
Durante el histórico juicio de 2024, el testimonio de Gisèle Pelicot la transformó en un símbolo global de la lucha contra la violencia sexual y determinó la condena de su esposo, responsable de drogarla para facilitar numerosas y reiteradas agresiones cometidas por otros hombres. En su libro, redactado junto a la periodista francesa Judith Perrignon, Pelicot recorre la brutalidad que padeció y el proceso de reconstrucción personal, trasladando la vergüenza a quienes corresponda. “Quería que mi historia ayudara a otros”, declaró en una entrevista para el canal nacional francés France 5.
La narración plasma tanto los abusos como la vida previa a ellos, que ella misma describe como un matrimonio envidiable, con tres hijos, dos carreras profesionales y una residencia de alquiler para jubilados en el sur de Francia. Un himno a la vida resulta una crónica lírica sobre experiencias atroces y una indagación sobre la coexistencia de dos realidades en la mente de quien sobrevive a la violencia.
A continuación, Infobae Cultura publica un extracto de uno de los capítulos del libro que se publica esta semana en América latina.
Ese día, cuanto más caminaba, más aumentaban mis dudas. Si Dominique fuera a estar solo en el banquillo, yo querría un juicio a puerta cerrada, seguro, pero ¿ahora? Una avalancha de preguntas me saturaba la mente, una extraña mezcla de ansiedad, ira y confianza en mí misma. Ahora yo era más fuerte, ya no era la mujer que lo había perdido todo. Vivía con Jean-Loup, y el recorrido de mi paseo me llevaría de vuelta a su casa, que ahora era la nuestra. Unos meses antes todavía me escabullía, conocía a sus hijos, pero desaparecía y no me quedaba mucho tiempo cuando venían. El día que su hijo cumplió treinta años, yo me había retirado a mi casita. Victor me llamó, quería que estuviera allí. Y sobre todo yo tenía a mis hijos. El verano que habíamos pasado juntos y después el fin de año parecían haber suavizado nuestra relación. Mi familia se recomponía. Me alegraba que habláramos más a menudo, que me contaran cómo les iba, y volvía a oír las voces de mis nietos, a los que echaba mucho de menos. Creía que por fin nos estábamos recuperando. Cada uno instruía el proceso del padre y del marido a su manera y en privado, pero iríamos juntos al juicio y buscaríamos, si no un sentido a todo lo que nos había pasado, al menos una forma de concluirlo.
Había llegado a la playa. El aire del mar se vuelve más intenso al instante, te llega a lo más profundo de los pulmones, te expone a los elementos y te hace sentir pequeño pero vivo. Sentí físicamente que necesitaba al resto del mundo. Ya no quería estar sola. Muchos desconocidos me habían hecho bien y me habían acogido cuando no me quedaba nada. Ya no temía las miradas, no temía que se supiera. “La vergüenza debe cambiar de bando”. Estas palabras, que llevaban más de diez años acompañando a las mujeres víctimas de violación y violencia, y que había oído, se instalaron en mi mente como un estribillo, como si de repente pequeñas cuchillas afilaran mis pensamientos. Todo el mundo tenía que ver a los cincuenta y un violadores. Eran ellos los que tenían que agachar la cabeza. No yo. Subí la duna, que termina en un pequeño promontorio, y luego la costa es más accidentada, ahí termina el paseo y hay que tomar el camino hacia la casa de Jean-Loup. Pero me quedé un momento en lo alto de la arena, con la mirada perdida en esa línea donde se encuentran el cielo y el mar, y supe que tenía que abrir la puerta del juicio.

Cuando volví, Jean-Loup estaba poniendo la mesa. Le dije que había decidido no celebrar el juicio a puerta cerrada, como la ley me proponía. Me contestó en tono muy tranquilo que la decisión era mía y que me apoyaba. Como si lo hubiera visto venir.
Después de comer llamé a Stéphane. “¿Está segura, Gisèle?“, me preguntó, sorprendido por mi cambio de opinión.
Me llamó más tarde con Antoine, y los dos me pidieron que me lo pensara. Me dieron una semana. Pero mi decisión estaba tomada. Me liberaba. Se la confirmé al día siguiente. Llamé a Caroline de inmediato. Se quedó encantada, ella no había olvidado esta posibilidad, que nuestra primera abogada había planteado años antes. David y Florian también estuvieron de acuerdo. No imaginábamos la tormenta que se avecinaba, por supuesto, era imposible preverla. Además, yo no la quería. Decidimos que yo me quedaría en la audiencia durante las dos primeras semanas, y que a partir de entonces solo hablarían mis abogados y sus colaboradores. Era a esos cerdos a los que quería poner en el foco, no a mí. Cuando no estoy bien, me escondo.
Hoy, cuando pienso en el momento en que tomé esta decisión, me digo que si hubiera tenido veinte años menos, quizá no me habría atrevido a abrir la puerta. Habría temido las miradas, esas malditas miradas con las que una mujer de mi generación siempre ha tenido que lidiar, esas malditas miradas que por la mañana te hacen dudar entre un pantalón y un vestido, que te siguen o te ignoran, que te halagan y te avergüenzan, esas malditas miradas que se supone que te dicen quién eres, lo que vales, y que a medida que envejeces te abandonan. Era exactamente la fibra que tocaba Dominique cuando me decía que debería alegrarme de que mi marido siguiera deseándome cuando me hacía fotos saliendo del baño. Sin duda yo era un poco sensible a eso. Es una tontería, pero éramos así, personas más libres, mujeres más autónomas, pero que siempre temían que las abandonaran o necesitaban que las salvaran. Quizá la vergüenza desaparece con más facilidad cuando tienes setenta años y ya nadie se fija en ti. No lo sé. No me daban miedo mis arrugas ni mi cuerpo. Yo amaba y Jean-Loup me amaba. Mi felicidad también influyó.
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