
En un gesto federal que también llama a repensar la dimensión cultural y territorial de la noción de soberanía, la Biblioteca Nacional Mariano Moreno inaugura una “sede” en la Base Carlini de la Antártida Argentina que reunirá en sus estanterías a más de mil libros que llegarán desde el continente en el rompehielos Almirante Irízar, para que entre otros el Martín Fierro, la correspondencia del filósofo Carlos Astrada o la revista cultural que edita la institución puedan leerse e interpretarse con el trasfondo del blanco polar antártico.
Resuelta la formalidad de la firma de un convenio entre la Biblioteca y la Secretaría de Malvinas, Antártida y Atlántico Sur en el que se acordó garantizar una presencia física en nuestro territorio antártico del patrimonio bibliográfico argentino, los empleados de la Biblioteca se pusieron a trabajar en una selección de ejemplares que “diera fe” del acervo cultural nacional.
Los libros llegarán en los próximos días si las condiciones climáticas lo permiten, después de un largo recorrido que, de alguna forma, da cuenta de la extensión territorial. El viernes pasado salieron del emblemático edificio de Clorindo Testa y, en un avión, llegaron a Río Gallegos. De allí, pasaron a un Hércules que tardó cuatro horas en llevarlos a la Base Marambio, donde finalmente fueron alojados en el depósito del rompehielos cuidadosamente embalados.
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Dos trabajadores de la Biblioteca Nacional son los encargados de custodiar de cerca la peripecia oceánica de estas cajas: el director de Cultura, Guillermo David, y el director de Administración, Roberto Arno.

“En esta primera etapa, la biblioteca -que nació de un convenio entre la institución y la Cancillería, que formalmente será un `espacio cultural´- contará con los libros publicados por el sello de la Biblioteca y también estarán las revistas y catálogos de exposiciones”, adelanta David, mientras recorre en el Irízar el Estrecho Gerlache. Y cuenta los planes: si el tiempo acompaña, cruzarán el Círculo Polar Antártico y el sábado llegarán a la Base Carlini.
El traslado de los libros, como en toda mudanza, tiene particularidades: llegarán del rompehielos al continente antártico en lancha. “Por su naturaleza, la editorial de la Biblioteca publica reediciones de libros difíciles de encontrar en el mercado, como por ejemplo la colección ´Los raros´, que en colaboración con Colihue, publicaron la obra de Ezequiel Martínez Estrada, Juana Manso o Salvadora Medina Onrubia”, cuenta David y enumera otras “piezas bibliográficas exquisitas, que desde el punto de vista del lector son joyas” como El payador de Leopoldo Lugones o las ediciones facsimilares de revistas emblemáticas como Arturo o Envido.
También habrá lugar para rarezas bibliográficas como la obra completa del poeta Luis Luchi, la obra reunida del filósofo León Rozitchner, la revista La Biblioteca e incluso actas de simposios como el celebrado en torno a la obra de David Viñas.

La biblioteca, que por el momento no será bautizada porque se la considerará parte de la `institución madre´, será de consulta abierta y los libros tendrán libre circulación entre los habitantes y visitantes de la base y estará ubicada en la sala de estudios.
“Aunque las bases en general cuentan con algún fondo bibliográfico, entiendo que es la primera biblioteca nacional, con presencia formal, del continente antártico”, cuenta orgulloso David, quien dice sentir que está haciendo junto a la tripulación una suerte “patriada” que tendrá otros capítulos cuando la Biblioteca inaugure próximamente otros `espacios culturales´ en Córdoba, Mar del Plata y Salta. Así, la idea de federalizar la institución, tantas veces prometida en los discursos y en los papeles, empezaría a tomar forma.
“Con esta primera experiencia de instalación de la biblioteca nacional se cumple su misión de albergar, custodiar y comunicar el patrimonio bibliográfico que condensa la memoria histórica y cultural de la Nación. Es, de alguna manera, un gesto de construcción de soberanía porque el libro es el principal artefacto de construcción de sujetos soberanos, los lectores”, reflexiona David.
Curador, escritor y traductor de autores como Gramsci, Proust y Raymond Williams, cree que “leer a Borges, a José Hernández o a Martínez Estrada, por ejemplo, es tal vez uno de los modos más eficaces de construir ciudadanía y territorialidad”.
Claro que antes de ordenar y catalogar los libros, deberán dedicar una buena cantidad de horas al trabajo manual: tendrán que instalar las estanterías de madera que fueron diseñadas especialmente para el espacio.

La presencia de la Biblioteca Nacional a la Antártida es, de alguna forma, preexistente. El refugio naval Groussac, ubicado en la costa sur del Puerto Circuncisión, en la isla Petermann, junto a la costa oeste de la península Antártica, fue bautizado así en honor a Paul Groussac, quien fuera director de la Biblioteca Nacional durante cuarenta y cuatro años, entre 1885 y1929.
La instalación en suelo antártico de la “sede” tiene la relevancia que da lo institucional y, además, la cantidad de ejemplares para esta primera etapa. Sin embargo, se inscribe en el marco de cierta voluntad coordinada en la gestión cultural para reconocer (y habitar en todos los sentidos) la Antártida como parte del territorio nacional. En los primeros días de febrero, el el Centro Cultural Borges envió a la Base Marambio libros de fotoperiodismo, obras de Jorge Luis Borges, cuentos de Mariana Enriquez, un ejemplar de Cortázar ilustrado por Isol y también novelas japonesas
La Base Carlini -en la costa sur de la caleta Potter, sobre la bahía Guardia Nacional, en isla 25 de Mayo- está en una zona del continente blanco formada por lomadas suaves. En las instalaciones, un equipo de científicos investiga en biología marina y además cuenta con una dotación permanente de buzos de Ejército. Ahora, también se podrán acceder, estudiar y resignificar con su “lectura antártica” a buena parte de los autores del dream team de la literatura y el pensamiento nacional.
Fuente: Télam S.E.
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