
El otoño del huemul, que se publica esta semana, marca el regreso de Gloria V. Casañas a la narrativa ambientada en la Patagonia argentina. La novela sitúa la acción en el pequeño pueblo de Los Notros, donde la armonía entre sus habitantes y la naturaleza se ve alterada con la llegada de dos forasteros. Mientras los lugareños intentan descifrar el pasado y las intenciones de estos recién llegados, una amenaza silenciosa se cierne sobre la comunidad y pone en riesgo su supervivencia.
La obra explora los vínculos entre identidad, secretos y el peso de la historia personal. Gloria V. Casañas, reconocida por su capacidad para retratar paisajes y costumbres de distintas épocas, construye un relato en el que el entorno y sus criaturas —cóndores, huemules, montañas y ríos— adquieren un protagonismo central. La autora, con más de 500 mil ejemplares vendidos y una trayectoria que abarca desde la novela histórica hasta la contemporánea, propone una trama donde la redención y la fuerza de los sentimientos se enfrentan al miedo y la desconfianza.
El adelanto que presenta Infobae Cultura invita a los lectores a adentrarse en un mundo de tensiones, misterios y emociones, bajo la atenta mirada del huemul, animal emblemático de la región y símbolo de la lucha silenciosa entre el bien y el mal.
————
CAPÍTULO 1
La monotonía del camino estaba a punto de romperse. Según el mapa que llevaba desplegado sobre el asiento contiguo, en pocos kilómetros más, la ruta se curvaría y en la bifurcación ella debería tomar la senda de la izquierda, que la conduciría hacia el valle. Siempre de acuerdo a las indicaciones del mapa y del amable dependiente de la última estación de servicio, la señal sería la aparición en el horizonte del volcán dormido.

—Es el Copahue —le explicó—, pero a veces pasa desapercibido cuando hay nubes bajas. Siga la curva del camino y verá la montaña más alta de Los Notros, el Cerro del Viento. Hay que bordearlo para encontrar el pueblo. Debe estar atenta. Y si le viene modorra, hágase a un lado y duerma, señorita. La ruta está sembrada de cadáveres.
El muchacho parecía preocupado, en verdad. Tal vez fuese insólito para él ver a una mujer viajando por la meseta yerma, sin otra compañía que un gato. Ella podía comprenderlo, pues aquel recorrido infernal la había dejado exhausta y acalambrada. De ese breve interludio en la estación ya habían transcurrido varias horas, y no volvió a encontrar ningún otro rastro humano en el resto de la ruta. Solo pastizales duros, algún que otro animalejo imposible de catalogar cruzando el asfalto y el viento zumbando en los oídos. Un viento atroz, que sacudía el auto y la desafiaba a mantener el volante en su sitio.
Ámbar amaba conducir y lo hacía a gran velocidad, sintiéndose poderosa a bordo de un automóvil. Era una especie de refugio para sus pensamientos atormentados, un lugar propio en el que no precisaba dar explicaciones. Su madre siempre la reconvenía por su imprudencia y nunca entendió que ella prefiriese viajar sola antes que acompañada. Debía su afición al volante a uno de los novios de Frida, el más joven, el más divertido, y el que de pronto creyó que podía compartir la cama con la hija también. Él le había enseñado a conducir y durante ese aprendizaje habían vivido buenos momentos, pero por una razón inexplicable aquel sujeto pensó que Ámbar le daba pie para insinuarse. Lástima. Su madre se veía feliz a su lado, pero la hija no dudó en quitarle la venda de los ojos, aunque eso le hubiera costado abandonar la casa familiar e iniciar una vida independiente. A partir de ese día, la relación con su madre se tornó fría, distante: se veían en ocasiones señaladas y evitaban mantener conversaciones profundas. Ámbar comenzó a padecer una soledad viscosa y oscura, a veces teñida de culpa. Otras, de rabia.
Oprimió el acelerador al recordar la última charla con su madre.
—Juzgas a los demás con demasiada rapidez —le había reprochado Frida—. Ya verás cómo la vida te enseña a ser más condescendiente. Porque, si no cedes, querida, te quedarás sola.
—Espero algún día hallar el amor de verdad, el que no miente ni oculta —contestó Ámbar enfebrecida—. Y mientras no lo encuentre, prefiero seguir sola.
Su madre soltó una carcajada siniestra, un retintín que ella no le conocía y que le erizó el vello de la nuca. Frida era una mujer despechada, que había dedicado su vida a odiar al esposo que tuvo y a envenenar los recuerdos de su hija, deseando que también la niña odiara al padre. Casi lo había logrado, pero los enfrentamientos de los últimos tiempos entre madre e hija hicieron dudar a Ámbar de la veracidad de aquellas historias. Algo de cierto habría, sin embargo, pues ni siquiera recordaba el rostro de aquel padre ausente.
Quizá las culpas estuviesen repartidas, o tal vez su madre hubiese sido víctima de un hombre indiferente. Lo cierto era que, desde que Ámbar podía recordar, Frida había vivido siempre prendida de algún hombre. Eso podía significar debilidad de carácter o afán de venganza.
Ella estaba dispuesta a averiguarlo.
Abstraída en los amargos recuerdos, no atinó a disminuir la velocidad al llegar a la consabida curva, y el vehículo derrapó varios metros por la banquina hasta hundirse en un mallín. Conservó suficiente sangre fría como para evitar una maniobra brusca que la hubiese hecho volcar y por fin el auto se detuvo, siseando como si descansara sobre agua hirviendo.
Carey soltó un maullido rabioso y trepó a la guantera, rasgando el papel del mapa. Ámbar cerró los ojos, conmocionada. Se había dejado llevar por la ira y el dolor, algo que solía suceder cuando se hallaba triste y agotada. ¡Maldito lugar! Parecía presa de un mal hechizo.
—Perdón, Carey —murmuró, acariciando el lomo erizado del animal.

