
En enero, la Universidad de Leicester anunció que se disponía a revisar sus planes de estudio para eliminar algunos temas, entre ellos literatura medieval, debido a “una baja en la demanda entre los estudiantes de grado y de posgrado en los años recientes”, un argumento económico que el sentido común capitalista aplaudiría, al igual que los 60 despidos, con un potencial de hasta 145, que conllevaría.
Sin embargo, con las guerras culturales al rojo, el asunto se convirtió en polémica: “¡Ahora quieren cancelar a Geoffrey Chaucer!” fue el grito de batalla que agitó las redes sociales.
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En efecto, el autor de Los cuentos de Canterbury dejaría de ser estudiado, para ser reemplazados por “una gama de módulos innovadores” sobre etnia, sexualidad y diversidad, a fines de “descolonizar la currícula” de las licenciaturas y las maestrías en Literatura Inglesa. La universidad quería “reconsiderar cómo se enseña la materia para hacerla más inclusiva y reflejar las novedades emergentes” y facilitar la formación necesaria para encontrar empleo en el actual mercado laboral.
En el nuevo plan de estudios tampoco estarían el poema épico Beowulf, el romance Sir Gawain y el Caballero Verde, La muerte de Arturo de Sir Thomas Malory, las Sagas Vikingas ni otros trabajos anteriores al siglo XVI.
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Los cortes podrían llegar también a los módulos de inglés moderno temprano, con una reducción de las lecturas de John Donne, Christopher Marlowe y El Paraíso perdido de John Milton; William Shakespeare no sería tocado en este intento de hacer que los cursos fueran “sustentables” para la próxima década de estudiantes nuevos.
La idea causó escándalo: ¿dejar caer a Chaucer, una figura del siglo XIV considerada medular, por aquello que “los estudiantes esperan en una carrera de Literatura Inglesa”, como decía el anuncio de las autoridades, para “reenfocar y fortalecer” el departamento dedicado a esa disciplina? Casi de inmediato Isobel Armstrong, miembro de la Academia Británica, protestó con un gesto fuerte: devolvió el doctorado honorario que le había otorgado Leicester.
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El presidente y vicecanciller de la universidad, Nishan Canagarajah, argumentó que los cambios eran parte de una estrategia de largo plazo para “competir a nivel global”. No era posible hacerlo sin “cesar la actividad de una cantidad limitada de áreas” e incorporar nuevas. Las lecturas obligatorias estaban dominadas por autores blancos; el 56% de los nuevos estudiantes del curso 2020 se habían identificado como negros, asiáticos o de otras minorías étnicas.
No había terminado de explicarlo cuando renunció una profesora de la maestría, Catherine Clarke, quien se quejó: o se trataba de “una explotación cínica del término ‘descolonización’” o era una lisa y llana ignorancia “del modo en que los temas medievales y de comienzos de la Edad Moderna podrían contribuir a este esfuerzo”, según tuiteó.
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En esa misma dirección argumentó —en Times Higher Education— la académica Shazia Jagot, quien dijo escribir desde su posición personal de persona con ascendencia asiática: “¿Qué pasa cuando le quitas la oportunidad a los estudiantes, en particular los estudiantes negros o de minorías étnicas, de leer Beowulf, Chaucer y Milton? Pierden la oportunidad de leer textos fundacionales de la historia de la literatura inglesa y participar en la tarea intensa y vigorosa de enfrentar el racismo, la creencia en la supremacía blanca y el sexismo en esta disciplina”.
Un vocero de la Asociación Inglesa, dedicada al estudio y la enseñanza del idioma inglés, y cuya sede se halla en la Universidad de Leicester, declaró a BBC que “enterarse de la propuesta de cerrar los estudios de inglés medieval” había causado “una conmoción” al grupo.
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Poco después el experto en manuscritos medievales A.S.G. Edwards, de la Universidad de Kent, escribió en el Times Literary Supplement (TLS) que quizá el retiro de Chaucer podía estar alentado por un grupo de académicos, acaso más sonoro que numeroso, que veían al “padre” de la poesía inglesa” como un violador, un racista y un antisemita.
Es cierto que Chaucer reprodujo las creencias más atroces de su tiempo, como por ejemplo en los mismos Cuentos de Canterbury:
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Había en Asia una gran ciudad cristiana en la que existía un ghetto. Estaba protegido por el gobernante del país gracias al asqueroso lucro obtenido por la usura de los judíos, aborrecida por Jesucristo y por los que le siguen.
o
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Del mismo modo que los gusanos destrozan un árbol, una esposa puede destruir a su marido. Todos los que están encadenados a una mujer lo saben.
Sin embargo, varios especialistas en su obra argumentaron que eso no implica que él compartiera esas ideas. “El pedido de cancelar a Chaucer ignora su defensa de las mujeres y los inocentes, y supone que todas las opiniones de sus personajes le pertenecen”, argumentó Jennifer Wollock, experta en el autor de la Texas A&M University y miembro de la New Chaucer Society.
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En un artículo publicado en The Conversation aludió también a la acusación de violador: algunos académicos importantes, dijo, creen que “el secuestró o violó a una joven mujer llamada Cecily Chaumpaigne, aunque los registros legales son enigmáticos”. Los registros consisten en documentos en los cuales Chaumpaigne libera a Chaucer de la acusación previa “de raptu meo”, que puede significar violación o secuestro; según Wollock, Chaucer le pagó a la acusadora para terminar con la situación. “No queda claro lo que realmente sucedió entre ellos”.

