
Pocas cosas más aburridas que hacer la cama, tarea mundana de todos los días que mejor nos sale cuanto menos pensamos en ella. Esa indiferencia o tedio nos transmite esta obra de Margaret Barker (1907-2003), Any morning (Una mañana cualquiera), en la que se ven reflejados los quehaceres domésticos que por aquel entonces –década de los 20 del siglo pasado– se les imponían como rutina a las mujeres en los hogares durante las primeras horas del día. La quietud del ambiente y de los rostros, sin embargo, nos invita a pensar que algo más pasa en el cuadro.
Su título sencillo, si bien es indicativo del tema representado, surge de una consigna propuesta por uno de sus tutores mientras estudiaba en el Royal College of Art londinense. Este tipo de ejercicios luego se colgaban en el sótano del Victoria and Albert Museum para que los evaluaran los profesores, y en una de esas ocasiones habría conocido el cuadro el artista Randolph Schwabe, quien enseñaba en esa institución. Quizás gracias a él es que se conserva esta pieza de 62,2 x 91,4 cm. exhibida en la Tate Gallery, casi la única accesible al gran público ya que Barker, a pesar de que vivió hasta tiempos recientes, regaló todos sus cuadros.
Aunque la artista indicó alguna vez que Una mañana cualquiera es una representación bastante fiel del interior de su casa familiar en Catford, al sur de Londres, donde fue pintado, lo cierto es que a Barker le interesaba cargar las escenas cotidianas con un significado extraordinario. Más allá de la parsimonia que se percibe dentro del dormitorio, la superposición de marcos entre la pared y el afuera vuelve compleja la mirada del espectador y llena de inquietud esa extraña calma.
En primer lugar, el paisaje que se percibe tras la ventana no parece diferenciarse mucho del interior del hogar: un cielo gris y una campiña bien ingleses, donde apenas sobresale un árbol, son tratados con los mismos tonos de colores que se usan hacia dentro. Los marcos de las ventanas y los planos que se interponen con ese afuera terminan de dar una sensación de encierro y de lejanía con el mundo exterior. Por último, un detalle que hay que mirar con atención es el cuadro que cuelga sobre la pared del dormitorio: se trata nada menos que de uno de los trabajos más logrados del pintor holandés barroco Pieter de Hooch (1629-84), El patio de una casa en Delft.

Barker debió haber visto esta pintura del Siglo de Oro holandés en la National Gallery de Londres, que solía visitar mientras estudiaba en el Royal College. Admiraba especialmente de ese período las obras más tranquilas de los maestros clásicos, y no cabe duda en este caso que se trata de algo más que un homenaje.
El arco que se ve en el cuadro de De Hooch es transformado por la pintora británica en una puerta que da acceso al rellano y a la ventana, reinterpretando así aquella escena. Por otro lado, la inscripción sobre el arco en la obra del holandés acaso da la clave para captar el sentido de esta pintura: “Esto es en el valle de San Jerónimo, si quieres reparar en la paciencia y la mansedumbre. Porque primero debemos descender si queremos elevarnos”. Una posible lectura de esta cita, la haya hecho o no la artista, es que la rutina mundana de las tareas domésticas se convierte en símbolo de la humildad necesaria para la redención.
Tenía tan solo 22 años Barker cuando compuso la obra. En una carta enviada a la Tate Gallery en la década de los 50, la pintora recordaba que no había considerado que la composición fuera un éxito y por eso había dejado el lienzo listo para trabajar en el reverso. Esto explica las alteraciones en el soporte del cuadro, que fue pintado sobre un bastidor más grande. “Solo bajo la presión del profesor Schwabe se envió a la exposición del New English Art Club en 1929”, añadía su autora.
Unos años después Schwabe escribiría una reseña sobre Barker en la que definía su estilo: “Tiene un gusto por los temas inusuales, o más bien encuentra temas en incidentes ordinarios de la vida que otros artistas pasarían por alto”. Esta descripción sugiere que Any Morning es representativa de su obra de aquella época, consistente por lo general en retratos, interiores y paisajes que celebran lo cotidiano, una característica que la acercaba al trabajo de Stanley Spencer, quien como ella encontraba en el arte italiano prerrenacentista una fuente de inspiración.
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