Del performer mítico a la momia oráculo: dos muestran reconstruyen capítulos perdidos del arte argentino

La Colección Amalita presenta ‘Espíritu Bonino’ y ‘Creencias y supersticiones’, donde se indaga en obras y personajes poco conocidos de la historia contemporánea

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Colección Amalita
Del performer mítico a la momia oráculo: dos muestran reconstruyen capítulos perdidos del arte

Dicen, los que lo vieron, que el rosarino Tomás “El Trinche” Carlovich fue uno de los mejores jugadores de fútbol de su tiempo, en una carrera que se extendió entre mediados de los ‘60 e inicios de los ‘80, en clubes rosarinos y por fuera de CABA, muchos de los llamados chicos. O muy chicos.

Y es que el Trinche fue una estrella de su tiempo, aunque por muchísimo tiempo siquiera era conocido para el futbolero argentino, hasta que un programa de TV español, Informe Robinson, lo devolvió a la vida pública, en 2011, y de ahí, los generadores de contenido de la era Youtube, han replicado el mito del futbolista admirado por Maradona, Valdano o Bielsa.

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Y era un mito porque jugó en clubes como Central Córdoba de Rosario, Sporting de Bigand, Centenario de San José de la Esquina o Independiente Rivadavia de Mendoza, entre otros, por lo que su magia en el campo está apenas documentada. Cada vez que aparece un video del Trinche, la leyenda toma más cuerpo, pero su historia de underdog, las ofertas que rechazó porque no tenía apego al profesionalismo o su final trágico siguen atrayendo a ese público que se renueva.

"Trinche" Carlovich
"Trinche" Carlovich, jugador de fútbol de culto

Pensé en la historia de El Trinche cuando conocí la del artista cordobés Jorge Bonino (Villa María, 1935 – Oliva, 1990). Dicen, los que lo vieron, que fue uno de los grandes performers de su tiempo, con una carrera que comenzó en la capital de la provincia serrana, en la antibienal de mediados de los ‘60, que lo llevó al esplendor del Instituto Di Tella y años de éxito en la gran ciudad para luego seguir un periplo internacional que lo llevó a Nueva York, Madrid o París, pero que, como con el futbolista, la falta de imágenes -sobre todo en video- hizo que la arena del tiempo fuese tapando su obra, colocándolo en un rincón de la historiografía, fuera de los relatos.

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Sin embargo, su legado está de regreso y puede observase en Espíritu Bonino, que con curaduría de Sofía Torres Kosiba, es una de las nuevas temporarias de la Colección Amalita, junto a Creencias y supersticiones, curada por Rodrigo Alonso.

Un para previa, en Creencias..., en el primer piso, donde se repone -con algunos cambios- la muestra homónima que hace medio siglo reunió por única vez a Antonio Berni y Federico Manuel Peralta Ramos, a quienes se le sumaron obras Pedro Roth e Ithacar Jalí.

El recorrido de la exposición gira, como en la versión inaugural, en torno a dos intervenciones mayores: la instalación La difunta Correa, de Berni, sobre el culto popular sanjuanino y La tumba de Tut Ank Amon, una provocadora ambientación dorada de Peralta Ramos, que se reinstala por primera vez desde su debut.

Creencias y supersticiones - Colección Amalita
La instalación "La difunta Correa", de Antonio Berni

Junto a La Difunta, que fue reconstruida durante la retrospectiva del artista en el Bellas Artes tras su fallecimiento en 1984 y fue adquirida años más tarde por la Colección Amalita en arteba— se puede observar la versión de 1975, La Difuntita, expuesta previamente en la Galería Imagen y que permanece en propiedad de la familia del artista. Sí faltan de la puesta original otras referencias a figuras populares y religiosas, como la obra sobre la Madre María —sanadora célebre en la tradición argentina— y la pintura Ramona y la adivina, que se encuentra en Madrid.

Con respecto a La momia, Alonso recordó: “Salía de su tumba de oro, se ponía a caminar por la exposición, andaba deambulando por la muestra y se le podía hacer una pregunta, como si fuera un oráculo, e iba respondiendo”.

