
A todos nos fascinan las historias. Cuántas veces mirando una serie hemos dicho: un capítulo más y me voy a dormir. ¿Pero de dónde viene esta fascinación? Mientras escribo veo por la ventana a un vecino sentado en su cocina. De golpe se para sobre la mesa. ¿Qué hace? Me acerco a la ventana un poco y veo unos platos y una lamparita en su mano. Automáticamente su conducta forma parte de una narrativa. Estaba comiendo y se subió a la mesa para cambiar la lamparita. Ahora comprendo su conducta. Pero hay más.
Mañana voy a ver a mi vecino cenando con alguien. Está de camisa y preparó la cena con esmero. Al día siguiente ella desayuna con la ropa de ayer. Unas noches más adelante, ordenan la casa y se arreglan. Más tarde abren la puerta y reciben gente. Y el próximo domingo pasan toda la tarde frente a la tele. Pero ahora ella no aparece. Él casi no cocina. Se sienta a la mesa, se inclina hacia adelante y se cubre la cara con las manos. Ahora no solo sé que conoció a alguien, formó una pareja y después se separó, también siento pena por él. Tal vez si me lo cruce tenga ganas de expresarle mi simpatía.
La comprensión intelectual se ha transformado en una comprensión afectiva. Empatía. Aquí reside el atractivo y nuestra fascinación por las historias, de la capacidad de hacer propias vivencias ajenas, la capacidad de comunicarnos más allá del plano intelectual, viviendo lo que vive un otro, habitando la otredad.
De esta pulsión fundamental surge mi vocación por el teatro. Soy antes que un enamorado del teatro, un enamorado de las historias. Por eso comienzo cualquier puesta en escena mucho antes del primer ensayo, con la lectura del material. Durante semanas, o meses incluso, me dedico a leer todo texto teatral que se cruce en mi camino. Hasta encontrar una historia que me atrape y me conmueva. Compartir historias con el espectador que primero me cautivaron como lector. Y como no puedo con mi genio, voy a contarles algo de la historia que estamos presentando los viernes por la noche.
Un hombre espera. Una sala casi vacía. Llega una mujer. Se saludan. Mantienen la distancia. Se conocen. Llevan mucho tiempo sin verse. ¿Cuál es el vínculo entre los personajes?, ¿dónde están?, ¿qué esperan?, ¿por qué están tan incómodos? Con suma agudeza la autora irá develando estos interrogantes, reemplazandolos, poco a poco, por otros más profundos. Porque más allá de los pormenores de la trama, Tóxico es ante todo una reflexión sobre la condición humana. Lejos de un debate de ideas, la obra gira en torno a las consecuencias afectivas de estos puntos de vista tan disímiles.
Durante los 60 minutos que dura la obra, nos hacemos eco de los motivos y los sentimientos de cada personaje, perdiéndonos en la historia de cada uno. Esta empatía o comprensión afectiva que mencionamos al principio del artículo es fundamental: nos permite vivir una experiencia ajena como propia. O en palabras de A. Jodorowsky: “Uno no va al teatro para olvidarse de sí mismo, sino para contactarse con el misterio que somos todos”.
* Tóxico. Funciones: viernes a las 21 en el Teatro El Extranjero.
** Actúan: Mara Bestelli y Javier Pedersoli / Vestuario: Magda Banach / Diseño de espacio: Felix Padron / Iluminacion: Aquiles Gotelli / Prensa y Difusión: Daniel Franco / Producción: Pablo Di Paolo / Producción ejecutiva: Maria Marta Acevedo / Asistencia de dirección: Franca Boletta / Dramaturgia: Lot Vekemans / Traducción: Ronald Brouwer / Dirección: Pablo Di Paolo
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