
En algún retazo de su biografía, Héctor Libertella es un huligan, con esa media sonrisa de tramoyista, de cuentenik que él mismo trajo del idish familiar y pensó como símil de su hacer, de su hábil escritura.
¿Cómo escribe Libertella? Los autores escriben, Libertella -que murió en 2006- escribió cada vez más claro. La vanguardia que le piensan se iba yendo con cada frase que reescribía, en sus últimos libros limpiaba, hacía lugar, adelgazaba las páginas y, simultáneamente, complicaba esas líneas de palabras inesperadas en el tiempo de su vida. Un realismo extremo. Una torsión evidente entre vida y obra, hacía libro de autor.
Libertella escribió pocos libros y los reescribió casi infinitas veces: La arquitectura del fantasma no tuvo ese origen. Data de una conversación escrita con Rafael Cippolini que Héctor decide independizar para Editorial Santiago Arcos, donde ya unos años antes habíamos publicado Literal. 1973-1977, un libro que editamos cuando nadie lo editaba y que Libertella había armado libre, quiero decir, sin doxa, pero jugando ya con el mito y el canon de las revistas literarias. Concomitante, aunque era el proyecto que importaba, surgió esa propuesta de biografía singular de la que me había hablado y que me ilusionaba sobremanera. Libertella rearmó entonces su parte, él, que supo de cuervos y caranchos literarios, trabajaba sin parar y nos entregó su muy justa arquitectura del fantasma.

El juego de la obra de Libertella son las migraciones, las inversiones múltiples, las paradojas del tiempo y las extensiones semánticas. La arquitectura del fantasma se abre y jalona con cartas a Lorenzo García Vega. Genial autor cubano de Los años de Orígenes, un hacedor de demoliciones, su libro Devastación del Hotel San Luis comienza con una carta de Libertella. García Vega, de poética distinta al argentino Libertella, parece fiel oreja de sus andanzas y piruetas lingüísticas, ambos sabían que, aunque los creían locos, su devaneo era la soledad de dos en un castillo -como dice la carta de Héctor en el comienzo de la obra de aquel.
García Vega, literatura no permitida -según el orden Mandelstam, pero al igual que Libertella, cronista de guerras y sueños diversos en la tribu letrada, dos desmanteladores de la librería americana. Silvana López en Huellas y transformaciones: la escritura de HL señala que “Libertella dinamita el texto no solo por la perturbación que provocan las palabras y los cortes en el espacio-tiempo de la cadena de sucesiones narrativas interrumpidas y/o estalladas, sino por la incesancia del fantasma como tema y por su invocación en las operaciones de reescritura”. Dos desmantelados o, directamente, dos perdedores que triunfan (L.G.Vega, El oficio de perder) en el espectáculo-pobre-mundo literario contemporáneo. Dos abismos distintos, dos con ritmo atropellado de crónicas y exilios: Libertella en la serie que va de Marcos Sastre a Borges, omnívoro, Vega, en sus manotazos cubanos rotos: del enredado y oscuro Lezama al sometido y temeroso Lezama. Y no por no hacer mediciones no medimos: de diferente modo ambos, corridos de la escena central traman, tramoyan una literatura de frases y escenas cáusticas y por lo menos dobles. Barroco ritmo cubano, barroco ritmo goyeneche argentino como genial traspone en Las sagradas escrituras.

Los autores escriben lo que son, lo que tienen. Libertella incrusta algunas palabras del idish familiar: algunas cosas- dice- mejor mantenerlas en kedushah (sacralidad- traduce) y sí, algo de la literatura es divino, allí ya estaban sus sagradas escrituras. Recordar que Aira anotó que tuvo que morirse Héctor Libertella para que nos diéramos cuenta de que esa ética última que tuvo no la tuvo nadie de su generación. Y parte de la ética que era estética, de Lorenzo García Vega y de Libertella, pasaba por Kerouac, del que en La arquitectura del fantasma dice que durmió en su cama, en Massachusetts y soñó con Los subterráneos. También cita de aquel que sospechaban de él ya que siempre corría a escribirlo todo, por lo que la tribu les temía, desconfiaba de ellos.
Por supuesto, Libertella era un gran hacedor de historias literarias, así transformó un lector en un mercado, un canon en un corte argentino y una tradición en una librería equivocada. Así pudo trasquilar Macedonio (puntual, en La arquitectura, diría “derrotar la estabilidad de cada uno en su yo”), además de Sade, Levy-Strauss y algunos otros apócrifos para conformar una obra inesperada en las letras argentinas donde la seriedad, los manuales Borges y los permisos cunden. Así compuso una literatura de alegría terrible y desesperación, la que -como le dijo J.L.Ortíz- inventa pero no tergiversa. Libertella deliraba la literatura, expandía, extendía, de ahí sus mapas y sus espacios: sus gráficos, cartografías, dibujos, sus firmas hechas por otros y sus locas/perversas tramas y paseos críticos. Era un hombre que solo quiso escribir. Entonces, otra vez, vida es obra. Y lo sigo literal en La arquitectura del fantasma donde dice escribir por escribir.