La invitación a reconstruir el marco y la atmósfera de aquel suceso surgió, dijo Alonso, de “incorporar dentro también del patrimonio una documentación sobre el proceso” con “una investigación importante que terminó en un video y en una publicación donde se va a contar específicamente todos los datos sobre esta exposición”.

Una persona con un disfraz de momia blanca está de pie en una galería de museo, rodeada de gente diversa que toma fotos, con una pared dorada arrugada al fondo
"La tumba de Tut Ank Amon", una provocadora ambientación dorada de Peralta Ramos, que se reinstala por primera vez desde su debut

Por su parte, Roth y Jalí, a quienes la muestra original relegó a un segundo plano, reciben ahora un foco renovado y reparatorio. Roth, responsable de las fotografías del catálogo y del afiche, fue invitado como artista por su extenso trabajo sobre religión ―en especial a través del prisma del judaísmo―, presentando piezas como El libro de Dios y El gólem, elegidas porque dialogan con la noción de superstición desde diferentes tradiciones culturales.

En el caso de Jalí, nombre artístico de Enrique Lerena de la Serna, primo de Ernesto “Che” Guevara y yerno del cineasta Lucas Demare, la expo aspira a rescatarlo del olvido: “fue un artista incomprendido vinculado al underground porteño”, sostuvo Amigo, cuya vida nómade y provocadora lo mantuvo durante décadas lejos del reconocimiento del público masivo.

Vista aérea de varias personas de pie y agachadas observando documentos antiguos en una mesa expositora blanca, sobre un piso de madera
"Creencias y supersticiones", curada por Rodrigo Alonso, presenta documentación de la muestra homónima de 1975

Esta operatoria de traer desde el pasado toma aún más fuerza con Espíritu Bonino. La recuperación de artistas, si bien rara, no es una tarea excepcional del mundo del arte, aunque en este caso tuvo unas cuántas complejidades más de lo común, ya que aquí no hubo una familia contenedora, siquiera en un sótano mohoso donde se apilaran obras, fotografías o recortes, más bien lo contrario: tras su muerte, triste como la de El Trinche, el legado de Bonino fue incinerado. Literalmente.

Tras cinco años de investigación, la también performer y artista plástica Torres Kosiba pudo construir un vistazo a un rompecabezas imposible, ya que por este borramiento que vino por parte de su núcleo familiar se desconoce la totalidad de su obra o las apariciones en los diferentes espacios.

Espíritu Bonino se despliega en dos salas del espacio de Puerto Madero. El subsuelo, en la zona de la Colección, alberga gran parte de esta investigación, como también pinturas, tapices, fotos y una filmación realizada por Marta Minujín y pistas de audio de performances. En esto últimos casos, como todo sucede con Bonino, nada está completo, cuando está la imagen falta el audio y viceversa.

Espíritu Bonino - Colección Amalita
El artista cordobés Jorge Bonino

Allí, por ejemplo, se observa en una de las vitrinas, con esa impronta sepia del revelado de los ‘80, una serie de fotos en las que ya bastante mayor en años, aparece Bonino tirado en el piso, en otra hace de “silla” de una mujer y así, rodeado por un público que ríe, en lo que eran obras de teatro para los vecinos de Villa María, que estrenaba semanalmente. Quizá, sean las piezas menos relacionadas al arte objeto o la performance, pero revelan ese Espíritu, el de un hombre que vivía a su manera, con sus reglas, pero siempre con los demás.

Y es que en su vida y obra -o lo que sabemos de ella hasta ahora- este arquitecto que también fue docente de infancias en su ciudad natal apeló a generar incomodidad a las estructuras, lo hizo con la lenguaje (por ausencia o sobredósis), en los mensajes y con una latir interior más cercano a la infancia, una especie de hombre-niño que quizá no transgredía por provocación, sino porque esas reglas que a todos nos mantienen entre los márgenes no le significaban nada.

“Era lo que ahora llamamos cuir, un raro en su manera de ser", comentó Torres Kosiba sobre su personalidad.