En cuanto a los contenidos de la obra de Chaucer, su opinión continúa una línea de interpretación feminista que considera que, por ejemplo, “La comadre de Bath”, lo muestra como “un osado e ingenioso defensor de las mujeres y los inocentes”, escribió. “En tanto medievalista que enseña a Chaucer, creo que el movimiento para cancelarlo ha sido engatusado por su oficio”.
Chaucer trabajó como espía, subrayó: “Hay documentos que lo muestran eligiendo caminos en los Pirineos para las fuerzas inglesas preparadas para invadir España. Presionó a Italia para obtener dinero y tropas a la vez que quizá investigaba la muerte sospechosa de Leonel de Amberes, un príncipe inglés probablemente envenenado luego de su boda”. Esa experiencia, argumentó Wollock, atraviesa su literatura: “La carrera de Chaucer en el servicio secreto inglés lo entrenó como observador, analista, diplomático y un maestro en el ocultamiento de su propio punto de vista”.
En 1378 Chaucer mandó a Inglaterra una serie de enviados, cada uno de los cuales llevaba fragmentos de un mensaje. “La historia completa sólo se podía comprender tras la llegada de todos los mensajes”, explicó la experta y comparó eso con su escritura, que mediante distintos personajes “expresa verdades peligrosas que no se aceptaban en su época, cuando la misoginia y el antisemitismo estaban muy arraigados, especialmente en el clero”.
Lendon Little expresó algo similar en Feminist Thought of Geoffrey Chaucer, texto en el que destacó que Alicia, la comadre de Bath, criticó a la iglesia indirectamente al contar que su quinto esposo, Jankin, estudiaba textos “sobre las mujeres perversas hasta que un día supo más leyendas y biografías de mujeres malas que de mujeres buenas habla la Biblia”, entre ellos “un texto Contra Joviniano escrito por un hombre culto que vivía en Roma, un cardenal llamado San Jerónimo”. Según Little, eso es “un ataque directo a Jerónimo, un pilar venerado de la iglesia”.

Alicia, además, arrancó tres páginas del libro, harta de la letanía misógina, recordó Little. El esposo la golpeó y ella, como si no le debiera obediencia, le pegó a su vez. Por haber tenido cuatro esposos antes que Jankin, Alicia contaba con una enorme experiencia sexual y confesaba que se había casado con los cuatro primeros por dinero y sólo con el quinto por amor, lo cual revelaba que ella decidía el vínculo, y no era su objeto.
El sexo, para ella, era algo bueno, a diferencia de lo que se esperaba de una mujer de su época: “¡Bienvenido sea el sexto cuando venga! La verdad es que no deseo permanecer casta eternamente”. Y prefería el sexo con jóvenes: “Para conseguir lo que yo quería, solía tolerar toda su lascivia e incluso simular que tenía ganas de ella, aunque, la verdad sea dicha, nunca me ha gustado el tocino viejo”.
Little estimó que “los lectores contemporáneos no pueden sino enamorarse de su humor”, a diferencia de “la respuesta que el lector del siglo XV hubiera dado luego de leer eso”.
Wollock sostuvo que su investigación sobre Chaucer muestra además “apoyó el derecho de las mujeres a elegir sus propias parejas y el deseo humano de liberarse de la esclavitud, la coerción, el abuso verbal, la tiranía política, la corrupción judicial y el tráfico sexual”, todos temas que se encuentran tanto en Los cuentos de Canterbury como en La leyenda de las buenas mujeres.

“Allí se opuso al asesinato, el infanticidio y el femicidio; el maltrato de las personas detenidas, el acoso sexual y la violencia doméstica”, agregó. “Defendió a las mujeres, las personas esclavizadas y los judíos”. Citó “El cuento del terrateniente”: “Las mujeres, por su propia naturaleza, ansían y anhelan la libertad; no desean verse como esclavas, y, si no me equivoco, los hombres tienen idéntico modo de pensar”. Con respecto al antisemitismo, que es exactamente de lo que se trata “El cuento de la priora” de punta a cabo, la académica de Texas A&M argumentó que Chaucer lo expuso, no lo respaldó.
“Es estrafalario que uno de los primeros autores ingleses que denunció la violación y apoyó a las mujeres y los oprimidos sea puesto en la picota y amenazado con la cancelación”, concluyó.
Este escándalo sobre Chaucer continúa la polémica sobre la supuesta cancelación de William Shakespeare en los Estados Unidos que surgió cuando cuatro docentes, mujeres y afroamericanas, comenzaron a impulsar #DisruptTexts, un movimiento de nivel comunitario y financiado por crowdsourcing, “de profesores para profesores, que apunta a desafiar el canon tradicional a fin de crear un plan de estudios más inclusivo, representativo y equitativo”.
Luego de que The Wall Street Journal publicara una columna de opinión en la que se resumía, en trazos inexactos de tan gruesos, que “se está desarrollando un esfuerzo sostenido para negarles a los niños el acceso a la literatura”, y que de Homero a F. Scott Fitzgerald, pasando por Nathaniel Hawthorne, títulos capitales desaparecerían de la currícula escolar por culpa de #DisruptText, la organización debió aclarar: “No creemos en la censura y nunca apoyamos la prohibición de libros”.
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