Paul Morand, el virtuoso discípulo de Proust que “inventó” la modernidad literaria

A propósito de la exquisita reedición de “Tendres Stocks”, una reflexión sobre el olvido de este autor, muy famoso en su tiempo, y una serie de argumentos acerca de la importancia de volver a leerlo

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A cien años de la
A cien años de la primera publicación editorial Leteo reedita “Tendres stocks”, de Paul Morand

Por la vitalidad de la edición independiente en la Argentina, es que a veces se producen rescates inesperados, pequeños milagros de sensibilidad y gusto que explican por qué se multiplican las ferias de libros en todo el país.

A cien años de su aparición, la editorial Leteo acaba de publicar Tendres stocks, de Paul Morand. ¡Paul Morand! Casi un lugar común decir que ya no se lee a Morand. No lo es porque nadie lo conoce. Se consigue una biografía de su amiga Coco Chanel y todavía circulan en librerías de viejo algunas ediciones de la colección Austral, sobre todo sus crónicas de ciudades. Fue discípulo de Proust, pero desde hace mucho su figura se fue desdibujando. A Borges le gustaba bromear: “para la inmortalidad literaria los primeros cien años son bravísimos”.

Se supone que la fama en vida es casi garantía de olvido posterior. Hay innumerables excepciones pero ocurre. El caso de Morand es particular, no solo fue célebre y muy leído: representaba lo más moderno de su época. Estamos hablando del momento en que todo era moderno, en que daba la impresión de que muchas cosas se estaban haciendo por primera vez y para siempre. En el prólogo se señala ese tiempo con una enumeración que da la idea: dadaísmo, cubismo, surrealismo, Picasso, Satie, Joyce, Stravinsky... Proust.

La condición de discípulo de Proust se explica por la relación que los unía pero también por el compartido virtuosismo del lenguaje y la invención de metáforas inesperadas. Pero sobre todo porque ante todo son poetas, no razonan ni pintan: encantan. En contraste con tantos otros escritores que crean situaciones y personajes que parecen esbozados o vistos de lejos, estos muestran el poder de la descripción por sobre el juicio. Y cómo, trabajando muy de cerca de lo narrado, es el misterio el que se encarga de completar el cuadro. Se lo recomendamos especialmente a los que empiezan y a los que buscan maestros. No tienen que coincidir.

Marcel Proust, alrededor de 1896.
Marcel Proust, alrededor de 1896. (Corbis via Getty Images)

Las tres nouvelles llevan nombres de mujeres, los brotes tiernos a los que refiere el título: Clarisse, Delphine y Aurore. Las tres transcurren en Londres durante la primera guerra mundial. Pero eso es solo una parte. Toda la edición es un prodigio y responsabilidad del editor, Christian Kupchik. Incluye un estudio preliminar, las tres nouvelles, un comentario sobre la historia del prefacio de Proust, el prefacio, la “Oda a Marcel Proust” que publicó Morand y ofendió al homenajeado, una selección de Morand por Morand, una bibliografía y numerosas ilustraciones. Puro lujo.

Y sobre el lujo, su estilo: “La ventana guillotina decapitaba un segmento del Square surcado de cables telefónicos que soportaban el peso inmediato de un cielo ciego. Las cúpulas orientales de la Alhambra y el restaurante Cavour, con sus manchas de chianti en los manteles, alegraban con su quejido meridional la imagen del domingo. En la calle me tomó del brazo y de inmediato aparecieron rastros de nuestra antigua camaradería”.

"Tendres stocks" (Leteo), de Paul
"Tendres stocks" (Leteo), de Paul Morand

El crítico mexicano Christopher Domínguez Michael lo describe así: “Paul Morand (1889-1976) es el más alegre de los geógrafos en el siglo de la tierra quemada. Su cartografía es cosmética y noctívaga, invariablemente frívola. Tan excitado por la modernidad que parece su inventor, escribió sin cesar durante medio siglo, cultivando el teatro, el viejo y el nuevo periodismo, la panfletería política y el despacho diplomático.

Y el género donde Morand, uno de los escasos discípulos directos de Proust, llegó a ser sublime fue en la nouvelle, esos relatos de veinte páginas que sustituyeron al cuento finisecular a lo Maupassant, indispensables para disfrutar esa fiesta que significó ‘sentirse moderno’ en las grandes ciudades del globo durante los años 20. Hay una manera de ser ‘cosmopolita’ para el artista y esta la inventó Morand. Casi todos los tópicos de esos años, como si fueran cafés a la moda, fueron inaugurados o frecuentados por Morand. Fue complaciente con el régimen de Vichy. Condenado al ostracismo durante la postguerra, su ingreso a la Academia Francesa, en pleno 1968, resultó un escándalo. Su amor por las novedades fue tan firme como su defensa del orden. Los franceses, dijo Morand, mudan frecuentemente de régimen político para conservar intacta su naturaleza bestial”.

Quién sabe por qué razones se deja de publicar y leer cualquier cosa. Siempre se pueden conjeturar razones pero no suele tener que ver el talento. Las pequeñas novelas son originales y muy logradas, no se puede decir lo mismo de todo lo que siguió circulando.

Algunos proustianos dirán que lo mejor del libro es lo que tiene que ver con la relación entre Morand y Proust. Es cierto que el prólogo, la Oda que Morand le dedicó, es una obra maestra de teoría literaria:

“Me tiende unas manos enguantadas en hilos de seda;/silenciosamente su barba crece/en el fondo de sus mejillas./Digo:/-Tiene usted un excelente aspecto./Responde:/-Querido amigo, he estado a punto de morir tres veces durante este día”.

Paul Morand (1888-1976) (Foto: Corbis
Paul Morand (1888-1976) (Foto: Corbis vía Getty Images)

A Proust le molestó que no se lo hubiera mostrado antes de publicar. Y por los versos que decían: “Proust, ¿de qué fiestas nocturnas vuelve/con los ojos tan fatigados y tan lúcidos?/¿Qué terrores –a nosotros vedados– ha conocido/para regresar tan indulgente y tan bueno?”. Y le escribió: “No puedo echarle en cara que haya publicado su Oda. El sacrificio de toda preocupación ajena a la literatura, y en especial a los deberes de la amistad, es dogma que no practico pero suscribo por entero… Confieso que si hubiera tenido que escribir sobre un amigo… los versos sobre los misteriosos terrores que me han hecho palidecer, según parece, por siempre jamás, el sacrificio habría sido tremendo para mí”.

Pero el libro tiene mucho más, y principalmente las tres nouvelles. Dice Domínguez Michael: “Para él la escritura fue una sucesión de mujeres encantadoras por fugaces. Más que tantos philosophes pornográficos que dieron cátedra sobre el sexo y la muerte sin haber gozado de un orgasmo, Morand fue uno de los verdaderos escritores eróticos franceses del siglo XX, pues apostó por la sensualidad de las palabras”. Su destreza en la composición de nouvelles hizo que años después Gallimard le propusiera dirigir una colección llamada, justamente, “Renaissance de la nouvelle”. Allí se publicaron por primera vez autores como Simenon y Yourcenar.

El Morand de la segunda mitad del siglo XX, el desconocido, fue muy diferente de su antecesor. Hay que ver qué le depara el presente, los nuevos tiempos modernos del siglo XXI. La lectura de sus textos será para empezar muy distinta a la de su época. Qué gracia si se lo vuelve a leer con avidez en la Argentina a partir de esta edición. Nuestra admiración le provocaría sin dudas una sonrisa. Y otra a los franceses, tan celosos de su lengua, si supieran quién fue.

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