
El libro Serrat. La música de una vida de Jaume Collell, recién aterrizado en las tiendas, indaga “en el suelo que pisaba” el de Poble Sec desde niño y retrata a un joven de gusto ecléctico, “muy zarzuelero”, coplero y, a la vez, con su “componente catalana de nacimiento”.
Lo cuenta su autor, convencido de que, frente a otras obras ya publicadas en torno al creador de “Mediterráneo”, el de sus raíces es un terreno no tan explorado como otros aspectos de su vida. “Di mucha importancia a su infancia, porque los primeros impactos son los que quedan más instalados en el interior de la persona”, justifica.

Serrat. La música de una vida (Penguin Random House), que sirve a la vez como detallado testimonio de la sociedad de “la mal llamada paz de Franco” y de sus manifestaciones culturales, sitúa al músico en un barrio popular muy impregnado por tradiciones como los cantos de pascua o las corales.
“Su línea melódica y de composición está muy entroncada con esa estética”, señala Collell al subrayar, entre otros aspectos, la “componente catalana de nacimiento” de “Juanito”, como lo llamaban de pequeño en las calles de Poble Sec, donde “había un movimiento asociativo importante a pesar de la posguerra” que promovió el surgimiento de otros talentos musicales como Los Salvajes o Los Mustang.
Para un oído privilegiado como el suyo, que capturaba las canciones de una escucha, la radio se convirtió en un medio de transmisión fundamental y, a través de ella y de su madre, le llegó especialmente la copla y Concha Piquer.

“Otra circunstancia especial es que el barrio vecino era el Paralelo. Allí había copla, cuplé y también zarzuela, que fue muy importante para él y no se ha dicho tanto. Era un espectador tan apasionado que compraba los libretos y se colaba en la claque, que era la gente que se contrataba para aplaudir en determinadas representaciones”, rememora el autor del libro.
Como ilustra en estas páginas, el suyo fue un espíritu definitivamente ecléctico: flamenco, jazz... Todo le servía y todo le atraía, especialmente cuando empiezan a penetrar músicas de fuera, como la italiana o la chanson francesa, el folk americano y el pop británico.
“Y luego está el folclore latinoamericano, al que entró por Brasil, por su riqueza musical, para pasar por Cuba, por Argentina, por Chile... Fue de las primeras personas que de joven se trajo una cinta de magnetófono abierto, que nadie sabe de dónde la sacó, con grabaciones de Atahualpa Yupanqui”, relata.

Collell se sirve de abundante material bibliográfico, pero también de testimonios de primera mano, entre ellos “amigos de calle” como el también artista Jaume Sisa, “que vivía en frente y es una persona con gran bagaje artístico”, o el hoy pintor Manel Anoro, que cuenta la experiencia del cuarteto que montaron juntos en la época de la Universidad Laboral de Tarragona.
Con todo, concluye el autor que aquel no era un Serrat que soñara con el éxito: “De hecho, no fue consciente de su vocación musical hasta pasados dos o tres años de estar en los escenarios, pero ya entonces mostraba un talento innegable y llegaba de tal manera a la gente que, cuando hacía recitales en grupo con Els Setze Jutges, siempre le hacían ir al final porque es al que echaban más aplausos”.
Fuente: EFE
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