El gato la fulminó con su mirada gris. Era un raro ejemplar, de pelaje veteado en diversos tonos oscuros, dorados y marrones, que sugirieron el nombre que llevaba. Ámbar lo había rescatado de un refugio donde los demás animalitos lo atacaban sin piedad y él se defendía, escuálido como era, con patéticos zarpazos que no amedrentaban a ninguno. Ella se compadeció de la furia desesperada del gatito y decidió llevárselo a su casa. Desde entonces, compartían infortunios y alegrías. Carey se había convertido en un gato salvaje, que hacía valer sus caprichos como si hubiese nacido en cuna de oro y no recordara sus épocas de paria. Esos cambios de humor lo asemejaban a su dueña, que veía en el gato a su alter ego.
Miró en derredor cuando la polvareda se aposentó, y descubrió que el paisaje había cambiado. En lugar de los pastos duros y la tierra calcinada, ahora la ruta se hallaba rodeada de unas elevaciones rocosas, aplanadas, que parecían provenir de eras precámbricas. A pesar de la desolación reinante, aquellos extraños montículos resultaban pintorescos, sobre todo si en lo alto se veía planear un ave.
O dos.
O tres.
Ámbar salió del auto y enfocó hacia la lejanía con los binoculares que siempre llevaba en el bolsillo de la guantera. ¡Eran enormes! Para que a simple vista se distinguieran con tanta nitidez, aquellos… ¿buitres serían?… lucían imponentes, quizá por el entorno callado y sombrío. La joven suspiró derrotada. El cielo se iba tornando de color añil, preámbulo del atardecer, y ella acababa de estropear el único medio para llegar a destino. Aquel viaje era una locura, un arrebato de furia como los que solía padecer y luego se arrepentía de las consecuencias. Además, el aire comenzaba a enfriarse. Debía reinar la temperatura del desierto: calor ardiente durante el día, frío helado al anochecer. Se arrebujó en su campera y buscó en vano señal en el teléfono móvil. Habría sido un milagro en aquel sitio perdido, así que no le sorprendió comprobar que no la había. El camino era una cinta que atravesaba el infinito. Nada en ninguna dirección. ¿Qué otra persona se aventuraría hasta allí a esas horas?
—Estamos perdidos, Carey —dijo como si el gato precisara una explicación de los desaciertos de su dueña.
Un ronroneo malicioso fue la respuesta. Carey se apoltronó sobre el mapa destrozado, indiferente al drama que se avecinaba. ¡Que la humana se ocupase de resolver sus entuertos! Casi al borde de las lágrimas, Ámbar se mordió los labios, pensando en sus posibilidades. Caminar sin rumbo estaba descartado, no tenía idea del tiempo que le llevaría recorrer ese desvío de pedregullo que se adentraba en la montaña. Ni tampoco conocía los peligros que pudieran acecharla. La mejor opción era permanecer en el auto a la espera de algún vehículo que pudiese pasar por ese rincón del mundo que parecía deshabitado e inhabitable, pero la humedad del suelo donde había recalado se lo impedía. Recogió sus pertenencias para tenerlas a mano, mojándose los pies, y cuando acababa de amontonar los bultos en el borde de la ruta, creyó vislumbrar un brillo metálico al final del camino que había recorrido. Recordó que en ciertas circunstancias se creaban condiciones favorables a los espejismos, y evitó entusiasmarse con la esperanza de que hubiera alguien más en esas soledades fantasmales, pero el auto aquel circulaba a gran velocidad y cobró forma y tamaño, volviéndose tangible y prometedor. La joven se asomó a la banquina, haciendo señas desesperadas. Tarde reparó en que era arriesgado abordar el auto de un desconocido,y que el conductor bien podía ser un delincuente, o un sádico. Hasta que comprobó que se trataba de una camioneta de color verde y que llevaba el emblema del parque nacional, recién pudo respirar aliviada. Por instinto buscó sus gafas de sol, a fin de ocultar al eventual salvador su identidad.

