
Posiblemente haya algo que nos resulte familiar al mirar este cuadro pintado en 1964 por el estadounidense George Tooker (1920-2011), ya sea por la dimensión existencial que asoma entre la severa composición de sus figuras y rostros o bien por la cotidianeidad de su tema. Su título escueto, Almuerzo (Lunch), confirma la escena que suponemos, algún salón de comidas que da sobradas señas del ritmo de vida intenso de una gran ciudad, y es además una referencia indirecta a las polémicas sentadas en los mostradores de comida que se produjeron alrededor de los Estados Unidos durante la década de 1960 como parte del movimiento por los derechos civiles de los afroamericanos y de otras minorías raciales, del que este pintor formó parte.
Nacido en Brooklyn y criado en Long Island, Tooker tomó clases de pintura desde muy chico y se formó en la Art Students League de Nueva York a mediados de los 40 con Reginald Marsh, de quien aprendió la mirada social que se advierte en muchos de sus cuadros. Su estilo, sin embargo, se fue formando a la par de su amigo y amante Paul Cadmus, quien lo animó a adoptar la técnica de témpera al huevo como medio principal, el mismo que utilizaban pintores renacentistas como Piero della Francesca –una fuerte influencia en sus trabajos– y que produce un acabado rico y brillante, pero que exige una atención concentrada y una ejecución exigente. Esa sensibilidad clásica también se encarna en sus figuras, aun cuando se sitúan en espacios contemporáneos.
Por los años 50 no era ese tipo de arte lo que estaba de moda en Nueva York, sino el expresionismo abstracto, lo que explica que su obra no tuviera hasta mucho tiempo después el grado de reconocimiento que acaso merece. Pero si sus cuadros de esa época representan a la gente común en entornos cotidianos como oficinas, salas de espera, estaciones de metro o cafeterías, las formas en que el artista concreta las escenas les agrega una dimensión fantástica y hasta sobrenatural. Más que documentar la vida contemporánea, a Tooker le interesaba buscar la esencia de esa experiencia. En ese sentido, el significado de sus cuadros debe buscarse más en el énfasis formal que en la emoción expresiva de sus figuras.

Tooker maneja con maestría la disposición del encuadre, algo que generalmente manipulaba para aumentar la tensión psicológica de sus obras. Como se puede notar en Almuerzo (50,8 x 66,04 cm, pintado con témpera al huevo y alojado en el Museo de Arte de Columbus, Ohio), y en otros cuadros como Subterráneo o La sala de espera, logra dar una sensación claustrofóbica por el modo en que recorta el espacio. Los rostros y figuras humanas apenas muestran algún rasgo distintivo, como si fueran solo una pieza más del entorno, al servicio de un mensaje en conjunto muy claro sobre la alienación de la vida moderna. No hay un contacto visual ni con el espectador ni entre los comensales, cada uno está absorto en su propia soledad. Aunque Tooker añade un detalle no menor, ese hombre negro que se sienta en el centro de la imagen, el único de rostro entero, si bien cabizbajo como los demás. Ignorado a la par del resto, tal vez lo que quiso mostrar es que la integración no significa el fin de la segregación, ya que el funcionamiento de la sociedad contemporánea separa a las personas en un aislamiento más profundo.
Sus cuadros fueron comprendidos en general bajo el rótulo de realismo mágico, sin embargo, a Tooker nunca le importó mucho esa caracterización, porque consideraba que su obra estaba arraigada en la experiencia humana real, no en la fantasía o el surrealismo. “Busco pintar la realidad impresa en la mente con tanta fuerza que vuelva como un sueño, pero no busco pintar sueños como tales, o fantasía”, dijo en una oportunidad. También, en otra entrevista: “Quería pintar cuadros positivos sobre la integración. Y no me gustaba el subte. Creo que es obvio que no me gustaban muchas cosas de la vida en la ciudad”.
Para la época en que pintó este cuadro Tooker ya se había mudado a una granja en Vermont con su pareja, el artista William Christopher. Tras la muerte de este, se convirtió al catolicismo y se involucró profundamente en la iglesia de su pueblo, para la cual pintó una elaborada obra de siete paneles, Los siete sacramentos, que se instaló en su altar luego de una remodelación del edificio en 1981. El pintor se centró cada vez más en su arte y su vida espiritual y su obra posterior está marcada por imágenes donde resuena la compasión y la tolerancia, el compañerismo humano y la hermandad universal.
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