
Como hace unos días el monumental David de Miguel Ángel -que le valió a una docente estadounidense renunciar a su cargo tras ser acusada de enseñar imágenes de esa obra que los padres de sus alumnos consideraron “pornográfica”- en los últimos años una escultura de Saddam Hussein flotando en el agua o una obra en la que un artista extrae litros de su propia sangre causaron revuelo y controversia al punto de generar debates morales y cancelaciones, pero también de abrir preguntas sobre las reflexiones que activa la producción artística.
La indignación que generó en algunos padres de una escuela de Florida que sus hijos vieran imágenes de la icónica escultura el “David” de Miguel Ángel, catalogando esa obra del Renacimiento como material pornográfico, abre el debate sobre el arte y sus límites, la moral y el puritanismo de algunos sectores. La sensibilidad está a flor de piel y el arte cataliza muchas de esas impresiones.
Pero además del David, la historia reciente tiene otros casos que causaron escándalo, polémica, indignación o terminaron siendo problemáticas, como un gran arco inclinado en una Plaza de Manhattan, obra del artista Richard Serra, en 1981, que tras ocho años fue retirada por la decisión de un jurado que encontró que la obra le proporcionó refugio a terroristas, ya que se ubicaba frente a oficinas estatales. La gran escultura del tipo minimalista buscaba romper con las formas más tradicionales del arte en espacios públicos, como monumentos históricos.

A principios de 2006, una obra fue cancelada antes de llegar a ser exhibida. Se trataba de una pieza del checo David Černý que imitaba la emblemática instalación del tiburón con la boca abierta suspendido en un tanque de aldehído fórmico, de Damien Hirst. El que flotaba no era un animal sino el ex presidente iraquí Saddam Hussein. “Para algunos, el trabajo estuvo demasiado cerca de poner a Hussein en el papel de víctima. Para otros, la pieza era gratuitamente gráfica”, recuerda la cadena de noticias BBC.
La exhibición programada en un museo en Middelkerke, Bélgica, a principios de 2006, fue finalmente cancelada por decreto del alcalde de la ciudad, Michel Landuyt, por temor a “que ciertos grupos de población encontraran la obra demasiado provocativa”.
En la década del 60 hubo una colección de obras muy controvertida del artista pop británico Allen Jones, catalogada de misógina y violeta. Jones utilizó maniquíes de mujeres con poca ropa y los convirtió en muebles, tales como una silla, una mesa y un perchero. En el Día Internacional de la Mujer de 1986, un par de activistas rociaron la obra Chair con un ácido.

Un artista cuya producción se inscribe en la polémica misma es el italiano Maurizio Cattelan. Desde la instalación de una escultura hiperrealista del papa Juan Pablo II aplastado por un meteorito a una banana a punto de pudrirse pegada con cinta adhesiva en una pared, las obras del artista son centro de crítica, polémica y preguntas sobre los alcances del arte.
Pero Cattelan también está al alcance de todos, en el espacio público y así lo refleja desde 2010 la enorme escultura en mármol de una mano cortada con el dedo del medio levantado frente a la sede de la Bolsa de Milán, en Italia. La obra en realidad se llama L.O.V.E, aunque popularmente se la conoce como “el dedo” y se la considera un gesto irreverente para el mundo de la finanzas, aunque para otros representa la caída del saludo fascista frente a un edificio de estilo, precisamente, fascista.
Otro artista siempre al filo de debate es el británico Marc Quinn, quizá su producción más controversial sea la serie de obras en las que trabajaba con su propia sangre. El artista presentó una serie de esculturas de su cabeza en las que derrama su sangre. Algunos lo han acusado de vampiro, mientras que otros reconocen una contribución osada de su propia autor representación.
Fuente: Télam
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