Expulsado de la universidad en los años 50, en un contexto de dictaduras e intervenciones al sistema educativo, el artista articuló sus obras y performances desafiando las convenciones, con frecuencia convinando lo marginal con lo pueblerino.

Un hombre y una mujer mayores observan objetos en una vitrina de cristal en una galería de arte con paredes blancas y suelo de madera. En el fondo se ven fotos enmarcadas
En una de las vitrinas se observan fotografías de obras teatrales realizadas para los vecinos de Villa María

Para su performance “Bonino aclara ciertas dudas” inventó un lengua fónica sin sentido explícito, pero capaz de transmitir emociones. Con esta obra triunfó en Buenos Aires e incluso lo llevó a escenarios internacionales como a una reunión de lingüistas en Alemania. “Él hablaba en este idioma inventado que no decía nada y todos entendían algo”, relató la curadora, quien recordó que la investigadora Inés Katzenstein escribió un ensayo sobre este capacidad con el lenguaje, marcando puentes y diferencias con Peralta Ramos y León Ferrari.

Y como no aclaraba ninguna duda, las críticas al acto no tardaron en llegar lo que lo motivó a presentar “Ficciones, Asficciones de enunciados”, en la que apuntó al absurdo tanto desde el silencio como desde el uso extravagante del lenguaje.

“Durante mucho tiempo fue una especie de fantasma que estaba siempre en boca de otros artistas. Él se hace amigo de Delia Cancela, Marilú Marini, Roberto Jacoby y Minujín, por ejemplo, durante la antibienal, que se hacía como oposición a las llamadas Bienales IKA" (NdR: las Bienales Americanas de Arte fueron organizadas por las Industrias Kaiser Argentina, entre 1962 y 1966) y “son ellos quienes aún atesoran postales y cartas que dan cuenta de la profunda estima que inspiraba”, cuenta sobre los documentos que aparecen en la muestra, como unos originales diplomas por haber asistido a una de sus presentaciones, en las que como una especie de Mago de Oz que, solo con la autoridad de lo simbólico, podía otorgar honores y valores a los visitantes.

Tres personas de espaldas, dos hombres y una mujer, observan una pintura enmarcada en una pared blanca, con tres figuras de estilo marioneta sobre un pedestal a la derecha
"Espíritu Bonino", curada por Sofía Torres Kosiba, presenta dibujos, marionetas, textiles y documentos de sus performances

Como al Trinche, a Bonino nunca le interesó demasiado eso de hacer carrera, ser un profesional en lo suyo, sino más bien vivía por el latido de la experiencia, se dejaba llevar por lo que iba sucediendo sin mapa. En la España franquista, por ejemplo, le prohibieron realizar su performance de lenguaje dudoso porque creían que hablaba en ruso y, por ende, era un comunista, así que para sobrevivir hizo un curso de tejido y por un tiempo impartió clases en diferentes monasterios de monjas.

En París vivió en la casa de Antonio Seguí hasta que intentó cruzar a nado el río Sena, episodio que despertó algunas molestias en la vida familiar del pintor, y tras enterarse que había enfermado su madre Dora, a la que llamaba “Castra” Dora, regresó a Córdoba.

La muerte de ésta, su único apoyo, le llevó a una depresión que luego terminaría en la internación en la clínica psiquiátrica, realizada por su hermano, un reputado médico, porque “en esos tiempos las problemáticas de salud mental se resolvían internando a la gente”.

Espíritu Bonino - Colección Amalita
Afiche promocional de la "gira Europea", en este caso en París

Al consultar a enfermeros que lo trataron durante sus últimos años, la curadora precisó: “Todos coinciden en que no era una persona para estar internada, que no era ese tipo de problemática de salud mental, pero era un poco la solución que se daba a muchas de estas personalidades”.

Paradójicamente, de aquel encierro, donde la muerte le llegó dudosa, tras una tormenta y una caída por las escaleras que nunca fue aclarada, proviene el grueso de la documentación sobre aquella gira europea.

