
Cuando se piensa en el campo de la pintura en la soledad y la melancolía como el aura que sobrevuela los trabajos de un artista, es inevitable que el nombre de Edward Hopper surja casi al instante. Sin embargo, más acá en el tiempo, un creador británico tomó se antorcha y la encendió con una nueva luz, en contextos más asociables a la vida de un mundo que, por más que haya avanzado en términos tecnológicos, parece desde sus lienzos no haberlo hecho fuera del territorio de la melancolía. Ese es Nigel Van Wieck.
La equivocación puede ser válida y hasta normal, pero hay una gran -aunque sutil- diferencia. Las obras del británico se mueven en una sensualidad postergada, transportando esa sensación de anomia espiritual de las obras del estadounidense a una lectura más contemporánea, más descarnada, como sucede en Q-Train.
Van Wieck nació en Bexley, Reino Unido, en 1947, aunque desde 1979 vive y trabaja en Nueva York, EE. UU. Y sí, el realismo de la pintura norteamericana, tuvo una notable influencia en su obra. Y si bien la conexión con Hopper es natural y lógica, también hay que incluir los trabajos de Thomas Eakins y Winslow Homer, ambos del siglo XIX.
Y la comparación de Van Wieck con Hopper es tan potente que incluso en redes sociales muchos atribuyen Q-Train al norteamericano: “Una vez pinté una obra llamada Q-Train. Es de una joven sentada sola en un vagón de metro y está sumida en sus pensamientos. Se ha vuelto viral en Internet, y en muchas ocasiones lo veo publicado tal como lo pintó Edward Hopper, lo cual es halagador, pero cualquiera que realmente haya mirado a Hopper vería que no es de él. En primer lugar, está en un vagón de metro moderno, uno diseñado 40 años después de su muerte, y en segundo lugar, la niña está vestida con un estilo moderno, y en tercer lugar, y lo más importante de todo, es que la imagen es sexy. El erotismo es importante en mi trabajo, mi trabajo es sensual, cualquier sexualidad que haya en el trabajo de Hopper es reprimida y, como su soledad, es dolorosa“, dijo en una entrevista sobre las comparaciones.
El artista asegura que suele pintar directamente con óleo o pintura al pastel sobre el lienzo y que si bien utiliza fotografías, prefiere a la memoria como espacio para dejar crecer la creatividad: “La realidad es mucho mejor cuando se imagina”.
“Siempre quiero capturar un ‘momento en el tiempo', eso hace que mis pinturas sean reales y atemporales. Lo logro pintando la luz; ya sea pintando la luz del día o las luces de la noche, la luz nos es familiar; es como la música, evoca un recuerdo o una emoción, y cristaliza el momento. Vermeer tuvo mucho éxito en esto; a pesar de que estaba pintando una escena del siglo XVII, la forma en que pinta la luz permite que el espectador de hoy se conecte a ese momento, haciendo que la pintura sea moderna y atemporal”.
Sin embargo, ese captar el momento, comenta, no debe ser leído como una narración cerrada, no debe ser limitada a una interpretación de la acción, sino que la acción debe despertar otros interrogantes, ser el disparador para que el observador genere su propia realidad imaginada: “Veo mis pinturas como preguntas en lugar de solo contar una historia, me gusta la ambigüedad. ¿La chica que ves a través de una ventana con el hombre se desnuda o se viste? ¿Es su esposa o no? Cuantas más interpretaciones a la narración, más capas hay en la pintura”.
“Para que la pintura sea ‘Arte', debe decir algo sobre su tiempo y quiero que mi pintura refleje mi tiempo. La pintura tiene dos elementos, primero el personal y el segundo el formal. Lo primero, lo personal, lo dejo a mi intuición. Una idea se vuelve forzada y falsa cuando se manipula, la parte intuitiva de mí se revela mejor cuando se la deja sola. Lo importante es que creo una ilusión de una realidad; hace que una idea sea poderosa. Así que mis pinturas están cuidadosamente construidas para que el espectador crea que lo que está viendo es real pero no lo es. La realidad es mucho mejor cuando se la imagina”.
Con muestras a ambos lados del Atlántico y una participación en la Exposición del Centenario del Bienal de Venecia (1995), la obra de Nigel Van Wieck habita todavía solo el mundo de los coleccionistas privados.
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