
Julio del 2002. Vivía en Madrid hacía un año y trabajaba como creativo en una agencia de publicidad. Vine de vacaciones a Buenos Aires, los comentarios más frecuentes que escuché ya sean de remiseros o amigos, eran: “no vuelvas más” o “qué suerte que te pudiste ir de este país de mierda”. De tanto escuchar lo mismo, se me ocurrió una idea para un cuento: vender Argentina y que cada habitante reciba un millón de dólares con la condición de que abandone el país. ¿Qué harían mis compatriotas? ¿Aceptarían el trato o no? Pensé que la historia se escribiría sola. Abrí mi Mac de colores y empecé. No llegué ni a completar media página y abandoné. No había historia, no había personajes, sólo una idea y con eso no alcanzaba.
Agosto del 2002. De vuelta en Madrid. En España, en horario estival, la jornada laboral terminaba después del mediodía. A las tres de la tarde no quedaba nadie en la agencia. Me iba a mi casa y me pasaba las tardes leyendo en el jardín de la urbanización donde vivía. Recuerdo terminar Ensayo sobre la ceguera de Saramago y tener una revelación. Me di cuenta de que, a partir de una idea extraña (todo el mundo se queda ciego, en el caso de la novela del portugués), una forma de armar la historia es que todo lo que pase después sea lógico o, al menos, posible. Lo que yo pensaba que era un gran descubrimiento en realidad es algo muy viejo en literatura, pero no lo sabía. No sabía nada. Había ido a talleres literarios en Madrid y antes en Buenos Aires, pero sin demasiado entusiasmo, sólo para ocupar el tiempo.
Intenté retomar la idea de vender Argentina usando el “método Saramago”. Fracasé de nuevo, pero a los que les contaba la idea les parecía que había algo interesante. Volví a intentarlo, esta vez con la ayuda de Pep Bosch, director catalán. Tratamos de transformar la idea en un guion para una posible película. Pep decía que eso de vender el país también podría funcionar en España. Yo sentía que la historia tenía que suceder en Argentina, pero le hice caso e intentamos mover la acción a Barcelona. No fluía. Me costaba imaginarme a esos personajes y sus motivaciones. El proyecto quedó en nada.
Diez años después vuelvo a vivir a Argentina. El clima social era otro, pero como si fuese un mantra, ante cualquier problema siempre me decían: “¿para qué volviste?”. Eso me hizo pensar que la idea de vender el país a cambio de plata seguía vigente. Me inscribí en “Narrar lo extraño”, el taller literario de Leticia Martín, y por fin pude transformar mi idea en un cuento. Trataba sobre un profesor de historia de una escuela secundaria que les transmitía a sus alumnos la convicción de que este país no tiene solución y que lo único que queda por hacer es venderlo e irse. Al fin lo pude escribir. ¿El problema? Era un cuento malísimo.
Le sigo dando vueltas. Mi inconciencia me dice que en realidad no debería ser un cuento, sino una novela. El problema es que no tengo idea de cómo se escribe una novela, pero vuelvo a tratar y el resultado es nefasto: sólo llego a escribir diez páginas pretenciosas y abandono.
Pensando en alguien que me pueda ayudar recurro a Ariel Pichersky para que dé una mano y me guíe sobre cómo se escribe una novela. En paralelo, me inscribo en el taller de Hernán Vanoli. Avanzo, poco, pero es algo. Tengo a los personajes principales, un padre y un hijo y un candidato a presidente cuya plataforma electoral es vender el país a Google. Vanoli me dice algo clave: “es la historia sobre la relación entre un padre y un hijo en circunstancias extrañas”. Me recomienda leer La carretera de Cormac McCarthy.
Después de un año y medio, termino de escribir una primera versión. Está narrada desde el punto de vista del hijo, él se llama Ezequiel, tiene treinta y tantos años, es diseñador gráfico y colaboró en la campaña electoral que llevó a la presidencia al candidato que propone vender el país. Leo lo que escribí y otra vez lo mismo: es un desastre. Pienso en dejar la maldita idea y pasar a otra cosa. Pero Vanoli me sugiere volver a intentarlo y pasar todo a tercera persona. A su vez, con Pichersky encontramos una posible estructura: un capítulo desde el punto de vista del hijo y el siguiente desde el punto de vista del padre, y así. Me vuelvo a entusiasmar.
Leo a Vonnegut, Ballard, Matheson y King. Leticia Martin me aconseja leer el texto de una conferencia que dio Philip K. Dick: “Cómo construir un universo que no se derrumbe dos días después”. A todos les robo un poco.
Al pasar la historia a tercera persona, la novela mejora, fluye y es entretenida. El tema del entretenimiento me parece fundamental. Divertirme escribiendo es la única manera que encuentro para no aburrir al lector. Todavía falta y mucho para terminar, pero al menos veo una luz de esperanza. Escribo un posible final, tengo una dirección hacia donde ir. Con cada reescritura me sorprendo al notar cómo van apareciendo nuevos elementos y personajes. Descubro que la reescritura puede ser la mejor parte de escribir.
En el largo camino de escribir La Venta puedo decir que aprendí varias cosas. Las más importantes quizás sean que una buena idea en literatura no es nada, no te asegura que de ahí salgo bueno, es sólo un punto de partida. También aprendí que escribir no es una actividad solitaria. Sin toda la gente que me ayudó en el camino esa idea extraña que tuve hace tantos años jamás se hubiese transformado en una historia. Y mucho menos en una novela.
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