
¿Cómo se nombra lo que se desconoce? ¿Cómo se aborda, descubre, comprende, ama? ¿Cómo se lo da a conocer a los demás cuando es parte de la propia vida, de la propia carne?
Galileo es el hijo de Macarena Marey, filosofa política, docente e investigadora del CONICET y autora de dos libros, Voluntad omnilateral y finitud de la Tierra (La cebra, 2021) y Teorías de la república (Hender, 2021). Macarena es una mujer de las palabras y las ideas. Galileo es autista.
Diario de Galileo (Bosque energético, 2025) es un volumen maravillosamente inclasificable. Es luminoso, pero no solo porque echa luz sobre un tema del que poco se sabe y se ha escrito, sino por su forma. Es amoroso y profundamente humilde. Desnuda, como en todo diario, un alma, y convida un sentir, miedos, dudas y enojos. Pero, también, el amor incondicional por Galileo.
Es un manifiesto, un alegato contra la eugenesia, el destrato, la ignorancia, la discriminación y la generalización. Y también contra un largo listado de hechos, que incluso podrían ser bienintencionados. (“‘Cada niño tiene sus propios tiempos’, me dicen varias personas cuando conocen a Galileo.”)

Marey describe un mundo que es despiadado con quien no se atiene a las normas (“Somos tan incapaces de torcer la imagen de humanidad que decidimos excluir a quien no cumple las expectativas de la norma en lugar de aceptar que lo que falla es la norma”.) Sin embargo, asume un rol activo y se atreve a denunciar un terreno que no es justamente un vergel.
Diario de Galileo es un texto profundamente político y contemporáneo. Se editó y publicó mientras en el Poder Legislativo se ponía en discusión la Ley de Discapacidad, por lo que su lectura cobra una nueva dimensión. La negación y la ignorancia ya no serán opción para lectores y lectoras, de lo contrario, se incurrirá en vileza.
La autora no se cobija en su metro cuadrado: vive comprometida con su realidad de madre, sí, pero también asume desde su rol profesional, un papel activo. Hace pie en la potencia del discurso y trenza de manera poética la coyuntura con las lecturas de otra época, el ámbito médico, las terapias, y términos como ‘austista’, ‘alista’ y ‘neuronormalidad’.
Sin ánimos academicistas (más bien todo lo contrario) y de forma visceral, apunta contra los encasillamientos. Y a la vez describe breves escenas que protagoniza Galileo. Recorre ciudades, y desde allí, se pregunta cómo actuaría ella en ese escenario con él. Lo piensa y se piensa como madre.

Ensaya metáforas y paralelismos en torno a la lengua, que van más allá del mero decir. Usa frases como “romperse” y “metralla”, y es consciente del poder que tienen. No pretende inocencia. Es valiente en su escritura.
Diario de Galileo opera como aire que desea ser respirado hasta la última inspiración. Vale hasta el punto final.
Escrito como si se tratara de apuntes afiebrados, honestos y transparentes, que se enhebran en breves apartados que van y vienen entre diciembre de 2024 y septiembre de 2021, Diario de Galileo no cumple con el estándar tradicional de lo que podría considerarse un diario. Tal vez ello lo haga aún más valioso, genuino y leal a su autora y a lo que nombra.
[Fotos: Ernesto Taneff y gentileza prensa Bosque energético]
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