
A Natalia Goncharova le gustaban los colores. Nació en un pueblo del Imperio Ruso llamado Ladýzhino en 1881. Algo en el arte había entrado en su cuerpo cuando era sólo una niña. Lo supo con seguridad cuando empezó a estudiar escultura en Moscú. En el 1900 conoció a Mijaíl Lariónov, se enamoraron y construyeron un camino juntos donde el romance y arte se mezclaban. Al poco tiempo, específicamente en 1904, encontró su arma estética: la pintura.
Eran tiempos de cambio. Se olía en el ambiente que el nuevo siglo transformaría, no sólo Rusia, también el mundo. Se avecinaban la Primera Guerra Mundial, la Revolución Bolchevique y el fin del zarismo. En el horizonte todo era extraño y esa incertidumbre funcionó como motor creativo porque esta artista creía firmemente que había que dejar de mirar Europa Central y concentrarse en las raíces del gigantesco y diverso país que habitaba.
En su obra confluyen el arte folclórico ruso, elementos fauvistas y cubistas, mucho futurismo ruso (del que se convertiría en una de sus líderes) y eso que ingenió junto a Lariónov llamado rayonismo. ¿Cómo definir el estilo de Natalia Goncharova? Hay que pensar en el contexto, en el cambio de época, en la bisagra entre la era aristocrática y la revolución política e industrial, y hay que pensar también en Rusia, la nación más grande del mundo, cuna del más sofisticado clasicismo y de la vanguardia más rebelde, como escenario.
Quizás la obra que mejor explica esa bisagra es Campesinos recogiendo manzanas. La pintó en 1911 y hoy está en la Galería Tretiakov de Moscú. Es un óleo sobre lienzo de 104.5 х 98 centímetros que narra una escena cotidiana. Por entonces, Goncharova estaba en un proceso exploratorio. Fascinada por las mujeres de piedra de los Pueblos Escitas, creó esta obra donde se ve también su interés por la escultura africana y por el teatro.
“Los campesinos ya no son campesinos, sino una especie de ídolos de madera”, se lee en el texto curatorial que acompaña esta pintura en la Galería Tretiakov. Esa caracterización se puede apreciar en otras de sus obras. Aquí, dos hombres recolectan manzanas como si esa ínfima y cotidiana actividad fuera una tarea épica: tomar de la naturaleza el alimento preciado para alimentar a la familia. Lo es. Así lo expresa Goncharova que, además, estira el tamaño de las cabezas, las manos y los pies para crear personajes hoscos pero determinantes.
Colores y formas. Con esas dos herramientas esta artista desafiaba las convenciones estéticas. Buscó llevar la representación artística un paso más allá. Desfiló por las calles de Moscú exhibiendo arte corporal futurista y escandalizó a los medios de la época. También creó diseños de moda y afiches teatrales que fueron internacionalmente aclamados. No es, como se cree, una sagaz mirada hacia el porvenir. En su obra el pasado (la tradición) juega un rol tan importante como el futuro.
Fue una de las líderes del arte de vanguardia de Moscú durante la década del 1910 con su grupo avant-garde Der Blaue Reiter. Su primera gran muestra la protagonizó en 1913 con 800 obras. Hizo diseños para los ballet más importantes de Ginebra y de París. Para 1919 rompió con la asociación Sota de Diamantes debido a la excesiva atención que le prestaban al arte occidental, y organizó una exposición junto a Mijaíl Lariónov, Kazimir Malévich, Tatlin y el recién llegado Marc Chagall. La titularon La Cola de Burro y el objetivo fue reivindicar la vanguardia rusa.
Los últimos años los pasó en París. Y allí murió, en 1962. En 2010 se subastó el óleo Espagnole por más de 10 millones de dólares y en 2019 el museo Tate Modern organizó la primera exposición retrospectiva de la artista en el Reino Unido. Ambos acontecimientos no sólo muestran la vigencia de su obra sino también la importancia de un gesto, el de unir pasado y futuro, tradición y vanguardia: una forma de hacer arte, pero también de narrar el mundo.
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