
El escritor Julio Cortázar regresó a Argentina por última vez el miércoles 30 de noviembre de 1983, un mes después de que se llevaran a cabo las primeras elecciones democráticas tras siete años de dictadura cívico-militar y diez días antes de la asunción del electo presidente Raúl Alfonsín, con quien no pudo reunirse pese a las distintas gestiones llevadas a cabo en su momento y que todavía hoy son objeto de discrepancias.
El autor de “Casa tomada”, Todos los fuegos el fuego y Rayuela, entre otras obras, solo permaneció seis días en Buenos Aires, un tiempo que aprovechó para visitar a su madre, María Herminia Descotte, en su casa del barrio porteño de Agronomía; a su hermana, Ofelia; ir al cine, asistir al cierre de la edición de Teatro Abierto y reunirse con amigos.
Cortázar tenía 70 años y llevaba más de una década sin retornar a la Argentina. Lo había hecho por última vez en 1973, cuando llegó para presentar su novela Libro de Manuel. Aquella vez permaneció tres meses en el país antes de que el peronista Héctor Cámpora ganara las elecciones que lo llevarían a la presidencia por poco más de un mes. En ese lapso estuvo en contacto, conforme resumió en una entrevista, “con el ala izquierda del peronismo, porque encontraba que allí había un montón de gente inteligente, trabajadora, con ideas”.
“Cuando me marché del país, les dije a mis amigos que regresaría en septiembre para quedarme un tiempo largo en Argentina. La Triple A me hizo llegar a París un desafío a que volviera. Y como ya lo he dicho muchas veces, tengo buena fama de loco, pero no de idiota, de manera que hubiera sido estúpido ir a que me vaciaran una pistola en el estómago, cosa que hubieran hecho inmediatamente” de regreso al país, agregó en aquella ocasión.
En esos diez años que estuvo ausente de la Argentina, y como antes había hecho con la revolución cubana, Cortázar mostró su apoyo a los distintos movimientos políticos de izquierda surgidos en América Latina, especialmente la llamada “Revolución Sandinista” en Nicaragua.
El retorno democrático argentino le provocaba cierta esperanza. “Es la oportunidad única que se les ofrece a los civiles para iniciar un verdadero proceso de democracia que no esté basado únicamente en palabras y slogans, sino que responda a la verdad y a la realidad”, expresó en una de las tantas charlas con la prensa en el país. En ellas, anunció que se encontraba trabajando en un nuevo libro, en el que compilaría los artículos escritos en el extranjero en contra de la última dictadura cívico-militar y que no se habían conocido en el país.

Si bien no tenía previsto permanecer en Argentina hasta la asunción presidencial de Alfonsín, prevista para el 10 de diciembre, en los días que permaneció aquí se iniciaron distintas gestiones para que Cortázar pudiera reunirse con el mandatario electo tras siete años de régimen militar. Dos días antes del arribo de Cortázar, Alfonsín había mantenido en el Hotel Panamericano porteño un encuentro con un amplio grupo de referentes de la cultura del país, entre los que estuvieron los escritores Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, María Esther de Miguel, Aída Bortnik y Beatriz Guido; los artistas plásticos Raúl Soldi y Carlos Alonso; el arquitecto Clorinda Testa; los músicos María Elena Walsh, Osvaldo Pugliese y Hugo del Carril; y los cineastas Raúl de la Torre y Héctor Olivera.
Acaso por ese motivo se consideró extraño que no se concretara una reunión con Cortázar, que tampoco fue recibido por los asesores que tenía Alfonsín en materia cultural. Aunque solo estuvo en el país durante unas 140 horas, la presencia del escritor no pasó desapercibida. Al salir de un cine ubicado en la avenida Corrientes, al que había ido para ver el film No habrá más penas ni olvido, dirigido por Héctor Olivera y basado en la novela escrita por su amigo Osvaldo Soriano, Cortázar se encontró con una marcha en reclamo de la aparición con vida de los miles de secuestrados y desaparecidos por la última dictadura cívico-militar.
El escritor, junto a distintos intelectuales y militantes de derechos humanos, había tomado una postura de denuncia contra la dictadura y participado de manifestaciones frente a la embajada argentina en París. Los manifestantes lo reconocieron al salir del cine, lo saludaron y abrazaron. “Durante cinco minutos estuve rebasado por una cosa tan bonita...”, expresó en una entrevista con la revista Siete días. También al culminar la edición 1983 de Teatro Abierto, en la sala Margarita Xirgu, los espectadores le dedicaron una ovación de varios minutos.
Quizá por ese cariño recibido, sumado al clima político reinante, reconoció su deseo de volver al país, aunque no para instalarse definitivamente: “Argentina es un lugar donde quiero estar ahora”, dijo en el Aeropuerto de Ezeiza antes de regresar a París. Y agregó: “Vuelvo en marzo; pienso quedarme por lo mínimo dos meses”.
Pese a ese contexto, “los intentos por combinar una reunión entre el presidente electo y el autor de Rayuela fracasaron y las causas del desencuentro generaron versiones cruzadas”, comentó el periodista Germán Ferrari en su libro 1983, el año de la democracia.

