La belleza del día: “El sueño del caballero”, de Antonio de Pereda

En tiempos de incertidumbre y angustia, nada mejor que poder disfrutar de imágenes hermosas

“El sueño del caballero”, de Antonio de Pereda
“El sueño del caballero” (1650) de Antonio de Pereda
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I

“No es que me asuste la muerte”, dijo Woody Allen, “es sólo que no quiero estar allí cuando suceda”. Con esa ironía nos relacionamos con el reverso de la vida durante la últimas décadas, ¿pero qué pasaba antes? ¿Cómo se veía, se representaba, se esperaba y se ahuyentaba a la muerte hace varios siglos? Esqueletos y cráneos tallados en piedra o dibujados en madera se puedan hallar en diversas culturas y en diversos tiempos.

Desde el memento mori del arte romano a los frescos pompeyanos del siglo 1 a. C. que se conservan en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles, la cultura siempre dio una respuesta a la muerte desde un lugar artístico, para representarla y para explicarla. Dentro de todas esas formas, en la pintura barroca se cultivó un subgénero: vanitas, término latino que significa vanidad (de vanus, “vacío”), entendida no como soberbia sino en el sentido de la futilidad y la fragilidad de la vida.

II

La vanitas comenzó en los Países Bajos alrededor del 1620, desde donde se extendió por todo Europa. El mensaje que buscaba transmitir era el de la poca relevancia de los placeres mundanos frente a la certeza de la muerte. Está muy emparentado a los bodegones —género que consiste en retratar banquetes y naturaleza muerta— y funciona como una corriente estética que, sobre cada país que se posa, tomas su idiosincrasia y adquiere características singulares.

Cuando llegó a la España contrarreformista obtuvo un sentido fuertemente religioso entre el pesimismo y la redención. Además, muy ligado a la literatura española de la época donde se reflexionaba constantemente sobre la muerte. Allí la vanitas era denominada desengaño con una gran connotación filosófica. El gran pintor español de vanitas, o de desengaño, se llamó Antonio de Pereda, nacido en Valladolid en 1611y fallecido en Madrid en 1678.

III

Su padre, también pintor, también llamado Antonio de Pereda, murió cuando él tenía once años. Tras quedar huérfano, un tío suyo lo llevó a Madrid a estudiar en el taller de Pedro de las Cuevas, maestro de pintores. Recibió ayuda del noble romano Giovanni Battista Crescenzi, propietario de una gran colección de pintura: lo tuteló y lo acercó al naturalismo y al gusto por la pintura veneciana. A Crescenzi le realizó su primera obra y desde entonces nunca dejó de pintar.

Para 1634 le encargaron uno de los lienzos de batallas para el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro, al año siguiente se casó y se orientó a la pintura religiosa y a la clientela eclesiástica. Los Desposorios de la Virgen, Cristo Varón de Dolores, San Jerónimo penitente y La liberación de San Pedro son obras de esa época y en esa línea. También comienza a destacarse en el arte de los bodegones con pinturas como Naturaleza muerta con vegetales y enseres de cocina.

El punto más alto de su carrera es en 1650, momento en que pinta su obra más reconocida y tal vez la más perfecta que haya hecho: El sueño del caballero, o Desengaño del mundo, como también se la conoce. Perteneció a Manuel Godoy —un noble y político español, favorito y primer ministro de Carlos IV entre 1792 y 1798— y pasó a propiedad de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1816, en cuyo museo hoy se expone.

IV

Para soñar hay que estar dormido. Y eso hace el caballero, protagonista de la obra de Antonio de Pereda. Duerme con la vestimenta típica de la época y aparece un ángel que le muestra el carácter efímero de los placeres. En sus manos muestra un mensaje: “Aeterna pungit, cito volat et occidit”, que significa “Eternamente hiere, vuela veloz y mata”. Al texto le acompaña el dibujo de un sol radiante y una arco que sostiene una flecha, a punto de lanzarse, apuntando al caballero.

Los objetos en la mesa, que funcionan como símbolos y alegorías, son varios: la calavera es la muerte, la máscara de teatro habla de la hipocresía, las joyas y el dinero son las riquezas que nadie se lleva al otro mundo, la baraja y las armas dan cuenta del juego y de la caza, el reloj indica el paso del tiempo, la vela apagada es la vida extinta. Es una obra con el “corpus” completo de la vanitas. Es una exquisita representación de la muerte y una verdadera belleza.

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