
El mito de la Torre de Babel es muy concreto: su función, durante siglos, fue explicar porqué la humanidad habla distintas lenguas. Todo está narrado en el libro del Génesis cuya autoría se atribuye tradicionalmente a Moisés. Pero antes de la torre hay que ir a otro mito: el diluvio universal. Según el Genésis, la humanidad quedó casi extinta después del diluvio. Quienes se salvaron de aquel apocalipsis fueron los que se subieron al Arca de Noé: Noé y siete integrantes de su familia.
Los descendientes de Noé se instalaron en la llanura de Senar (Babel) y decidieron construir una torre “tan alta que llegara al cielo”. Querían llegar a Dios. Pero para Dios esto era una osadía, una rebeldía, entonces hizo que todos los que estaban construyendo aquella edificación no se pudieron comunicar. Así, todos empezaron a hablar lenguas diferentes. Confundidos, abandonaron la construcción, se separaron y se esparcieron por toda la Tierra.
Hay argumentos extrabíblicos que sostienen que la verdadera razón por la cual esos hombres estaban construyendo la Torre de Babel era para salvarse por si ocurría otro diluvio. Pero los tradicionalistas toman el relato al pie de la letra. Lo cierto es que la idea de alcanzar a Dios mediante una construcción colectiva, el castigo divino y la proliferación de idiomas es un mito poderoso. Pieter Brueghel el Viejo lo plasmó en un óleo de 1563 y desde entonces es la imagen icónico del relato.

Este gran óleo sobre madera de roble se encuentra en el Museo de Historia del Arte Kunsthistorisches, en Viena, Austria. Cuenta con unas dimensiones de 114 centímetros de alto y 154 de ancho. “Se supone que esta Babel de la que habla la Biblia era en realidad la antigua Babilonia, y la torre sería el zigurat dedicado al dios Marduk”, explica la historiadora del arte Marga Fernández-Villaverde.
“Brueghel pinta —continúa Fernández-Villaverde— una descomunal torre escalonada de planta circular. La ciudad también es inmensa, aunque de mesopotámica tiene más bien poco. La torre ya toca las nubes, pero aún está a medio construir. El artista la ha pintado un poco torcida, en equilibrio precario, para que nos quede claro que, por mucho que se esfuercen, los habitantes de Babel no conseguirán acabarla”.
El crítico Delfín Rodríguez Ruíz escribió que “una ulterior lectura arquitectónica del mito y de su representación figurativa es aquella que convierte a la Torre de Babel en metáfora de lo inacabado, de lo que está en permanente construcción, como atributo de lo arquitectónico o en metáfora de la confusión de lenguajes, asumiendo con resignación el castigo divino como condición misma del construir”.

Por su parte, Verónica Gómez sostiene que “es posible distinguir, gracias a la minuciosidad del artista, todos los detalles de su construcción; desde grúas y andamios hasta el detalle de la estructura interna, resaltada en una tonalidad diferente que dota de belleza al conjunto”, y que “una de las cosas que más destaca es el agradable colorido de la composición, dominando sobre todo, el tono amarillento de la piedra y su contraste con la parte superior”.
La pintura de Brueghel —también realizó, hacia ese mismo año, La pequeña Torre de Babel, la cual se encuentra en el Museo Boymans-van Beuningen en Rótterdam— tiene en el centro, en total protagonismo, a la torre misma. El paisaje es amplio y panorámico, y el punto de vista, muy alto. Arriba, en la parte superior, vemos nubes: simbolizan la pretensión del cielo. La arquitectura elegida nos llevan directamente al Coliseo, que representaba para los cristianos de la época a la desmesura.
Abajo, en el extremo de la pintura, llega un rey con su séquito. Es el rey Nimrod, que llega para controlar cómo van las obras. Descendiente de Noé y, según se lee en el Génesis, fue “un vigoroso cazador delante de Jehová” que se consagró rey de la tierra de Sinnar en Mesopotamia. Su imagen es la del arquetipo del monarca rebelde a los mandatos divinos y modelo de despotismo. A sus pies, los trabajadores le hacen reverencias, alabanzas y piden misericordia.

La Torre de Babel de Brueghel recuerda, en realidad, al Etemenanki, un templo piramidal dedicado al dios Marduk en la ciudad de Babilonia del siglo VI a. C. El especialista Stephen L. Harris, fallecido hace tres años, sostuvo la teoría que la historia bíblica está influenciada por esta construcción durante el cautiverio babilónico de los hebreos. La historia se llama Enmerkar y el Señor de Aratta, un legendario relato sumerio sobre “llegar hasta el cielo” y la maldición de las múltiples lenguas.
Pero como la historia es un encadenamiento —a veces azaroso, otras determinado— de mitos y relatos, fue Pieter Brueghel el Viejo quien creó la imagen que hoy, casi cinco siglos después, ilustra esta simbólica narración. Con su estilo tan característico, con sus detalles, con sus colores, con sus tamaños, simbolizó el destino fatal de la creciente sed de poder del ser humano, más allá de si el castigo es divino o no.
Este artista, el principal pintor flamenco del siglo XVI, nació en Breughel entre 1526 y 1530, y murió en Bruselas en 1569. “No fue siempre El viejo —explica el periodista Juan Gabriel Batalla—, eso vino un poco después, ya que fue el padre de dos grandes artistas como Pieter Brueghel el Joven o del Infierno y de Jan Brueghel el Viejo, también conocido como de Velours (de Terciopelo), aunque ninguno fue su discípulo ya que lo vieron morir siendo niños aún”.
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