En esta biografía lo cuenta casi todo, el juego, la transmigración de sus libros, la evocación de palabras-escenas literarias, diría que los trabajos y los días le alcanzan la vida. El mono hermético deja pasar el entrevero que es su vida de escribir: la letra ´a´ que le enseñaba su madre, el diccionario leído como misal, el religioso fundamento literario, la disciplina universitaria hasta para la destrucción -apunta. Leo otra vez La arquitectura del fantasma y vuelve la alegría desesperante que pasa de Libertella al lector. Transbiografía - lo dice él- porque le viene de atrás o del futuro, Juan Moreira entre elefantes -iba a llamarse la conversación que dio origen a este libro- inventada ya, tal vez, en Autobiografía de A.B.Toklas de Gertrude Stein -como decía siempre Nicolás Rosa. Y a ambos se les ven las veleidades teóricas, Libertella tampoco fue ajeno al signo de su época, imperio estructuralista en el que un poco quedó enredado, aunque también enredó a académicos, con El árbol de Saussure, para muestra de ese destino universitario de clasificaciones y tesis.
Entiendo que Libertella no es otra literatura, quiero decir, no es un marginal en el canon argentino, sino que muy centralmente se medía con Borges, por caso en el origen mismo del día de nacimiento de ambos. Libertella sigue la serie letrada argentina, aunque en una librería equívoca y bailada, como la que superspicaz señalaba que iba de un obispo cordobés a un puerto porteño, valga la repetición. Lo escribió clarito en La arquitectura del fantasma: “Salir del ghetto era entrar en el pánico”. De modo que la tradición más conocida acecha la obra libertelliana como un fantasma, un dibuk -si queremos volver al idish que el arrastró- que vuelve, retorna siempre en todos sus libros, casi como una legibreriana liebre aireana que retoza entre ambos amigos. Como ese artesanado con que nos sobresaltaba por correo cuando enviaba sus carpetas/originales, esas cartulinas con solapas y grafía de máquina de escribir fotocopiada, sobreimpresa y pegoteada, que ya hacía en su infancia provincial. Libertella, un primitivo de doxas aleatorias, incluso inventadas como algunos de sus epígrafes, harto verosímiles.
Pero La arquitectura del fantasma volvió como escritura repetida porque aunque fue sola, única, no reescribía una obra anterior, repetía su vida al escribirla, oprobio por obvio (diría su amigo Osvaldo Lamborghini). La arquitectura del fantasma fue uno de sus últimos libros, que nació adelgazado de mohines y ganando existencia que para él era frase, escritura. Allí, confusiones dislocadas, mareos textuales no lo abandonaron, pero las parrafadas miticistas o hiperbóreas ya no estaban.
La arquitectura del fantasma se construye en/con líneas y capítulos breves, su caballeresca amabilidad llegaba ahora a su obra y abreviaba sus escritos. En La arquitectura del fantasma, tal como siempre se vio a sí mismo, va y viene por el recuerdo, siente que todo ya lo dijo si bien en este libro aclara algunas deudas de su memoria y parece hasta burlarse de “los dorados sesenta, los tiempos de la vanguardia”. Entonces, reescribió evaporando -dice, lo que no pudo ser traducido nunca, y anota: “Parece mentira cómo la reescritura puede cambiar hasta la condición pulmonar de un personaje… Cómo si fuera una actividad que le da pneuma a las cosas”. Y les da enigma y verdad simultáneas: “Las cosas familiares posiblemente nada tengan que ver con la literatura, aunque sean toda ella”.
Libertella siguió escribiendo como bailando un tango sabio pero tímido en este libro así algo cambiaba: “Y mientras me arrepiento sigo escribiendo”, anota para L.G.Vega en esas cartas que intercala en La arquitectura del fantasma, libro que, evidente, hace bisagra con Memorias de un semidios aunque supo que “En los ´discursitos herméticos´ cada cual entiende lo que quiere”. Él sabe que es una obra-torsión de vida, desesperada-desesperante, esas de miles de capas de sentido que ya no sé cómo se lee, cómo se lee hoy (¿como mito, como archivo?). Pero es, literal, una bibliomanía, una patografía, “una neurosis de destino” -escribe Libertella que dice Freud y además agrega: “me quedé pensando quién es quién cuando llega primero”.
Desleer, desaprender, vaciar -anotó Osvaldo Lamborghini para la literatura, de esa raza de autores que pudieron con duros aforismos era Libertella si bien se supo “furioso contra la soberbia de saber del aforismo” (La arquitectura del fantasma). Una obra que parece incluirlo todo, entonces: la autobiografía mata, como entreve en la última carta a Lorenzo García Vega donde abre y cierra la cuenta de su incesante escritura.
*Laura Estrin es Jefa de Trabajos Prácticos en la cátedra de Literaturas Eslavas y Teoría Literaria en la UBA. Investigadora de Literatura Argentina y Judeidad
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