La representación del loco y del bufón en la historia del arte es el tema de una vasta antología con más de 327 pinturas, dibujos y objetos en el museo del Louvre, a partir de este miércoles. Figuras del loco (abierta hasta el 3 de febrero de 2025) abarca desde la Edad Media al Romanticismo, una vasta mirada sobre un fenómeno que fascina e inquieta a los europeos durante siglos, hasta que el Siglo de las Luces puso fin a esa obsesión... aparentemente.
“El tema del loco plantea la cuestión del artista que no entra en las normas”, dice la presidenta y directora del museo parisino, Laurence Des Cars. Cuando esa figura del “orate” empezó a distinguirse y a tomar cuerpo en el arte medieval, Europa era un continente que aún convivía estrechamente con las grandes epidemias, la enfermedad y la muerte.
Comenzó a aparecer como una pequeña figura en los manuscritos iluminados, en los márgenes, a menudo ataviado con un gorro con cascabeles, un largo garrote de madera en la mano. A veces tocaba la gaita, más adelante estuvo rodeado de animales exóticos, como el mono, otras veces solo y medio desnudo, vociferando contra el mundo.

En el pensamiento religioso, el loco era el “lunático que rechazaba a Dios” explica la comisaria de la exposición, Elisabeth Antoine-König. Pero pronto adoptó otra personalidad: la del bufón, el cómico que no temía decir las verdades a la cara de sus vecinos, más adelante ante el mismo rey. En el siglo XV, el segundo libro más vendido en Europa, después de la Biblia, fue La nave de los locos de Sébastien Brant, publicado en Basilea durante el Carnaval de 1494.
Poco a poco los artistas y los escritores le perdieron el miedo a los chiflados, que en ocasiones fueron su mejor aliado. Peter Brueghel o El Bosco lo incluyeron como parte esencial de sus cuadros. El bufón aparecía también en los juegos de cartas, en el juego de ajedrez proveniente del mundo árabe (el alfil en español, el “fou” o loco en francés). Y Erasmo de Rotterdam publicó, con enorme éxito, su Elogio de la locura (1501), en realidad una defensa del pensamiento heterodoxo en un mundo sometido a la intolerancia religiosa.

Algunos locos dejaron ser anónimos, como el inquietante Claus Narr, de cara monstruosa (hacia 1530), recogido en las calles por el príncipe elector de Sajonia. Durante medio siglo ejercióde bufón y de anunciador de catástrofes. En 1605 Miguel de Cervantes le dio su título de nobleza definitivo. El Quijote fue ilustrado entre otros por el pintor francés Charles Coypel en 1716 y mediante estampas en Alemania (1777).
La aportación española
La aportación española a la historia de la locura en las artes es abundante: Juana la Loca fue retratada por Juan de Flandes hacia 1496 en todo el esplendor su juventud, antes de que perdiera el juicio con la muerte de su adorado marido Felipe el Hermoso.

La mujer merece un capítulo aparte en la exposición: en la Edad Media los escultores de fachadas de catedrales (como la de Estrasburgo) esculpían un tipo particular de virgen, la loca, que no sabía esperar el retorno de su amado. Destaca también la leyenda del sabio Aristóteles, que tras despreciar a las mujeres cayó enamorado a los pies de una cortesana, Filis. Un hilarante aguamanil de 1380 reprodujo a la mujer subida a lomos del filósofo.
Con la llegada de la Ilustración y la Razón en el siglo XVIII el mundo occidental cree estar inmunizado por fin. Vana ilusión, les recordó Francisco de Goya: El sueño de la razón produce monstruos es uno de sus grabados más famosos. El Louvre muestra también su Corral de locos, un óleo de 1794 cecido por el museo Meadows de Dallas. El Romanticismo rescatará de nuevo la figura del orate, ahora ya como artista incomprendido: Retrato del loco, un autorretrato de Gustave Courbet, cierra la exposición.

‘Pierrot’, uno de los grandes enigmas del Louvre
Separada pero no enteramente desvinculada de Figures du fou, el Louvre propone también redescubrir una obra considerada como una de las más enigmáticas de sus inmensos fondos: el Pierrot de Antoine Watteau (1684-1721), también conocido como Gilles, tras dos años de restauraciones.
Este cuadro de gran formato -a diferencia de lo que era habitual en este maestro barroco francés, creador de las fêtes galantes (escenas de cortejo en paisajes bucólicos)- presenta a un Pierrot erguido y central que, vestido con el traje blanco característico de ese personaje teatral de la Comedia Italiana, devuelve pasivamente la mirada al espectador.
“Es un poco paradójico porque un personaje cómico es normalmente alguien que hace muecas, que quiere divertir. Pero aquí, aparte de su actitud ligeramente torpe, no se hace nada. No hay nada que inicie un diálogo franco con el espectador, así que es muy curioso”, explica el comisario Guillaume Faroult.
Fuente: AFP (con información de EFE)
[Fotos: EFE/EPA/Teresa Suárez; AFP/Julien de Rosa]
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