
En el año 2019, el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador envió una carta al rey Felipe VI de España. En ella indicaba que “durante la Colonia se vulneraron derechos individuales y colectivos que con una mirada contemporánea deben asumirse como atentados a los principios que rigen a ambas naciones”. Por eso, indicó que “México desea que el Estado español admita su responsabilidad histórica por esas ofensas y ofrezca las disculpas o resarcimientos políticos que convengan”.
La carta no obtuvo respuesta y, como queja, la presidenta Claudia Sheinbaum, sucesora de López Obrador, no invitó a Felipe VI a su toma de posesión, a la que rechazó acudir también el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez.
Hechos como el anterior actualizan el debate sobre cómo evaluar la presencia española en América durante más de 300 años. Se trata de un tema extraordinariamente complejo. No es fácil abordar la manera de interpretar, explicar y gestionar esta historia compartida, pues es un asunto que desborda el debate especializado. Median también intereses políticos, ideológicos y económicos diversos, que a menudo entran en conflicto con los enfoques académicos.
Ahora bien, el conocimiento de esos años de historia compartida no es igual a ambos lados del Atlántico. En las universidades hispanoamericanas se estudian la historia y la literatura de la España peninsular a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII. Por ejemplo, en la UNAM existe una materia dedicada al Quijote en exclusiva. Sin embargo, en España hay pocas posibilidades de acceder a un conocimiento análogo de la América virreinal. Incluso en las universidades con mayor orientación hacia lo hispanoamericano, todo el periodo se concentra en una sola asignatura.
La figura de sor Juana Inés de la Cruz (1648 o 1651-1695) es representativa de esta situación. La escritora es reconocida como una de las personalidades más relevantes de la historia mexicana. Su posición es singular en la literatura del Siglo de Oro: mujer, monja, novohispana y criolla. Y esta singularidad ha posibilitado diferentes lecturas de su obra que, en ocasiones, tienden hacia la apropiación, proyectando en sor Juana ideas ajenas a su época.
Imagen de muchas causas
En muchos ámbitos, la escritora es hoy un icono LGTB. Sor Juana mantuvo una estrecha relación con la Condesa de Paredes, virreina de la Nueva España, dentro de las coordenadas del sistema cortesano, en el que supo encontrar un hueco para desarrollarse como escritora. Este vínculo se ha interpretado como una especie de criptolesbianismo. Los poemas dedicados a la virreina ocupan más del 15 % de toda su lírica personal. En uno de ellos, sor Juana le escribe:
“ser mujer ni estar ausente
no es de amarte impedimento,
pues sabes tú que las almas
distancia ignoran y sexo”.
Para algunos críticos, sor Juana es también una americanista, que ejerció una resistencia oblicua contra el poder colonial. No obstante, la lectura de sus obras en su contexto cultural obliga a ser cautos y a no caer en anacronismos.

Sí que parece claro que sor Juana defendió su derecho por acceder al conocimiento y al estudio a pesar de su condición de mujer y de religiosa. En uno de sus sonetos indica que:
“siempre me causa más contento
poner riquezas en mi entendimiento
que no mi entendimiento en las riquezas”.
Son famosas en este sentido la Carta Atenagórica, de 1690, y sobre todo la Respuesta a sor Filotea, de 1691.
Ahora bien, en sus últimos años la escritora hizo un nuevo noviciado, decidió deshacerse de su biblioteca y renunció a la vida pública. Parte de la crítica sostiene que sor Juana fue obligada a tomar estas decisiones, pero otra parte considera que esta decisión fue sincera.
La gran poeta del Siglo de Oro
Más allá de los enigmas que rodean a la autora, atendiendo a su obra, sor Juana es por derecho propio una de las poetas más relevantes del siglo XVII. Su poesía está muy influida por la obra de Góngora, pero la escritora fue capaz de crear un estilo propio, en el que encontramos huellas de Garcilaso, Calderón, Quevedo o Gracián. Fue también una dramaturga notable: compuso varias loas (especie de prólogos de obras teatrales), autos sacramentales y comedias.
Su obra se publicó por primera vez en Madrid, bajo el título de Inundación castálida de la única poetisa, musa décima. El hecho resulta excepcional porque los escritores criollos tenían muy difícil poder difundir sus obras en España. Sor Juana se convirtió en uno de los primeros iconos literarios a uno y otro lado del Atlántico. Poco antes de morir, unas monjas portuguesas que conformaban la academia literaria Casa do prazer solicitaron una contribución de la monja. Ella les envió veinte enigmas escritos en verso.
La décima musa es la única mujer y la única americana de entre todos los grandes poetas del Siglo de Oro. Pero su obra, salvo en reductos académicos, apenas es conocida en España. Hay algunas excepciones –por ejemplo, la autora fue la protagonista del Festival de Almagro en 2019– pero por desgracia siguen siendo eso, excepciones.
Estudiemos y leamos a sor Juana. Celebremos su literatura como parte de un legado común compartido. Es posible que, comprendiendo mejor este legado, podamos construir una nueva hispanidad.
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