“Muchas de las fotos están acá por una valija que él le entrega a otra paciente del psiquiátrico. Cuando muere esta mujer, su hijo, Ítalo Winter, que vive en el medio de la sierra de Córdoba, las guardó sin saber quién era, solo porque aquel hombre era simpático con él. Pasaron muchos años y alguien vio la foto y dijo: ‘Pero este es Bonino’”, relató.

Para Bonino “todo era como un devenir, una deriva constante, pero siempre en relación a los vínculos”, explicó Torres Kosiba y, por eso, el segundo módulo de la muestra -que se encuentra en el primer piso- está centrado en artistas contemporáneos, tanto en los que lo conocieron como en los que no, pero que comparten ese “espíritu” por cercanía afectiva o por el de ser artistas alejados de los centros de comercialización. El ser por el hacer.

Un grupo de personas camina y observa diversas obras de arte colgadas en paredes blancas de una galería, con un techo de cristal y suelo de madera clara
La muestra también presenta obra de artistas que comparten el "espíritu" de Bonino

En esta sección participan: Delia Sanmartí, Armando Ruiz, su vecino y amigo desde la infancia Lolo Amengual, Minujín, Jacoby, Matías Factorovich, Catalina Ramallo + Caleb Calvo, Sara Sauce, Lola Granillo, Guillermo Daghero, Martín Sappia, Santi Sorter, Cuqui, Inés Efron + Evidente, Susana Gamarra, Zoe Di Rienzo + Liliana Viola + Sebastián Freyre, Flor Cabeza, Carmen Cachin, Rodri Moraes y Caniche Sad.

Es paradódicjo, explica la curadora, que la Fundación Bonino en Córdoba base su tarea en la salud mental, perpetuando la visión institucional de la diferencia y el encierro sobre su figura, en vez de celebrar la vitalidad de su obra artística: “La muestra busca corregir este sesgo, devolviendo a Bonino el lugar de espíritu libre, resistente al mercado del arte y al sistema, ya que vivía el arte como forma de existencia”.

“Me parecía importante recuperar de alguna manera, sobre todo para los artistas, que a veces estamos tan en el sistema del mercado, que nos olvidamos un poco que el arte es una forma de existencia también”, dijo sobre lo que la movió a comenzar este investigación.

Jorge Bonino murió el 17 de abril de 1990, a los setenta y pico de años —dato reconstruido a través de testimonios de su círculo—, dejando un eco que aún persiste en la obra y en la actitud de quienes, desde espacios alternativos, desafían los límites de un sistema del arte cada vez más rígido. Dejó un Espíritu. Allí, allá, flotando.

Post Data

Múltiples personas, vistas de espaldas, observan exposiciones en vitrinas iluminadas en una galería de museo con suelo de madera y paredes blancas y azules
El Gabinete de Antigüedades

Además de las muestras, la Colección Amalita presentó El Gabinete de Antigüedades, donde exhibe una selección de piezas egipcias, algunas estuvieron en la exitosa muestra del Bellas Artes, y también griegas, acompañadas por el gran mosaico bizantino, que presenta una nueva investigación realizadas por Roberto Amigo, que revela con mayor precisión su origen y temporalidad.

La gran particularidad del nuevo recorrido, de estilo laberíntico, es que se pueden observar las piezas desde distintos ángulos, lo que permite no perderse detalles sobre cada uno de los objetos.

Por otro lado, se internvino el nuevo guion de la colección permanente con dos piezas que activan un diálogo entre pasado y presente: un poncho perteneciente a Juan Manuel de Rosas y la obra audiovisual Esas botas rosas del artista contemporáneo Valentín Demarco, que propone nuevas lecturas sobre la historia y sus resonancias en el arte actual.

*Las exhibiciones pueden visitarse en Colección Amalita, Olga Cossettini 141, de jueves a domingos, de 12.00 a 20.00, con un valor de entrada general de $17.000. Existen promociones para residentes ($9.000) y acceso gratuito los jueves para docentes, estudiantes, jubilados, menores de 12 años y personas con discapacidad, siempre con acreditación.

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