
El oficio de contar
Extraño oficio el de contar. Cuando era chica, pensaba que los escritores tenían una vida llena de aventuras y episodios llamativos. Una frase de Rilke me sacó de ahí: “Si su vida cotidiana le parece pobre, no la culpe, cúlpese usted; dígase que no es lo bastante poeta para suscitar sus riquezas. Para los creadores no hay pobreza ni lugar pobre, indiferente”.
En aquel tiempo el mundo era para mí la llanura, un espacio abierto para avanzar en cualquier dirección, quizás la mejor manera de no avanzar, de quedarse una detenida al borde del campo, sin otra cosa más que mirar.
No está mal mirar, si fuera posible, hasta el límite de lo posible. La mirada acaba en el horizonte; en los primeros planos no hay sobresaltos, solo surcos abiertos, y la vida parece por demás sencilla. El misterio está allá lejos, en esa inmensidad llena de nada.
Si la extensión del campo me angustia, puedo rotar de lo vacío a lo lleno y volverme hacia los otros: las calles de tierra, las veredas anchas, las casas bajas, las orillas del pueblo donde vivo. El lado sur de ese pueblo que, como en el mundo, es un sitio obligado a decir que también existe, porque todo (el centro, el club, las mejores casas, la ruta, la avenida, los negocios) está en el lado norte.
Miro entonces hacia el lado sur del pueblo y de las cosas, escucho a su gente: cada uno tiene una historia, y yo tengo vocación de mirar y de escuchar.
Comprendo que para escribir no se necesita una vida interesante, más bien debo aprender a percibir lo interesante de las vidas ajenas. Quiero contar algo de lo que veo y escucho.
Mi amiga más próxima vive junto al ferrocarril. Desde su casa o desde el andén vemos pasar los trenes: el Sierranoche, el Rápido, el Rayo de Sol… Tras las ventanillas del coche comedor, algún pasajero, gestos que me llevan a imaginar esas vidas, que me hacen pensar en las muchas formas de estar entre los otros.
Sé que, como las luces de esos trenes que pasan, todo es fugaz. Quisiera retener esas imágenes, guardarlas en la memoria hasta que pueda contárselas a otros.
Esa percepción infantil ha alimentado todos estos años de escritura. “Contar es escuchar”, dice Úrsula K. Le Guin, y eso quise hacer cuando un amigo que tiene un programa en los Servicios de Radio y Televisión de la Universidad Nacional de Córdoba* me invitó a participar con una columna, una vez a la semana. Decidí llamarla “Gente conmigo”, como aquella novela de Syria Poletti en la que tantos y tantas le cuentan a la protagonista sus alegrías y sus dolores.
Así, cada viernes comparto una pequeña historia, escenas que me llevan a libros leídos alguna vez.
De ahí vienen estas crónicas sobre el extraño oficio de ver, de escuchar y de contar.

Lecciones de piano
Cuando era chica, allá en mi pueblo, como muchas chicas de mi generación yo iba a piano. A lo de la señorita Alba Palazón. Enseñaba en su casa la señorita y su papá tenía, en la habitación de enfrente, sobre la avenida, un taller de marcos. Cuando terminaba mi clase, me quedaba para verlo trabajar; una regla y la línea trazada con esa punta de diamante, como si fuera un lápiz, y luego el vidrio abriéndose en dos en un corte limpio, perfecto. En el taller de de don Palazón había también unos estantes con libros a la venta. Eran libros para niños de Sigmar y de Vigil —editoriales de mucha circulación por aquellos años—, y entre esos libros troquelados con la imagen de algún animal en la tapa había varios firmados por un tal Héctor Sánchez Puyol, que muchos años después supe que era el seudónimo
que usaba Héctor G. Oesterheld para los libros para chicos. Los había también de Hans Christian Andersen, ahí leí por primera vez “El patito feo” y “La vendedora de fósforos” o “La pequeña cerillera”. Eran versiones muy lavadas, simplificadas al extremo, que habían perdido la calidad literaria del dinamarqués, pero conservaban, sin embargo, sus preocupaciones, sus asuntos.
En el cuento “La vendedora de fósforos” está la muerte por frío, cosa que, Dios nos perdone, vemos suceder entre nosotros en un invierno que no quiere irse. La muerte por frío, por falta de abrigo y comida, es un motivo muy antiguo. En este caso, la niña ha quedado huérfana y está vendiendo sus fósforos la noche de Navidad, una Navidad europea, con nieve y soledad en las calles. Cuando la luz se ha retirado, la tarde se ha vuelto noche y la niña ve, desde su intemperie, a las familias celebrando tras las ventanas.
Está casi muerta la niña, que sabe que ya no va a vender fósforos, y entonces los enciende uno tras otro, se abriga con lo único que tiene, hasta que aparece el espíritu de la madre y se la lleva consigo. Andersen era hijo único de una mujer extremadamente pobre que vivía de lavar ropa para darle de comer a su hijo y comer ella. Era, además, muy feo, y tenía extrema necesidad de ser reconocido; con esa necesidad de reconocimiento y esa fealdad escribió.
“El patito feo”, un pato entre los cisnes, y “La vendedora de fósforos”, en memoria de su madre que, lavando en las aguas heladas de un río dinamarqués, empezó a beber para entrar en calor, se convirtió en alcohólica y murió de frío. Como vemos, nada de lo que un escritor crea puede escapar de lo que es.
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