
“¿Le puedo preguntar algo, señora?“, nos paró una señora a unas pocas cuadras de casa. ”¿Le puedo pedir un favor?" Mi esposa y yo veníamos de la casa de pastas buena del barrio, con los fideos para el almuerzo familiar del domingo y Gringa, nuestra perra, tranquila al lado. ”¿Sabe, señora, donde hay un refugio que acepte un perrito? Mi hijo trajo un cachorrito de la calle pero vivimos en una pieza y no nos dejan tenerlo”.
Amable, la señora, angustiada, nos contó que ya habían intentado con los lugares que aparecen en Facebook, pero nada, que como era domingo las instituciones estaban cerradas, que ella no podía volver con el animal y que se tenía que ir a trabajar. Desde la otra calle llegó el hijo, un adolescente con cara de haber hecho lío, que traía en los brazos una caja de la que asomaba una bolita de rulos negros. El perrito -al rato supimos que era perrita- nos miraba con ojos bien abiertos. Tenía una pata con un vendaje raro o, mejor dicho, una pata inmovilizada con trapos y bolsas. “Está lastimada”, dijo el chico. “No sabemos qué tiene”.
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Olga giró apenas para mirarme. Con un movimiento de cabeza me preguntó si la llevábamos, con un movimiento de cabeza -y ninguna palabra- le dije que sí. “La llevamos nosotras”, dijo Olga. La señora empezó a llorar. Al chico se le pusieron los ojos rojos: ya se habia enamorado.

En el camino a casa -el muchacho nos acompañó con la caja- nos contó que la había encontrado a la madrugada junto a un container de basura, con su almohadoncito y algo de comida. Alguien la había tenido que dejar pero eso y el vendaje prolijo mostraban que la había querido dejar lo mejor posible: más que maldad, intuí un desgarro.
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De vuelta “del boliche”, contó, él y su amigo habían oído un llanto, habían encontrado esa cabecita, habían tratado de acercarse pero la perrita se retraía, asustada. A fuerza de mimos y de ofrecerle granito a granito el alimento, fue aflojando. “Yo le quería poner Maravilla”, nos dijo. No -o no lo sabía- por la maravilla del hallazgo, de ese encuentro: por un jugador de fútbol, explicó. Y bueno.

Entramos los tres a casa, el chico dejó la caja en el suelo, Gringa olisqueó un poco pero enseguida se corrió a unos metros, el chico acarició a la cachorra, veinte veces le dijo chau, intercambiamos teléfonos.
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La perrita, rengueando, se movió por la casa. Le puse agua, le preparé algo de comer. Estaba flaca, con el pelo pegoteado y olor a mugre. Bebió, comió y llegaron nuestros nietos. Chicos y perros, se sabe, son una dupla imbatible. La perrita se adhirió a la más chica; el grande -solidaridad de hermanos mayores- cerró filas con Gringa y se dedicó a dejarle claro que nadie iba a desplazarla.
Hablamos con un amigo casi veterinario, hicimos planes, la perrita -alguien dijo que se iba a llamar “Luna”- comió otra vez y se tiró pancha en su almohadón. Una alegría vital cruzaba la casa, la alegría de cuidar algo chiquito, la alegría de proteger algo que vive.
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A la tarde, la perrita se fue con nuestra hija y los nenes. A la noche, el adolescente de la caja se comunicó para saber cómo estaba la cachorra y si podía venir a verla, y también para ofrecer una colaboración para la cuenta de la veterinaria.
Anoche durmió abrigada la perrita, durmió bien. Y, la verdad, nosotros también. Porque en medio de tanta crueldad, de tanta ley de la selva, de tanto canchereo, de tanta brutalidad, fue un alivio ese encuentro con desconocidos que podían haber revoleado al animal pero tuvieron corazón para buscarle un destino mejor. ¿Por qué tenían que hacerse cargo de un bicho que ni siquiera era de ellos? Porque así es la cadena de la vida, porque no es bueno para nadie creerse solo y aislado, porque la vida es con otros.
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Me acordé ahora de ese episodio de la Biblia en que Dios le pregunta a Caín dónde está Abel y él, que lo mató, contesta con una frase que lo dice todo: “Soy acaso el guardián de mi hermano?” Sí, sos el guardián de tu hermano, porque si no tal vez seas su asesino.
Ahora vamos al veterinario, más tarde pasará “el muchacho” que va dejando de ser un desconocido. Gracias a la vida.
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