
La década de los 80 en Nueva York se recuerda a menudo como un periodo de renacimiento, pero una mirada más atenta revela que ese auge fue, en muchos sentidos, una ilusión efímera. Jonathan Mahler, en su libro The Gods of New York, sostiene que el supuesto resurgimiento de la ciudad durante esos años se sustentó en una burbuja de activos y en políticas que profundizaron la desigualdad.
Mahler expone cómo, tras la crisis de acumulación de capital de mediados de los 70, los verdaderos artífices del poder —“un grupo de funcionarios no electos, entre ellos varios líderes empresariales”— optaron por abandonar a la clase trabajadora y a los sectores más vulnerables.
Para sanear las cuentas públicas y las propias, recurrieron a exenciones fiscales, privatizaciones y recortes regresivos en servicios esenciales como el transporte y la educación. El consentimiento de las clases medias, que apenas se beneficiaron, se obtuvo mediante la construcción de un “otro” racializado, al que se debía disciplinar para garantizar la seguridad de “nosotros”.
Este nuevo orden, que hoy se denomina neoliberalismo, no solo transformó la ciudad, sino que sentó las bases de una lógica que se extendió mucho más allá de sus fronteras. Mahler, escritor de plantilla en The New York Times Magazine, traza en su obra la coincidencia entre la fortuna de unos pocos y la marginación de las mayorías, aunque rara vez se aventura a establecer vínculos causales directos entre ambos fenómenos.

El libro, profundamente político, documenta cómo los intentos de desafiar este modelo han sido sistemáticamente neutralizados con el espectro de los 70: “¿De verdad quieren volver a esa época?”, parece ser la pregunta recurrente.
La narrativa de Mahler se apoya en dos grandes hilos conductores. El primero es la sucesión de incidentes raciales que dominaron los titulares sensacionalistas de la época. El relato arranca en 1986 con el apuñalamiento del político corrupto Donald Manes —“QUEENS BORO PREZ KNIFED”— y culmina en 1989 con el caso de la corredora de Central Park —“NINGUNO DE NOSOTROS ESTÁ A SALVO”—. En ese trayecto, el lector se reencuentra con episodios como el de Bernhard Goetz, el asesinato conocido como Preppy Murder, los disturbios de Howard Beach y el caso de Tawana Brawley.
Mahler sugiere que una revisión de estos hechos desde una perspectiva más cercana a las víctimas, como la vida de Yusuf Hawkins antes de ser asesinado por una turba racista o la de Yusef Salaam antes de ser condenado injustamente, podría arrojar una luz distinta sobre la historia.

El segundo hilo conductor es la omnipresencia de los llamados “dioses” de la ciudad: figuras públicas, en su mayoría hombres blancos, que acaparaban la atención mediática y moldeaban la agenda pública. El libro ofrece retratos de personajes como Donald J. Trump, Al Sharpton, Ed Koch y Rudy Giuliani. El prólogo los describe como “una nueva raza de intermediarios del poder, oportunistas de la crisis con agendas radicalmente distintas pero dotados de un conjunto común de habilidades que los hacía idóneos para ese momento”. Mahler ilustra cómo estos protagonistas, junto a los tabloides, definieron las jerarquías de atención en la ciudad.
El papel de los medios sensacionalistas resulta central en el análisis de Mahler. Desde finales de los 70, cuando Rupert Murdoch transformó The New York Post de “un diario liberal cumplidor” en un rival combativo de The Daily News, ambos periódicos —junto al más sobrio Newsday, apodado “un tabloide con tutú”— lograron que los neoyorquinos compartieran “las mismas narrativas y líneas argumentales”, aunque los dividieran con su cobertura.
Mahler destaca que los tabloides, a diferencia de las redes sociales actuales, eran espacios públicos y democráticos que ponían en primer plano las obsesiones de la ciudad: “raza, sexo, muerte y dinero”. Esta capacidad de nombrar abiertamente lo que otros preferían eufemizar dotaba a la prensa de un poder de cohesión y de confrontación social que hoy parece diluido.

No obstante, Mahler reconoce que este enfoque, como advirtió Joan Didion en “Sentimental Journeys”, tuvo un efecto adormecedor: la anécdota desplazó a la política, y los sistemas y estructuras se redujeron a meras sensaciones y “energía”, fuera del alcance del control democrático. Esta tendencia se reproduce en “The Gods of New York”, a menudo sin que el autor lo advierta plenamente.
El libro alcanza sus momentos más incisivos cuando profundiza en las raíces de la crisis de vivienda y el aumento de la indigencia. Mahler describe cómo la falta de financiación para centros de salud mental comunitarios y el desalojo de hoteles S.R.O. para dar paso a desarrollos de lujo no fueron hechos inevitables, sino el resultado de decisiones políticas deliberadas. Los retratos de la activista Joyce Brown y del niño David Bright, uno de los muchos “niños de hotel” de la ciudad, destacan por su matiz y empatía.
En el trasfondo de este panorama, Mahler subraya la transformación de la economía urbana. El auge de las industrias de finanzas, seguros y bienes raíces (FIRE, por sus siglas en inglés) redefinió la ciudad: “La banca de inversión de repente se volvió sexy”, escribe Mahler, y “una ciudad de inquilinos se convirtió en una ciudad de propietarios”.
Sin embargo, el supuesto renacimiento de los 80 resultó superficial y breve. Para 1986, la disminución de la delincuencia, que había seguido al final de una recesión nacional, ya se había estancado. Y en el otoño de 1987, el auge de Wall Street terminó con un colapso espectacular.
La década dorada, en realidad, duró poco más que el intervalo entre el estreno de “The Muppets Take Manhattan” y “New Jack City”. Mahler plantea la pregunta de si la “banca sexy” fue alguna vez una solución real a los problemas de la ciudad, o simplemente una estrategia para redistribuirlos.
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