
Contar el origen de una novela tiene riesgos. Puede anticipar el argumento, facilitar interpretaciones o estimular reglas para la creación. Y en estas cuestiones estoy alerta. Considero que las novelas no son para ser reveladas por el autor sino para leerlas; que el narrador no debe facilitar la interpretación ya que lo deseable es que la obra sea un disparador de significados; y porque el contenido puede ser un enigma parcial para el escritor. Descarto las conjeturas sobre recetas para la creación, si existiesen no habría actividad artística sino artesanal. Hay quien estigmatizó a los que hablan de sus propios libros sosteniendo que son peores que las madres que sólo hablan de sus hijos.
En mi caso, me facilitó hablar sobre este tema la presentación del libro. Allí, una palabra surgió espontánea, por su ascetismo: inesperado. Sucedió sin desear. Lo que ocurría no lo había anhelado o, mejor dicho, había desaparecido de mi camino un cuarto de siglo antes.
El origen de la publicación de la novela surgió, entonces, de una charla de café con un amigo, Eduardo Alvarez Tuñón, quien disparó sin dudar: “Por tu modo de contar deberías escribir”. Admití que lo había hecho y que una vez había enviado una novela a un concurso. Cada intento era un largo camino de correcciones y vueltas y más vueltas hasta quedar arrinconado. El concurso era importante, una vara alta, y me convencí de que la literatura no era para mí. Muchas cosas me apasionaron, pero incapacidades verdaderas y dudas despiadadas dejaron amontonados los intentos.
Mi amigo se limitó a declarar que nadie puede ser el juez de su obra y que le mandara algún trabajo. La prepotencia de la orden facilitó el envío de esta novela, No quiero morir en Nueva York, que llevaba largos años guardada sin que yo hubiera vuelto a leer siquiera una página.

En un par de días, me aseguró que era un escritor y que iba a presentarle la obra a la editorial Libros del Zorzal para su publicación. Me pidió más material, y así conoció un volumen de cuentos estructurados bajo el título Retratos y la primera parte de una trilogía, despachados tal como habían llegado a ser un lejano recuerdo.
¿Cómo fue el origen de esta novela corta? Después de tantos años se revela tras una bruma que esconde un sueño que concluía en una obra redonda, perfecta, y el asombro de recordarlo completo, lo que jamás me ocurre. No atesoro sueños, los despertares los borran si es que soñar fuera una función habitual.
Era la primera vez que celebraba recordar un sueño que transmutaba en una obra perfecta. Junto al ejercicio del recuerdo me entregaba a la pereza de no abandonar la somnolencia.
Fue la primera y la última vez. Sólo me quedó el título del cuento. Fue la penuria, el desasosiego. Porque al olvido del contenido siguieron las dificultades de los lugares en los que iba recuperando retazos de memoria: en un avión y sin tener a mano papel salvo el boleto del transporte y menos una lapicera; o en el querible familiar departamento de Nueva York, evitando los ruidos mientras buscaba entre las sombras un cuaderno.
Sólo me quedó del sueño el título: No quiero morir en Nueva York. Y la obstinación, que activó desde el título el relato de visiones y percepciones de lo cotidiano en simultáneo con un plan sobre un personaje al que imaginé, en su última etapa, en la ciudad a la que frecuenté durante veinticinco años.
La obra de un escritor es un hecho individual dentro de un contexto social y es imposible predecir el resultado. Sólo queda admitir o desechar su lectura.
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