La llegada de La Sustancia a la plataforma MUBI, justo a tiempo para Halloween, no es solo una celebración del horror, sino una exploración inquietante de los estándares de belleza impuestos por la sociedad. La película, dirigida por Coralie Fargeat, es una fábula grotesca que lleva el body-horror a nuevas dimensiones, utilizando la transformación corporal como un espejo distorsionado de nuestras propias inseguridades y obsesiones con la juventud.
El film se centra en Elisabeth Sparkle, interpretada magistralmente por Demi Moore, una exestrella de Hollywood cuya gloria se desvaneció en medio de una cultura que consume la juventud. El personaje de Moore es la representación perfecta de la desesperación que acompaña a la mujer que ha sido valorada únicamente por su apariencia. La película no escatima en mostrar los efectos devastadores que esta superficialidad puede tener en la psique de una persona.

La premisa es sencilla, pero inquietante: Elisabeth, enfrentada a la cruel realidad de ser despedida por su edad, se convierte en víctima de una droga milagrosa llamada “La Sustancia”, que le permite renacer temporalmente en el cuerpo de una joven perfecta, Sue, interpretada por Margaret Qualley. Sin embargo, la regla es clara: debe alternar entre sus cuerpos, y el tiempo que pasa en uno tiene consecuencias mortales para el otro. Esta dicotomía entre la juventud y la vejez, entre el deseo y la desesperación, es el eje central del relato.
Fargeat, conocida por su película anterior Revenge, utiliza elementos del terror corporal para explorar la descomposición que acompaña a la vejez. Aquí, el horror se manifiesta no solo en la pérdida de la juventud, sino también en la disolución de la identidad misma. A medida que Elisabeth se aferra a su nueva apariencia, Sue comienza a adueñarse de su vida, revelando la fragilidad de la autoimagen y cómo el éxito social puede ser tan volátil como un cuerpo en descomposición.
La película destaca por su estética audaz, que mezcla colores saturados con un diseño de producción que evoca la superficialidad de la cultura pop. La visión de un Hollywood desolado, donde los ecos del pasado se manifiestan en las imágenes de las celebridades, añade una capa de melancolía a la narrativa. Los espejos, tanto físicos como metafóricos, están omnipresentes, reflejando la lucha interna de Elisabeth por mantener su identidad en un mundo que la ha despojado de su valor.

El uso del body-horror es especialmente significativo. Fargeat toma prestado el legado de directores como David Cronenberg para desdibujar la línea entre lo grotesco y lo sublime. La transformación de Elisabeth en Sue es un momento impactante, una especie de “parto” que simboliza no solo el renacimiento físico, sino también el surgimiento de una versión idealizada de sí misma. Pero esta transformación, lejos de ser liberadora, se convierte en una condena; cada momento de gloria se paga con el deterioro de la otra parte de su ser.
Demi Moore, en una actuación que podría considerarse la mejor de su carrera, ofrece una representación visceral de la lucha por la aceptación y el miedo a la irrelevancia. La química entre Moore y Qualley es palpable, cada una encarnando diferentes facetas de la misma mujer, atrapadas en un ciclo de autodestrucción. La sutileza con la que Fargeat juega con sus interpretaciones —la joven exuberante que anhela ser adorada frente a la mujer consumida por el tiempo— refleja la complejidad de la experiencia femenina en una industria que prioriza la juventud por encima de todo.

A medida que la trama avanza, La Sustancia se convierte en un comentario mordaz sobre la cultura de la belleza tóxica. En un momento en que el mundo del espectáculo parece cada vez más obsesionado con la apariencia, la película nos recuerda que no importa cuán lejos intentemos escapar de la realidad del envejecimiento, el tiempo es un enemigo implacable. La idea de que la juventud es efímera se convierte en el núcleo del horror: el terror de perderse a uno mismo en el proceso de intentar encajar en un ideal inalcanzable. Al final, la película invita a la reflexión sobre nuestra propia relación con la belleza, la juventud y el poder que les otorgamos en nuestra sociedad.
En La Sustancia, Coralie Fargeat no solo crea una experiencia única de body horror, sino que también rinde homenaje a un selecto grupo de clásicos del cine que enriquecen su narrativa. Entre estas referencias, se encuentra El resplandor de Stanley Kubrick, que se manifiesta en los inquietantes pasillos de los estudios de televisión donde trabaja la protagonista, evocando una atmósfera que transita de lo familiar a lo terrorífico. La influencia de Carrie de Brian De Palma también es palpable, especialmente en la representación de la violencia y los “baños de sangre”, elementos recurrentes en la filmografía de Fargeat.
Asimismo, El hombre elefante de David Lynch se incorpora a la exploración de la deformidad y el rechazo, temas que culminan en el clímax grotesco del film. Por último, la sombra de Réquiem por un sueño de Darren Aronofsky es ineludible, reflejándose en el uso de la televisión como símbolo de alienación y en los planos de heridas que intensifican la sordidez de la experiencia. Estas referencias no solo aportan una rica intertextualidad, sino que también sitúan a La Sustancia dentro de una genealogía cinematográfica que examina el horror de la autoimagen y la obsesión por la belleza.
La Sustancia es, en esencia, una exploración fascinante del horror que habita en la obsesión por la perfección. Nos confronta con nuestras propias inseguridades y, al mismo tiempo, nos ofrece una visión brutalmente honesta de la industria del entretenimiento. Es una obra que, aunque no apta para todos, es esencial para aquellos que buscan una narrativa que trasciende el mero entretenimiento y se sumerge en los horrores más profundos de la identidad y la autopercepción. Sin lugar a dudas, una experiencia cinematográfica que se quedará con el espectador mucho después de que haya finalizado la película.
*”La Sustancia”, se podrá ver por MUBI a partir del jueves 31 de octubre.
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