
Tras la autobiográfica Cuchillo, donde narró el ataque sufrido en 2022 en el que casi pierde la vida, el escritor angloindio Salman Rushdie regresa a la ficción con La penúltima hora, una colección de cinco relatos con un tono crepuscular donde reflexiona sobre la muerte, el legado, el poder del arte o la libertad de expresión.
“No creo en la vida después de la muerte, pero es una ficción muy útil”, ha dicho en una multitudinaria rueda de prensa telemática con motivo de la publicación del libro en español.
Rushdie (Bombay, 1947) admite que haber visto tan de cerca la muerte ha condicionado su escritura. Ha habido una pregunta que no ha dejado de hacerse y es cómo afrontan los artistas la recta final de su vida y de su creación, desde la ira o desde la serenidad.
“Supongo que puedes optar por ambas, según el día de la semana”, razona poniendo el ejemplo de Beethoven, que en sus últimos días compuso la Novena Sinfonía y el Himno a la Alegría a pesar de que estaba “muy enfadado, envejeciendo y quedándose sordo”.

En La penúltima hora, el autor de los Versos satánicos vuelve al Bombay de Hijos de la medianoche (1981), su novela más aclamada y con la que ganó el Booker Prize, y se reencuentra con algunos personajes, pero también aparecen los otros países en que ha vivido, Inglaterra y Estados Unidos. “Es una especie de repaso al espectro del trabajo que he estado haciendo toda mi vida”, afirma.
Un momento “sombrío”
Ahora lleva 25 años residiendo en EE.UU., un país que está viviendo momentos “sombríos”, dice al ser preguntado por el endurecimiento de la política migratoria. “Son momentos de mucha oscuridad en la vida pública americana, pero por lo que estamos viendo, con las discusiones sobre Groenlandia y Canadá, no sólo para Estados Unidos”.

Le preocupa también el incremento de la censura que atenta, recuerda, contra la primera enmienda de la Constitución. “Es terrible”, señala. “Si un solo padre presenta una objeción sobre un libro en una biblioteca escolar, se retira para discutirlo y esto está afectando a obras como Cien años de soledad, Beloved de Toni Morrison, Matar a un ruiseñor o Huckleberry Finn“.
Por suerte, agrega, en muchos casos las prohibiciones han sido derogadas en los tribunales, pero “hay que seguir luchando”.
Precisamente el último relato del libro, El viejo de la piazza, es una alegoría sobre la libertad de expresión y el peligro de la polarización. “Hemos dejado de ser los amantes de la poesía que éramos antaño, los aficionados a la ambigüedad y devotos de la duda, para convertirnos en moralistas de bar”, dice el narrador en el relato.
Rushdie certifica que tiene que ver con los tiempos que vivimos: “La comunicación entre las distintas partes de la sociedad se está viniendo abajo, cada vez es más difícil hablar e incluso compartiendo el mismo idioma no nos entendemos. Cuando eso sucede es muy peligroso”.
La inspiración de Goya
De otro relato, llamado Oklahoma, dice que es el más “borgiano”, por lo metaficcional, pero también el más “español” porque se inspiró en su última visita al Museo del Prado y Francisco de Goya aparece como un personaje, en la etapa en la que el artista se retiró a la Quinta del Sordo y llevó a cabo las pinturas negras.

A Rushdie le impresionaron. “Estuve pensando en ellas y en las circunstancias en que vivía cuando las pintó, en su salida de la corte debido al cambio de atmósfera hacia un régimen más totalitario”, dice en alusión al viraje absolutista de Fernando VII.
“Los últimos días de Goya tenían una especial resonancia con los tiempos que vivimos ahora”, agrega. En el relato también menciona a Velázquez y a El Bosco, pero no al famoso Jardín de las Delicias, sino un cuadro más pequeño, La extracción de la piedra de la locura.
“Me gustó la idea de que la locura pudiera ser un objeto físico que puede ser extraído”.
Hacía 32 años que Rushdie no publicaba relatos, un formato que defiende recordando que algunas de las grandes obras de la literatura universal son novelas cortas, como La metamorfosis —Kafka también aparece en La penúltima hora— o Muerte en Venecia, de Thomas Mann.
El autor sigue defendiendo la literatura como forma de resistencia. “No puede derrocar regímenes, pero puede aumentar nuestra comprensión del mundo”, señala. Y deja claro que no piensa en retirarse: ya está trabajando en una próxima novela.
Fuente: EFE
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