
Fernando Fader nació en Francia, pero vivió en Argentina antes de dar sus primeros pasos. Su formación, como la de la mayoría de los pintores de aquella época, fue europea, aunque Fader en vez de estudiar en Francia o Italia lo hizo en Alemania, por lo que se convirtió luego en el máximo referente del impresionismo teutón en el país sudamericano. Pero para eso falta.
A los 19 años, estudió con el pintor animalista Heinrich von Zügel en la Academia de Bellas Artes de Múnich y regresó a Mendoza, donde vivían sus padres, en 1904, donde un año después fundó una Academia de Pintura. Luego de la muerte de su padre en 1905, Fader se puso al frente de las empresas familiares y ya entre 1907 y 1909 integra el grupo Nexus (Pío Collivadino, Carlos Ripamonte, Cesáreo de Quirós, entre otros) que buscaba resaltar la identidad nacional sin desatender lo que sucedía en París.
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Para 1913 la empresa familiar quebró y todos los bienes familiares fueron embargados, por lo que se trasladó a Buenos Aires en 1914, donde finalmente pudo dedicarse a la pintura. De ese años es la obra Los mantones de Manila, que fue presentada junto a otra en el IV Salón Nacional. La pieza, tasada en $6.000, obtuvo por unanimidad el Premio Adquisición que consistía en la suma de $3.000, pero el artista -a pesar de atravesar una delicadísima situación financiera- rechazó el premio y retiró la obra que conservó con él hasta su muerte.
Si bien algunos historiadores atribuyeron esta actitud al embargo que pesaba sobre sus bienes, otros consideran que está relacionada a que no resignaba el valor de su trabajo y marcaba decididamente la profesionalización de la tarea artística, algo por lo que estaban luchando también los escritores.
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“La pintura, realizada en Mendoza y bastante atípica dentro de su producción, suscitó una polémica con el crítico Julio Rinaldini, quien publicó sus impresiones sobre el IV Salón Nacional en las páginas de la revista Nosotros. Aunque Rinaldini reconocía que la obra de Fader tenía cualidades excepcionales, sostenía, entre otros reparos, que la escena era abigarrada y confusa, que la acción principal resultaba vaga, perdida en los mil detalles que deberían darle energía y claridad, y que la tela carecía de vida porque carecía de acción; en resumen, era una obra fría, sin movimiento, sin espontaneidad. Concluía diciendo que el color por el color era un absurdo admitido por el artista moderno que necesitaba cubrir su pobreza de concepción”, escribió Ana María Telesca para el Museo Nacional de Bellas Artes, que adquirió la obra en 1935, tras la muerte del artista por $20.000 a su marchand Federico Müller.
El galerista alemán Müller, a quien conoció en 1915, fue una pieza importante en los últimos años de vida de Fader, que arruinado por las deudas, recibió una suma mensual y pudo seguir desarrollando obra -y vender más de 160 cuadros-. Para 1916, Fader se mudó a Córdoba por problemas de salud donde vivió hasta su muerte dos años después.
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Entre los papeles del pintor existentes en la Casa Museo Fernando Fader de Loza Corral (Ischilín, Córdoba), se conserva el borrador de una carta manuscrita dirigida al crítico Rinaldini, a quien recriminaba su antipatía por el arte moderno, lo que consideraba un obstáculo insalvable para juzgar manifestaciones contemporáneas. Según Fader, Rinaldini no juzgaba la intención del artista, sino la que él quería ver realizada en la obra y explicaba que esa obra había querido convertir la “belleza real” de los colores de los mantones, pasándolos por el espeso filtro de su visión, en una sensación de “belleza verdadera”, como expresión pictórica.
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