
Se conocieron en 1893, cuando él la vio bajar de un tranvía y su presencia se hizo luz. Pierre Bonnard tenía 26 años y ella 24, aunque por entonces ella decía ser mucho menor. No era lo único en lo que mentía: también, aunque decía llamarse Marthe Meligny, su verdadero nombre era Marie Boursin, algo que él supo recién cuando se casaron, en 1925.
En 1909 Bonnard y su esposa se mudaron a la Costa Azul. Allí el pintor francés consiguió capturar la profunda experiencia de la luz del Mediterráneo, algo que convierte su paleta pastel en una gloria refulgente de intensidad. El cuerpo de Marthe, afectada por la tuberculosis, es protagonista de una gran cantidad de sus pinturas, muchas de ellas en el escenario del clásico baño medicinal de la época. Nuestra belleza del día es una de esas pinturas: “Desnudo en interior”, de 1935, pertenece a la colección permanente de la National Gallery de Washington.
Bonnard comenzó su carrera como pintor como miembro de Los Nabis, un grupo que incluía a artistas como Edouard Vuillard y Paul Serusier. La palabra Nabis proviene del hebreo, es el término con que se denomina al profeta. Los Nabis se veían a sí mismos como profetas del arte moderno, con su modo atrevido y a la vez sencillo de pintar, su uso del color en manchas planas y su admiración por las estampas japonesas y los experimentos de Paul Gauguin.
Bonnard vivió con Marthe hasta la muerte de ella, en 1942. Durante los años que estuvieron juntos él tuvo otros amores, algunos de los cuales quedaron reflejados en sus pinturas. Una de sus amantes, a quien pintó y con quien viajó a Roma, era la joven Renée Monchaty. Fue un vínculo fuerte, entre 1923 y 1924, y en algún momento él incluso pensó en contraer matrimonio con ella, algo que no sucedió. Ella se suicidó en París, poco después de ser abandonada por Bonnard. Él, por su parte, siguió con sus planes matrimoniales, pero con Marthe, la eterna figura de su vida y de su obra.
El artista no pintaba con modelo a la vista sino con la memoria. Aunque muchos identificaron el trabajo de Bonnard con el de los últimos impresionistas, más allá de las semejanzas en el tratamiento esfumado del color diferían en el abordaje: en lugar de plasmar la fugacidad de lo real Bonnard eligió representar la memoria de lo real y fue la intimidad de ese recuerdo la que se trasladó entonces a la intimidad de los objetos y los espacios: cuerpos desnudos, dormitorios, espejos, cuartos de baño, pequeños comedores cuyas ventanas dan a jardines vibrantes y a cursos de agua que se confunden con los cielos.
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