Según distintas versiones, se trató de un malentendido. Margarita Ronco, quien era secretaria de Alfonsín, admitió en varias ocasiones que había sido ella la responsable de que la entrevista no se concretara, aunque negó cualquier intencionalidad política. “Me hubiera gustado, como presidente electo y en nombre del pueblo argentino, expresarle (a Cortázar) el agradecimiento que sentíamos hacia él por su aporte a la cultura nacional y mundial, y muy especialmente, por su respaldo comprometido en la lucha contra la dictadura”, dijo Alfonsín en 2004 al diario La Nación.
El dirigente radical recordó que los días previos a su asunción como presidente fueron “febriles” y que ese clima también alcanzó a sus colaboradores, a quienes les resultó difícil “ordenar la cantidad de entrevistas, reuniones informales y asuntos que se presentaban y devoraban cada minuto de las jornadas sin horarios”, destacó Alfonsín.
Días después de la partida de Cortázar rumbo a Francia, Osvaldo Soriano criticó en un artículo que “ningún miembro del nuevo gobierno, ni siquiera de la Secretaría de Cultura, le diera la bienvenida al país, ni le hiciera llegar el saludo de la flamante democracia”. Soriano cuestionó también el “criterio de selección aplicado por los radicales que se ocupan de la cultura”, que excluyeron de las reuniones oficiales “a un escritor colosal que ha repudiado siempre las dictaduras militares y brindado su apoyo a los pueblos liberados de América Latina”.

Cortázar murió el 12 de febrero de 1984, nueve semanas después de regresar desde Buenos Aires a París. Padecía una enfermedad de la cual quizá ya estaba al tanto cuando arribó a la Argentina.
Nuevamente Soriano, en una nota publicada en la revista Humor, aseguró que a Cortázar le había dolido “la indiferencia” recibida por parte del gobierno radical y que le hubiera gustado saludar a Alfonsín antes de asumir el gobierno. Inclusive, contó que personalmente había gestionado “con asesores y futuros funcionarios” ejecutivos que pudiera darse el encuentro. “Les di un número reservado de teléfono (de Cortázar) y les indiqué la hora a la que podían llamarlo”, comentó.
El escritor Mario Goloboff, biógrafo de Cortázar, declaró al diario La Nación que su “impresión” era que “un consejero le dijo a Alfonsín que no convenía” reunirse con el autor de Rayuela. Hipólito Solari Yrigoyen, que fue embajador del gobierno de Alfonsín y conocía a Cortázar, dijo al mismo diario que personalmente había gestionado la entrevista entre el expresidente y el escritor, aunque finalmente no se llevó a cabo. El escritor y el diplomático se encontraron casualmente en la puerta del Hotel Panamericano, donde Alfonsín preparaba su futuro gobierno. “Mandale un abrazo; ojalá que todo le salga bien”, le deseó Cortázar.
Antes de partir de regreso a Francia, Cortázar dijo que aventuraba un tiempo “hermoso” para la Argentina. Y agregó: “Tengo la alegría de saber que (cuando regrese) voy a poder entrar al país sin dificultades”.
Fuente: Télam S.E.
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