Emilio disminuyó la velocidad al ver a la joven desahuciada en la banquina. A pocos metros, divisó un automóvil deportivo empantanado en uno de los traicioneros mallines de la zona. Condujo la camioneta hasta salir de la ruta y emparejarse con la viajera y descendió, quitándose sus propias gafas, al tiempo que Ámbar se las ponía.
—¿Ha perdido el rumbo, señorita? —preguntó remarcando lo obvio, pero intentando restar gravedad al desastre.
Ámbar reculó al ver que el hombre avanzaba hacia ella. A Emilio no le pasó desapercibido el gesto y se detuvo.
—¿Quién es usted?
—Soy Emilio Ducroix, un guardaparque de Los Notros. —Señaló su identificación—. ¿Hacia allá se dirigía, señorita…?
—Ana —mintió Ámbar de pronto, lo primero que se le ocurrió—. Voy a Los Notros, sí, pero el auto me jugó una mala pasada y quedé varada en el camino.
Típico de los turistas desprevenidos era echar culpas al coche o al clima, de modo que Emilio dejó pasar la excusa e insistió.
—Bueno, Ana, será difícil quitarlo de la ciénaga sin ayuda de una grúa. Si le parece bien, haré el pedido de auxilio con mi teléfono y la alcanzaré hasta el pueblo, adonde usted me indique.
—No hay señal de telefonía —repuso Ámbar combativa; le disgustaba un poco la actitud condescendiente del vigilante, a pesar de que dependía de él para salir del atolladero.
Además, quería dejar en claro que ella ya había pensado en ese recurso antes.
Emilio esbozó su mejor sonrisa y sacó del cinto un aparato que chispeaba con un punto verde.
—Los guardaparques somos anticuados y confiamos en los viejos handies.
Se escuchó un borboteo, dos pitidos y una voz a la que el hombre respondió con breves indicaciones y números que debían ser códigos de referencia. Ámbar aprovechó el momento para recorrerlo con la mirada. Era alto y apuesto, en la plenitud de sus años; su cabello rubio se teñía con el dorado del atardecer, y la joven pudo comprobar que sus ojos eran azules y límpidos, pero poseían una mirada sagaz que les confería una tonalidad oscura. Sus movimientos eran desenvueltos, elegantes; parecía muy seguro de sí mismo y desprendía un aire de superioridad que se amortiguaba con el trato afable, aunque ella sospechó que ese debía de ser un protocolo, la manera en que trataban a los turistas inexpertos. Lamentó hacer su entrada en Los Notros de esa manera, en lugar de impactar con su presencia repentina, como había planeado.
—Listo —dijo Emilio volviéndose hacia ella con otra sonrisa cautivadora—. Venga, suba a la camioneta y acomode sus bártulos. Antes de mañana, tendrá su auto disponible en la puerta de nuestra intendencia.

