“Llego a una edad en la que la aventura de la muerte me interesa”, reflexiona el director grecofrancés Costa-Gavras, de 92 años, sobre El último suspiro (Le dernier souffle), una película sobre la ayuda a morir dignamente que, según asegura, consiguió que su propio fin le dé menos miedo.
“Es una aventura. Yo les deseo que sea una aventura más bien de paz, que no sea una aventura de angustia terrible, de dolor, etcétera”, indica el realizador de títulos como Z o Desaparecido, que el próximo 28 de febrero recibirá un César de honor en París.
En ‘Le dernier souffle’, que ya pasó por el Festival de San Sebastián en 2024 y se estrenó en Francia el pasado 12 de febrero, Costa-Gavras se inspira en el libro homónimo del filósofo Régis Debray y el médico Claude Grange -jefe de una unidad de cuidados paliativos- para explorar de una manera muy humana y cotidiana la muerte y el acompañamiento a los enfermos terminales.
“Cuando leí el libro descubrí un mundo que no conocía y encontré una verdad extraordinaria en cada caso, una gran emoción”, rememora, pero “también una forma de tratar a los pacientes que están al borde de la muerte de una manera muy humana y sencilla”.

Por este último factor, Costa-Gavras eligió que los médicos y enfermeras que aparecen junto a los actores protagonistas -Denis Podalydès y Kad Merad, que son los ‘alter ego’ de Debray y el doctor Grange respectivamente- fueran personas reales.
“Tienen gestos y formas de hablar que no creo que los actores o actrices pudieran hacer. Fue un trabajo largo, pero encontré todo lo que necesitaba”, explica sobre el elenco, en el que también hay figuras como la española Ángela Molina, que interpreta a una de las pacientes.
La humanización de la muerte en este proyecto ha cambiado la manera en la que Costa-Gravras piensa en su propio fin, que ahora le “da mucho menos miedo”.
“Veo el problema o, más bien, la solución de la vida de otra manera, simplemente porque creo que es un fenómeno sencillo, es de todos. Lo único que no me hubiera gustado es que algunos se quedaran, pero como todo el mundo pasa por ello, es perfecto, lo acepto fácilmente”, razona.

Para la sociedad, además, la muerte es “una cosa indispensable”, considera, porque hay que “dejar sitio” y el envejecimiento de sociedades como la francesa, a nivel práctico, es un “gran problema”.
“Hay que marcharse en algún momento”, juzga con serenidad el también presidente de la Cinemateca francesa.
Las películas, sin embargo, no suelen atreverse a abordar la muerte de esta manera cotidiana, aunque sí muestren “muchos muertos” y por eso el oscarizado director, cuyo nombre completo es Konstantinos Gavras (Atenas, 1933), admite que le costó mucho encontrar productores y distribuidores para esta cinta.
Francia, muy atrasada en la eutanasia
‘El último suspiro’ llega, además, en un momento en el que su país de acogida, Francia, avanza a trompicones hacia una esperada ley sobre la eutanasia, que se ha visto obstaculizada por la extrema división parlamentaria que atraviesa el país desde las elecciones del verano pasado.

Costa-Gavras no solo es “bastante escéptico” sobre la aprobación de la ley, sino que además considera que la muerte digna debe abarcar aspectos mucho más amplios de los que plantea este proyecto legislativo, como por ejemplo el derecho a partir de cualquiera que, “estando en una situación normal” y con una edad avanzada, “quiere irse”.
“Estamos muy atrasados, muy, muy atrasados”, opina al comparar la situación francesa con la de otros países.
En cualquier caso, y pese a ser uno de los grandes referentes del cine político y social, Costa-Gavras no plantea esta película -ni ninguna de las que realiza- como un manifiesto sobre la eutanasia.
“El cine es un espectáculo (...) Cuando voy al cine, no quiero recibir un mensaje, pero veo la vida. Y la vida se ve en el cine de una manera ajustada, de una manera simplificada también, y se aprende mucho sobre ella. Y creo que también se aprende sobre la muerte con esta película, como yo mismo aprendí”, dice.
En su caso, seguirá detrás de la cámara mientras el cerebro y el cuerpo se lo permitan. Pero cuando no sea así y la vida no sea “digna” le gustaría tener un lugar al que acudir para “apagarse”.
Fuente: EFE
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