
La transformación de la idea de progreso ha generado un debate profundo sobre su verdadero significado y alcance. Durante mucho tiempo, se consideró que el progreso era un hecho incuestionable, un supuesto que podía aceptarse sin mayor análisis. Sin embargo, la experiencia histórica ha demostrado que esta visión resulta insostenible: el progreso no puede asumirse como una realidad garantizada, sino que debe entenderse como una aspiración, un objetivo hacia el cual conviene orientar los esfuerzos colectivos.
Este cambio conceptual ha tenido consecuencias notables. Al dejar de ser un hecho verificable, el progreso pierde parte de su fuerza teórica y se sitúa al mismo nivel que cualquier otra propuesta de futuro. Ya no es posible invalidar la idea de progreso señalando episodios de retroceso, ni confirmarla únicamente a partir de mejoras evidentes, ya que cualquier deterioro pondría en entredicho la supuesta verificación, como advirtió Karl Popper. Así, la noción de progreso se convierte en una meta deseada, pero no en una realidad constatable.
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Sin embargo, reducir el progreso a una simple aspiración plantea nuevos desafíos. En su antigua concepción, el progreso se nutría de los acontecimientos que lo iban configurando. Ahora, al concebirlo como un horizonte, surge la necesidad de definir explícitamente qué transformaciones se consideran deseables para poder calificarlas como progresos. Esta exigencia se agrava en una época marcada por el nihilismo, donde resulta difícil identificar un bien inequívoco que merezca ser perseguido.

En este contexto se inscribe la obra Hacer el bien de Markus Gabriel, quien en su libro propone una defensa del bien que busca responder a la aridez discursiva del presente. Gabriel retoma una operación teórica similar a la planteada por David Gauthier en los años noventa, en su obra La moral por acuerdo, donde se sostiene que la bondad puede ser ventajosa. Esta idea se resume en la frase: “ser honrado es un buen negocio”, atribuida a Jordi Pujol, aunque el propio político catalán no haya seguido su máxima. No obstante, la validez de la tesis de Gabriel no depende de la coherencia personal de quienes la enuncian.
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La propuesta de Gabriel no consiste en esperar que la bondad se imponga por sí sola y conduzca inevitablemente al progreso. Más bien, plantea la necesidad de organizar la sociedad de modo que, en contraste con el célebre lema de Milton Friedman —“el negocio de los negocios es hacer negocio”—, tenga sentido afirmar que “el negocio de los negocios es hacer el bien y obtener beneficios de ello”. En palabras del propio Gabriel, “los negocios moralmente buenos son provechosos”. A este modelo lo denomina “capitalismo ético”, entendido como la reconciliación entre el valor moral y el valor económico.

Gabriel no se muestra ingenuo respecto a las dificultades de su propuesta. Defiende que las empresas deben someterse a una “regulación estatal externa”, es decir, a políticas públicas coercitivas que promuevan el bien común. Sin embargo, resulta evidente que confía en la capacidad persuasiva de la bondad para transformar la realidad.
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Entre los ejemplos que utiliza para ilustrar el atractivo del bien, destaca el caso de la red social X, que, según su análisis, ha experimentado un declive precisamente por alinearse con el mal. Aunque esta observación puede contener elementos de verdad, habría resultado más revelador que Gabriel hubiera examinado sectores como la industria farmacéutica, cuya orientación hacia el bien tendría un impacto especialmente positivo para la humanidad en la actualidad.
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