Cuando se anunció este “regreso” de Soda Stereo en octubre de 2025, escribí que la noticia había despertado mis mejores memorias de espectador a lo largo de tres décadas y que la música de la banda había acompañado el crecimiento de mis hijos, una suerte de ritual familiar en casa y en cada viaje de vacaciones, a punto tal que fuimos y disfrutamos de los shows Sép7imo Día - No Descansaré por el Cirque du Soleil en 2017 y Gracias Totales -con estrellas del rock latino como cantantes invitados- a fines de 2021, en el final de la pandemia.
Así que ahí estuvimos el fin de semana pasado en la arena de Villa Crespo para ver Ecos, el nuevo espectáculo del trío, esta vez con un artificio tecnológico que iba a permitir -había que ver para creer- que el trío estuviera reunido sobre el escenario aunque la presencia central, fundamental, de su cantante, guitarrista y compositor Gustavo Cerati (muerto en septiembre de 2014, luego de una dolorosa agonía de más de 4 años) sería “virtual”, junto a la presencia “real” de Charly Alberti y Zeta Bosio tocando en vivo. Fue tema de debate en la mesa familiar, en los meses y días previos: ¿Cómo sería, cómo lo sentiríamos, sabiendo que ibamos a verlo tocar la guitarra y cantar pero que no era él en persona? O sí, era él, pero no en presencia viva, física.
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Todos los interrogantes fueron respondidos a medida que transcurrió un impecable espectáculo de imagen, luces y sonido de una hora y media, en donde sonaron varios de los grandes clásicos de todos los tiempos: “(En) la ciudad de la furia”, “Persiana americana”, “Prófugos” y por supuesto “De música ligera” (volveré más tarde sobre este punto).

Primero fue el asombro: vimos a Gustavo Cerati en el mismo plano visual y a todo volumen (demasiado volumen, por cierto) tocando y cantando, a un costado de Alberti (en el centro) y Bosio (al otro costado). Estaba ahí, podíamos verlo y escucharlo porque estaba ahí. La disposición escenográfica del recital, además, potenciaba el efecto porque los tres estaban en un mismo plano de alcance visual. Impecable.
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Después la emoción. Pasaron las canciones y como en una veloz película muda (Cerati dixit) pasaron mis recuerdos de momentos de mi vida, amigos, amores, todo lo que la música es capaz de producir en un ser humano en relación a su memoria sentimental. A mi lado, mi hija cantó todas las canciones (ella es bien expresiva), mi esposa sorprendida y casi al borde de las lágrimas y más allá, mi hijo mayor moviendo levemente la cabeza (él no es tan expresivo, así somos los varones Pintos). Todos conmovidos. Era eso lo que habíamos ido a ver. Entendí y percibí que entre el público -tanto como nosotros, adultos de mediana edad acompañados en muchos casos por jóvenes más jóvenes, adolescentes e incluso niños- campeaba la misma sensación. Para los que los habían visto en plenitud, emoción. Para quienes nunca los habían visto y específicamente nunca lo habían visto a ÉL, otro tipo de emoción, porque ahí estaba al fin y al cabo.
La masa del campo saltó y cantó, en algunos momentos más, en otros momentos menos. Pero estalló cuando en el final del show, dos mini escenarios ubicados en los extremos del espacio rectangular, trajeron a Charly Alberti a tocar la batería y a Zeta Bosio el bajo, mientras en la gigantesca pantalla del escenario lucía Cerati, joven y bello, en una veloz sucesión de imágenes mientras cantaba el gran clásico de todos los tiempos de la banda. “De aquel amoooooorrr, de música ligera, nada nos libra, nada más queda” y el piso se movió. También, me permito teorizar, porque Alberti y Bosio cobraron definitiva forma física mezclados entre la gente. Fue increíble.
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Y por último, la inquietud. Salimos del estadio con una sonrisa. Y camino a casa, mi hijo mayor sacó como tema de conversación algo que había leído en las últimas semanas, relacionado con la tecnología y específicamente con la IA capaz de recrear formas humanas con un nivel de nitidez y calidad desconocidas hasta ahora, hasta este presente que transcurre en medio de una revolución desarrollada a toda velocidad.
Esta semana en Infobae Cultura publicamos una nota que habla del fenómeno llamado “valle inquietante”, que describe el efecto psicológico que sentimos ante reproducciones casi humanas. En pocas palabras, la teoría de un especialista japonés en robótica llamado Masahiro Mori, postula que el cerebro humano detecta cuando una figura, como un robot, un avatar digital o un rostro creado por inteligencia artificial, se asemeja mucho a un ser humano pero mantiene un rasgo sutilmente discordante, provoca una sensación de inquietud. Una reacción emocional de tipo existencial: un doble artificial casi idéntico a nosotros puede recordarnos nuestra propia mortalidad.
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Brevemente, durante el show y mientras la pantalla mostraba algunos primeros planos de Gustavo Cerati, sentí esa sensación, cruzada con la nostalgia por quien ya no está entre nosotros. Me pasa a menudo, obviamente con mis afectos más cercanos -mis padres murieron, pero también varios amigos muy queridos- pero también con Maradona y Cerati (en el caso de Gustavo, más todavía, porque lo conocí, lo traté, hablé con él, nos reímos juntos). Lo extraño. Y verlo ahí, eternamente joven sobre un escenario tocando varias de las canciones que llevo en mi corazón para siempre, me hizo pensar en la finitud de nuestra existencia. Nada nos libra, nada más queda.
[Fotos: Ignacio Arnedo]
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