicó en junio de 1928 en la revista Síntesis una reseña titulada “El lado de la muerte en Güiraldes”, en la que escribió: “La patria seguirá escuchando con ganas a Don Segundo Sombra y a cuanto se relacione con él. Ricardo, creador o historiador de esa inmortalidad sufrida y fornida, ocupará los años también”. Leopoldo Lugones, que había consagrado el Martín Fierro de José Hernández como poema nacional en su ciclo de conferencias “El payador” en 1916, celebró también la aparición de la novela.
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Güiraldes no llegó a ver el alcance pleno de ese reconocimiento. Murió en París en 1927, de cáncer, a los 41 años. Había publicado Don Segundo Sombra un año antes de su muerte.
El gaucho real que se volvió arquetipo
El personaje que da título a la novela no nació de la imaginación pura. Segundo Ramírez, nacido en Coronda, Santa Fe, el 2 de julio de 1852, fue un gaucho que trabajó en la estancia La Porteña, de la familia Güiraldes, en San Antonio de Areco, provincia de Buenos Aires. Fue allí donde el joven Ricardo lo conoció y comenzó a observarlo. El propio autor lo definió en una carta como “un símbolo racial” por quien sentía profunda admiración y amistad. La descripción física que hace de Don Segundo en la novela coincide con las fotografías que se conservan de Ramírez: “El pecho era vasto, las coyunturas huesudas como las de un potro, los pies cortos con un empeine a lo galleta, las manos gruesas y cuerudas como cascarón de peludo”.
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Tras la publicación del libro, Ramírez alcanzó una fama que no había buscado. En su casa de San Antonio de Areco recibió visitas de figuras como el escritor mexicano Alfonso Reyes y el filósofo alemán Hermann Graf Keyserling. Borges recordó también que “lo buscaban para pelearlo los cuchilleros más mentados de Areco: el Toro, su hijo el Torito y Andrés Soto, molestos por su gloria literaria”. Ramírez murió el 20 de agosto de 1936, a los 84 años. Su tumba está en el cementerio de San Antonio de Areco, a tres metros de la de Güiraldes.
El propio autor reconoció que el personaje, aunque basado en un hombre real, era ante todo un arquetipo. Don Segundo Sombra condensa las virtudes que la tradición gauchesca atribuyó al hombre de campo: lealtad, valentía, nobleza, reserva. A través de Fabio Cáceres —el joven huérfano que lo sigue como discípulo durante cinco años de vida arriera—, la novela propone un viaje iniciático en el que esos valores se transmiten de una generación a otra. La palabra sombra no es casual: el gaucho no reivindica un lugar en la sociedad argentina, no pelea contra el Estado como el Martín Fierro de Hernández. Aparece como una figura legendaria, casi espectral, cuya grandeza reside precisamente en su distancia del mundo burgués.
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La literatura gauchesca tiene una genealogía precisa. Sus fundadores —Hilario Ascasubi, Bartolomé Hidalgo, Estanislado del Campo y José Hernández— escribieron sobre el gaucho como figura política, como sujeto en conflicto con el orden institucional. El Martín Fierro, publicado en dos partes en 1872 y 1879, es el punto más alto de esa tradición: un gaucho perseguido, desertor, que mata y huye, pero al que Lugones rehabilitó como símbolo nacional cuatro décadas después.

Don Segundo Sombra llega cuando ese mundo ya no existe. La pampa que describe Güiraldes es una pampa pacificada, más metafísica que real, donde el gaucho no tiene conflictos con el Estado porque el Estado ya ganó. La novela no lamenta esa pérdida de manera explícita: la evoca con nostalgia lírica, con una prosa que combina el lenguaje rural con una elaboración literaria que sus contemporáneos reconocieron como nueva. Güiraldes había pasado su infancia entre Buenos Aires y la estancia familiar, pero también había vivido en París desde muy pequeño y había absorbido las influencias del modernismo francés y la literatura alemana. Esa doble formación —la pampa y Europa— se percibe en cada página.
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1926: el año en que la narrativa argentina se bifurcó
El centenario de Don Segundo Sombra coincide con otro aniversario que la crítica literaria argentina observa en paralelo. En 1926, Roberto Arlt publicó su primera novela, El juguete rabioso, con un título que no había elegido él: el original era La vida puerca. Fue, curiosamente, el propio Güiraldes quien sugirió el título definitivo y ofició de padrino de la obra. Los dos libros, aparecidos el mismo año, representan los dos caminos que la narrativa argentina tomaría durante el siglo XX: uno hacia la pampa, el mito y la identidad rural; el otro hacia la ciudad, la marginalidad y la modernidad urbana.
La investigadora Sylvia Saítta, autora de la biografía El escritor en el bosque de ladrillos y especialista en la obra de Arlt, describió lo que este trajo a la literatura argentina en 1926 como “la emergencia de una literatura nueva, una narrativa moderna, urbana e incómoda”. La contraposición entre ambas novelas no es solo estética: es también una disputa sobre qué Argentina merecía ser narrada. Don Segundo Sombra propone un modelo de país que mira hacia el pasado rural con admiración; El juguete rabioso mira hacia el conventillo y el fracaso con ferocidad.
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Que Güiraldes haya funcionado como puente entre los dos —padrino literario de Arlt, cofundador de Proa con Borges— es uno de los datos que la historia literaria suele subrayar. Los tres escritores, con proyectos narrativos radicalmente distintos, compartieron un momento de renovación en el que la literatura argentina buscaba definir su identidad.
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