—¿Debo pagar una multa?
Emilio la contempló a su vez, con menos disimulo que el que había empleado la muchacha. Ya se había preguntado quién podría ser, puesto que el pueblo solo recibía la visita de los esquiadores en invierno, los escaladores en verano, y algún que otro aventurero fuera de temporada. A pesar de que en el otoño Los Notros se vestía de rojo y dorado y los arroyos que descendían a los saltos de la montaña relucían como esmeraldas, por lo general, la gente iba de paso en esa época del año. Esta joven de abundante melena castaña y aspecto frágil no parecía una típica turista. Echó una mirada a los pies, enfundados en botas de gamuza, en esos momentos empapadas, y sintió algo semejante a la compasión. Con su sexto sentido, entendió que aquella mujercita estaba esforzándose por demostrar fortaleza e independencia.
—Será perdonada —bromeó mientras caminaba hacia el equipaje amontonado en el borde del camino—. Ya bastante tendrá con reparar su auto, si es que se averió al hundirse.
Ámbar caminó tras él, para advertirle que debería llevar otro pasajero, cuando Carey hizo su dramática aparición, clavando sus garras en el brazo del guardaparque.
—¡Eh! ¡Gato del demonio! —exclamó Emilio al ser tomado por sorpresa; pero, por más que sacudió su brazo para lanzarlo fuera, no lo logró, y Ámbar tuvo que intervenir para quitarle las uñas de encima una por una, a fuerza de regaños y carantoñas. Carey maullaba con furia y al mismo tiempo ronroneaba, según los tonos de voz de su dueña, que alternaba órdenes con súplicas.
Emilio observó la escena, incrédulo, en tanto se frotaba la manga del uniforme desgarrado.
—No pienso transportar a esa fiera —sentenció malhumorado.
Para Ámbar, ese comentario fue un baldazo de agua helada. Si la dejaban en la ruta al anochecer, sobrevendrían los ataques. Incluso en ese mismo instante estaba comenzando a experimentar los síntomas. Se llevó una mano al pecho, angustiada, y respiró hondo. Una, dos, tres veces… Solían remitir si mantenía el ritmo y, sobre todo, si lograba mirar hacia la lejanía, sin fijar la vista en nada en particular. Con Carey apretado bajo su campera, se quitó los lentes y contempló las bardas, buscando la serenidad que el paisaje le ofrecía. Aquellas aves gigantescas seguían danzando en el aire. Ya no eran tres, sino cinco o seis, planeaban en círculos y el viento le llevaba un sonido extraño, semejante al de un motor colapsado.
Emilio aprovechó la distracción para descubrir los ojos de la señorita, del color de las avellanas. Hacían juego con su cabello, formando un cuadro delicioso, pero también notó una palidez excesiva y la respiración entrecortada. Él, más que nadie, conocía los síntomas de los ataques de asma —los había padecido durante toda su infancia y su juventud— y creyó ver, en esa mirada fija y esos labios temblorosos, el principio de uno de ellos. La tomó del brazo con firmeza, haciendo caso omiso del feroz repudio de Carey.

—Venga —le ordenó, arrastrándola hacia la camioneta—. Hay café en mi termo, le hará bien reponerse del frío que ha pasado.
Trató de convertir aquel incidente en algo casual que podía ocurrirle a cualquiera, pues imaginaba que aquella muchacha se avergonzaría de sufrir un ataque en presencia de un desconocido. La metió en el lugar del acompañante sin miramientos, cerró la puerta y pasó enseguida del otro lado para servir el café y ofrecérselo en la propia tapa del termo.
—Disculpe la rusticidad, no suelo llevar vajilla en mis viajes —dijo para hacerla sonreír.
Ámbar, que había pasado del inicio del ataque a la brusca maniobra que la catapultó en el auto del desconocido, apenas pudo boquear antes de beber un sorbo del café quemante que la hizo toser y escupir. Su primera visita a Los Notros se tornaba más miserablea cada momento.
—Despacio. Beba sorbos pequeños y deje que el líquido se escurra por su garganta con lentitud, sin dejar de respirar pausado. ¿Entiende?
Ámbar lo miró con sus grandes ojos y Emilio permaneció un segundo hechizado por aquella mirada de desamparo que lo caló hasta sus entrañas.
—¿Se siente repuesta? —atinó a murmurar. Ámbar asintió.
—Gracias —dijo con voz derrotada—. Y disculpe por el arrebato de Carey.
—¿Así se llama el demonio? Pues el muy bandido deberá saber que por aquí pululan otros gatos que le harán una competencia feroz, y llevará las de perder.
—¿Otros gatos? ¿Cuáles? —quiso saber Ámbar, de repente curiosa. Emilio se felicitó de haber logrado desviar el tema.
—Pumas —contestó con sencillez, en tanto descendía de su camioneta para buscar los bultos de su pasajera, que al escucharlo mencionar los pumas sintió un escalofrío barrer sus entrañas. [...]
[Fotos: Alejandra López; EFE/ Diego Nahuel-Díaz]
]
Últimas Noticias
Isabel Allende, a los 83: “Mientras pueda pensar voy a escribir y después... miraré un cuadro”
La autora chilena publica “La palabra mágica”, donde recorre episodios de su vida y da trucos de escritura

Felipe Pigna explora el entramado de violencia política y crisis social que condujo a la dictadura militar
En ‘76′, su nuevo libro, el historiador invita a repensar los años previos al gobierno de Videla como un proceso gradual que ambientó la represión que sobrevino al golpe de Estado

Dentro del extraño mundo de Elijah Wood: “Vivo la vida sin expectativas”
La estrella de “El Señor de los Anillos” no descarta volver como Frodo, mientras elige proyectos arriesgados y sorprendentes que lo mantienen lejos de cualquier encasillamiento

Todo lo que sentí viendo a Soda Stereo con un Gustavo Cerati virtual: asombro, emoción y una sensación nunca antes vivida
A una semana de los recitales en Buenos Aires, se puede decir que el show es un prodigio técnico y una puerta abierta a la nostalgia pero que además genera un sorprendente efecto psicológico

